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La Coctelera

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Categoría: libros

23 Septiembre 2007

E P Í L O G O 19 años despues


El otoño pareció llegar repentinamente ese año. La mañana del uno de Septiembre era crispada y dorada como una manzana y mientras la pequeña familia se apresuraba a cruzar la ajetreada calle hacia la grandiosa y sombría estación, el humo de los tubos de escape de los coches y el aliento de los caminantes centelleaban como telas de araña en el aire frío. Dos grandes jaulas descansaban en lo alto de los carritos de equipaje que los padres empujaban, las lechuzas dentro de ellas ululaban indignadamente, y la pequeña pelirroja se demoraba temerosamente tras sus hermanos, aferrada al brazo de su padre.
-No pasará mucho tiempo, y también tú iras, -le dijo Harry.
-Dos años, -resopló Lilly-. ¡Yo quiero ir ahora!
Los transeuntes miraban curiosamente a las lechuzas mientras la familia se abría paso hasta la barrera entre los andenes nueve y diez. La voz de Albus llegó hasta Harry por encima del clamor que les rodeaba; sus hijos habían reasumido la discusión que habían empezado en el coche.
-¡No! ¡No estaré en Slytherin!
-¡James, dale un respiro! -dijo Ginny.
-Yo solo digo que podría ser, -dijo James, sonriendo a su hermano menor-. No hay nada de malo en ello. Podría estar en Slyth...
Pero James captó la mirada de su madre y se quedó en silencio. Los cinco Potters se aproximaron a la barrera. Con una mirada ligeramente autosuficiente sobre el hombro hacia su hermano menor, James tomó el carrito de manos de su madre y echó a correr. Un momento después, se había desvanecido.
-Me escribiréis, ¿verdad? -preguntó Albus a sus padres inmediatamente, aprovechando la momentanea ausencia de su hermano.
-Cada día, si quieres que lo hagamos, -dijo Ginny.
-No cada día, -dijo Albus rápidamente-. James dice que la mayoría de la gente solo recibe cartas de casa una vez al mes.
-Escribimos a Jemes tres veces por semana, -dijo Ginny.
-Y no deberías creer todo lo que te cuenta de Hogwarts -añadió Harry-. A tu hermano le gusta gastar bromas.
Lado a lado, empujaron el segundo carrito hacia adelante, cobrando velocidad. Cuando se aproximaron a la barrera, Albus hizo una mueca, pero no se produjo ninguna colisión. En vez de eso, la familia emergió a la plataforma nueve y tres cuartos, que estaba oscurecida por el vapor blanco que surgía del expreso escarlata de Hogwarts. Figuras confusas se movían como un engambre a través de la neblina, en la que James ya había desaparecido.
-¿Dónde están? -preguntó Albus ansiosamente, espiando hacia las nebulosas formas que pasaban mientras se abrían paso andén abajo.
-Los encontraremos -dijo Ginny tranquilizadoramente.
Pero el vapor era denso, y resultaba dificil discernir la cara de nadie. Desconectadas de sus propietarios, las voces sonaban antinaturalmente ruidosas. Harry creyó haber oído a Persy discurriendo ruidosamente acerca de las regulaciones de escobas, y se alegró la excusa que se le presentaba para no pasar y saludar...
-Creo que esos son ellos, Al, -dijo Ginny de repente.
Un grupo de cuatro personas emergió de la niebla, de pie junto a un carrito muy grande. Sus caras solo se enfocaron cuando Harry, Ginny, Lily, y Albus llegaron justo ante ellos.
-Hola, -dijo Albus, que sonaba inmensamente aliviado.
Rose, que ya vestía su nueva túnica de Hogwarts, le sonrió.
-¿Todo bien al aparcar entonces? -preguntó Ron a Harry-. Para mí si. Hermione no se creía que pudiera pasar un exámen de conducir muggle, ¿verdad? Pensó que había Confundido al examinador.
-No, no es cierto, -dijo Hermione-. Tenía una fé absoluta en ti.
-Para que quede claro, le Confundí. -susurró Ron a Harry mientras juntos alzaban el baúl de Albus y la lechuza hasta el vagón-. Solo olvidé mirar por el retrovisor, y mira tú. Puedo utilizar un Encantamiento Supersensorial para eso.
De vuelta en la plataforma, encontraron a Lilly y Hugo, el hermano menor de Rose, teniendo una animada conversación sobre en qué casa serían seleccionados cuando finalmente fueran a Hogwarts.
-Si no entras en Gryffindor, te desheredaremos, -dijo Ron- pero sin presiones.
-¡Ron!
Lilly y Hugo rieron, pero Albys y Rose parecían solemnes.
-No lo dice en serio, -dijeron Hermione y Ginny, pero Ron ya no estaba prestando atención. Captando la atención de Harry, asintió subcepticiamente hacia un punto a unas cincuenta yardas de distancia. El vapor se había disipado por un momento y tres personas estaban de pie en un espacio libre de la cambiante niebla.
-Mira quién está ahí.
Draco Malfoy estaba allí de pie con su esposa e hijo, con un abrigo oscuro abonotado hasta la garganta. Su pelo estaba peinado hacia atrás de tal forma que enfatizada la barbilla puntiaguda. El nuevo chico se parecía a Draco tanto como Albus se parecía a Harry. Draco captó un vistazo de Harry, Ron, Hermione y Ginny mirándole, asintió cortesmente, y se alejó.
-Así que ese es el pequeño Scorpius, -dijo Ron por la bajo-. Asegúrate de machacarle en cada exámen, Rosie. Gracias a Dios heredaste el cerebro de tu madre.
-Ron, por amor de Dios, -dijo Hermione medio severa, medio divertida-. ¡No intentes volverlos uno contra otro antes de que empiecen siquiera la escuela!
-Tienes razón, lo siento, -dijo Ron, pero incapaz de contenerse, añadió-. No seas muy amigable con él, Rosie. El abuelo Wesley nunca te perdonaría que te casaras con un sangre pura.
-¡Ey!
James había reaparecido, se había librado a sí mismo de su baúl, lechuza y carrito, y evidentemente estaba que explotaba con nuevas noticias.
-Teddy está de vuelta, -dijo sin respiración, señalando sobre el hombro hacia las vaporosas nubes-. ¡Acabo de verle! Y adivinad que está haciendo. ¡Morreándose con Victoire!
Fulminó con la mirada a los adultos, evidentemente decepcionado por su falta de reacción.
-¡Nuestro Teddy! ¡Teddy Lupin! ¡Morreándose con nuestra Victoire! ¿Nuestra prima? Y le pregunté a Teddy que estaba haciendo...
-¿Les interrumpiste? -dijo Ginny- Te pareces tanto a Ron...
-... ¡y dijo que había venido a verla! Y después me dijo que me largara. ¡La estaba morreando! -Añadió James como preocupado de no haber sido lo bastante claro.
-¡Oh, sería adorable que se casaran! -murmuró Lilly soñadoramente-. ¡Entonces Teddy sería realmente parte de la familia!
-Ya viene a casa a cenar casi todos los días -dijo Harry, .... falla mi imaginación pero supongo que dice algo así como qué más da que se quede todo el rato.
-¡Si! -dijo James entusiamado-. No me importaría compartir cuarto con Al... Teddy podría quedarse mi habitación.
-No, -dijo Harry firmemente-. Al y tú os estaríais peleando a cada rato y no quiero que la casa acabe demolida.
Comprobó el carrito.
-Son casi las once, será mejor que subáis.
-¡No olvides darle recuerdos a Neville! -dijo Ginny a James y le abrazó.
-¡Mamá! No puedo hacer eso con un profesor.
-Pero conoces a Neville...
James puso los ojos en blanco.
-Fuera, si, pero en la escuela es el Profesor Longbotton, ¿verdad? No puedo entrar en Herbología y darle recuerdos...
Sacudiendo la cabeza ante las tonterías de su madre, se apresuró a adelantarse para dar una patada a Albus.
-Luego te veo, Al. Vigila a los Thestrals.
-Creía que eran invisibles. Dijiste que eran invisibles.
Pero James simplemente se rio, permitió que su madre le besara, dio un abrazo rápido a su padre, después saltó rápidamente al tren. Le vieron avanzar, después alejarse vagón arriba hacia sus amigos.
-Los Thestrals no son nada de qué preocuparse, -dijo Harry a Albus-. Son criaturas gentiles, no hay nada que asuste en ellos. De otodos modos, vosotros no vais a llegar a la escuela en los carruajes, iréis en botes.
Ginny se despidió de Albus.
-Te veremos en Navidad.
-Adios, Al, -dijo Harry mientras su hijo le abrazaba-. No olvides que Hagrid te ha invitado a tomar el té el próximo viernes. No te metas en lios con Peeves. Nada de duelos con nadie hasta que hayas aprendido como hacerlo. Y no dejes que James se meta contigo.
-¿Y si acabo en Slytherin?
El susurro era solo para su padre, y Harry sabía que solo el momento de la partida podría haber obligado a Albys a revelar lo grande y sincero que era su temor.
Harry se agachó para que la cara de Albus estuviera ligeramente por encima de la suya. Solo Albus entre los tres hijos de Harry, había heredado los ojos de Lilly.
-Albus Severus, -dijo Harry quedamente, para que nadie más que Ginny pudiera oirle, y ella tenía suficiente tacto como para fingir que estaba escuchando a Rose, que ya estaba en el tren-, te pusimos ese nombre por dos directores de Hogwarts. Uno de ellos era un Slytherin y fue probablemente el hombre más valiente que nunca haya conocido.
-Pero y si...
-... entonces la Casa Slytherin habrá ganado un excelente estudiante, ¿verdad? A nosotros no nos importa, Al. Pero si a ti te importa tanto, podrás elegir Gryffindor en vez de Slytherin. El Sombrero Seleccionador toma en cuenta tu elección.
-¡De veras!
-Lo hizo en mi caso, -dijo Harry.
Nunca antes había contado eso a sus hijos, y vio la maravilla en la cara de Albus cuando lo dijo. Pero ya las puertas se estaba cerrando a lo largo de todo el tren escarlata, y los sonidos señalaban el momento de partir para los últimos rezagados.
Albus saltó al vagón y Ginny cerró la puerta tras él. Los estudiantes colgaban de las ventanas que tenían más cerca. Un gran engambre de caras, sobre y fuera del tren, parecían estar vueltas hacia Harry.
-¿Por qué están todos mirando? -exigió Albus mientras Rose y él se giraban alrededor para mirar al resto de los estudiantes.
-No dejes que eso te preocupe, -dijo Ron-. Soy yo. Soy extremadamente interesante.
Albus, Rosie, Hugo, y Lily rieron. El tren empezó a moverse, y Harry caminó junto a él, observando la delgada cara de su hijo, ya sonrojada por la excitación. Harry siguió sonriendo y saludando, incluso aunque era un poco embarazoso, observando como su hijo se alejaba de él...
El último rastro de humo se evaporó en el aire otoñal. El tren había doblado una esquina. La mano de Harry estaba inmóvil, alzada en un adiós.
-Estará bien, -murmuró Ginny.
Cuando Harry miró hacia ella, bajó la mano ausentemente y se tocó la cicatriz en forma de relámpago de la frente.
-Lo sé.
La cicatriz no le había dolido a Harry en diecinueve años. Todo iba bien.

FIN

servido por Maiquez sin comentarios compártelo

23 Septiembre 2007

Capitulo 36

Estaba tirado con la cara pegada al suelo. El olor del bosque llenaba su nariz. Podía sentir el frío del suelo bajo de su mejilla, sus gafas habían caído a un lado. Cada centímetro de su cuerpo le dolía y el lugar donde la maldición asesina le había dado le dolía como si hubiera sido golpeado con acero. No se movió, permaneciendo en el mismo lugar donde había caído; con el brazo izquierdo doblado en un ángulo extraño y la boca semi-abierta.
Había esperado oír gritos de triunfo y júbilo por su muerte, pero en lugar de eso se oían pasos apresurados, susurros y murmullos que llenaban el aire.
–Mi Señor… mi Señor…
Era la voz de Bellatrix, y hablaba como si lo hiciera a un amante. Harry no se atrevió a abrir los ojos, en cambio dejo que sus otros sentidos exploraran su dilema. Sabía que su varita seguía guardada bajo la túnica porque podía sentirla entre el pecho y el suelo. Un ligero efecto acolchado en la zona de su estómago le decía que la Capa de Invisibilidad también estaba allí, amontonada fuera de la vista de los demás.
–Mi Señor…
–Eso servirá –dijo la voz de Voldemort
Más pasos, varias personas estaban alejándose del lugar. Desesperado por ver lo que pasaba y por que, Harry abrió los ojos un milímetro.
Voldemort estaba poniéndose en pie. Varios mortífagos se apresuraban a alejarse de él, volviendo a la multitud que se alineaba en el claro. Solamente Bellatrix permaneció arrodillada junto a él.
Harry cerró de nuevo los ojos y consideró lo que había visto. Los mortífagos se habían agrupado alrededor de Voldemort, quien al parecer había caído al suelo. Algo había ocurrido en el momento en que atacó a Harry con la Maldición Asesina. ¿Voldemort también se había derrumbado? Eso parecía. Y ambos había quedado brevemente incosncientes y los dos habían despertado ya…
–Mi señor, permíteme…
–¡No necesito ayuda! –dijo Voldemort fríamente y a pesar de que no podía verle, Harry se imaginó a Bellatrix retirando la mano solícita-. El muchacho, ¿está muerto?
Se hizo un silencio absoluto en el claro. Nadie se acercó a Harry pero sentía sus miradas concentradas; parecían presionarle con más fuerza en la tierra, y le aterraba que un dedo o un parpado pudieran delatarle.
–Tú –dijo Voldemort, y se oyó un golpe y un pequeño chillido de dolor.
–Examínale. Dime si está muerto.
Harry no sabía quien había sido enviado a verificar su muerte. Solo podía quedarse alli tendido, con el corazón latiendo traicioneramente, y esperar a ser examinado; pero al mismo tiempo un pequeño consuelo le invadía y se mostraba cauteloso, no queriendo aproximarse a él, sospechaba que no todo había ido según lo planeado...
Unas manos, mas suaves de lo que había esperado, tocaron la cara de Harry y palparon su corazón, podía oír la respiración agitada de una mujer.
–¿Draco esta vivo? ¿Está en el castillo?
El susurro fue apenas audible, los labios de la mujer estaban a centímetros de su oído, la cabeza tan inclinada que su largo cabello tapaba la cara de Harry.
–Sí –murmuró en respuesta.
Sintió que la mano se contraía sobre su pecho, las uñas le apuñalaron. Entonces la mano se retiró. Ella se había enderezado.
–¡Está muerto! –gritó Narcissa Malfoy a los observadores.
Y ahora gritaron, ahora aullaban de triunfo y estampaban los pies en el suelo y a través de los párpados, Harry vio explosiones de luz roja y plata en el aire, animando al celebración.
Todavía fingiéndose muerto en el suelo, entendió. Narcissa sabía que la única forma de que se le permitiera entrar a Hogwarts, y encontrar a su hijo, era como parte del ejército conquistador. Ya no le importaba si Voldemort ganaba o no.
–¿Veis? –dijo Voldemort a la multitud, –Harry Potter ha muerto por mi mano, y ningún hombre vivo puede amenazarme ahora, ¡Observad! ¡CRUCIO!
Harry había estado esperándolo, sabía su cuerpo no sería abandonado sin daño en el suelo del bosque; debía ser objeto de humillación para probar la victoria de Voldemort. Fue elevado en el aire, y necesitó toda su determinación para permanecer inerte, aunque el dolor que había esperado no llegó. Fue lanzado una vez, dos, tres al aire.
Sus gafas salieron volando y sintió como su varita se deslizaba un poco entre su ropa, pero se mantuvo flojo y sin vida, y cuando cayó a tierra por última vez, el claro resonó con los ecos de vítores y chillidos de risa.
-Ahora -dijo Voldemort- vamos al casillo, y mostrémosles en que se ha convertido su héroe. ¿Quien arrastrará el cuerpo? No... esperad...
Se oyó una oleada renovada de risas, y tras unos momentos Harry sintió como el suelo temblaba bajo él.
-Tú, llevale -dijo Voldemort-. Estará muy bien y muy visible en tus brazos, ¿verdad? Recoge a tu amiguito, Hagrid. Y las gafas... ponle las fatas... debe ser reconocible...
Alguien volvió a ponerle las gafas con brusquedad en la cara con una fuerza deliberada, pero las manos enormes que le alzaron en el aire eran extremadamente gentiles. Harry podía sentir como temblaban los brazos de Harry por la fuerza de sus sollozo, grandes lágrimas se derramaban sobre él mientras Hagrid le acunaba en sus brazos, y Harry no se atrevió, por movimiento o palabras, a confiar a Hagrid que no estaba todo aún perdido.
-Múevete -dijo Voldemort, y Hagrid se tambaleó hacia adelante, abriéndose paso a través del bosque cerrado, de vuelta a través del bosque.
Las ramas se enganchaban en el pelo y la túnica de Harry, pero él yacía inmóvil, con la boca entreabierta, los ojos cerrados, y en la oscuridad, mientras los mortifagos se apiñaban a su alrededor, y mientras Hagrid sollozaba salvajemente, nadie pareció nota que latía el pulso en el cuello expuesto de Potter.
Los dos gigantes lo aplastaban todo a su paso siguiendo a los mortifagos. Harry podía oir los árboles crujiendo y cayendo mientras pasaban, eran tan ruidosos que los pájaros se lanzaban chillando al cielo, e incluso los vítores de los mortifagos quedaban ahogados. La procesión victoriosa marchó hacia terreno abierto, y después de un rato Harry pudo decir por el aligeramiento de la oscuridad que percibía a través de los párpados cerrados, que los árboles empezaban a aclararse.
-¡BANE!
El bramido inesperado de Hagrid casi oblió a Harry a abrir los ojos-. ¿Estás contento ahora, eh? ¿No vais a luchar, verdad, panda de mulas cobardes? ¿Os alegra la m-m-muerte de Harry Potter?
Hagrid no continuó, sino que estalló en renovadas lágrimas. Harry se preguntó cuantos centauros estaban viendo pasar la procesión. No se atrevió a abrir los ojos. Algunos de los mortifagos lanzaban insultos a los centauros cuando les dejaron atrás. Poco después, Harry sintió, por el aire refrescante, que habían alcanzado el linde del bosque.
-Alto.
Harry creyó notar que Hagrid había sido obligado a obedecer la orden de Voldemort porque se tambaleó un poco. Y un nuevo escalofrío se cernió sobre ellos cuando se detuvieron, y Harry oyó la áspera respiración de los dementores que patrullaban los demás árboles. No le afectarían ahora.
El hecho de su propia supervivencia ardía en su interior, un talisman contra ellos, como si el ciervo de su padre montara guardia en su corazón.
Alguien pasó junto a Harry, y supo que habia sido el propio Voldemort porque habló un momento después, con una voz mágicamente amplificada para que así atravesara los terrenos, estrellándose contra los tímpanos de Harry.
-Harry Potter está muerto. Le maté mientras huía, intentando salvarse mientras vosotros sacrificábais vuestras vidas por él. Traemos su cuerpo como prueba de que vuestro héroe ha muerto.
»La batalla está ganada. Habéis perdido a la mitad de vuestros combatientes. Mis mortifagos os superan en número, y El Chico que Vivió está acabado. La guerra debe acabar. Cualquiera que continue resistiéndose, hombre, mujer, o niño, será masacrado, al igual que cada miembro de su familia. Salid del castillo ahora, arrodilláos ante mí, y seréis absueltos. Vuestros padres e hijos, vuestros hermanos y hermanos vivirán y serán perdonados, y os uniréis a mí en un nuevo mundo que construiremos juntos.
Había silencio en los terrenos y el castillo. Voldemort estaba tan cerca de él que Harry no se atrevió a abrir los ojos de nuevo.
-Vamos -dijo Voldemort, y Harry le oyó adelantarse, y Hagrid se vio obligado a seguir. Ahora Harry abrió los ojos una fracción de segundo, y vio a Voldemort avanzando a zancadas ante ellos, llevando a la gran serpiente Nagini alrededor de sus hombros, ahora libre de su jaula encantada. Pero Harry no tenía posibilidad de extraer la varita oculta bajo su túnica sin que lo notaran los mortifagos, que marchaban a ambos lados de ellos a través de la lentamente aligerada oscuridad.
-Harry -sollozaba Hagrid-. Oh, Harry... Harry.
Harry volvió a cerrar los ojos firmemente. Sabía que se estaban aproximando al castillo y agudizó los oídos para distinguir, sobre las voces alegres de los mortifagos y sus pasos atronadores, señales de vida de los que estaban dentro.
-Alto.
Los mortifagos se detuvieron. Harry les oyó desplegarse en una fila frente a las puertas principales abiertas de la escuela. Podía ver, incluso con los párpados cerrados, el brillo tenue que indicaba que la luz se derramaba sobre él desde el vestíbulo de entrada. Esperó. En cualquier momento, la gente por la que había intentado morir le vería, yaciendo aparentemente muerto, en los brazos de Hagrid.
-¡NO!
El grito fue más terrible porque nunca había esperado o soñado que la Profesora McGonagall pudiera emitir tal sonido. Oyó a otras mujeres reír cerca, y supo que Bellatirx se vanagloriaba ante la desesperación de McGonagall.
Miró de reojo una vez durante un solo segundo y vio el umbral lleno de gente, mientras los supervivientes de la batalla salían a los escalones delanteros para enfrentar a sus vencedores y ver la verdad de la muerte de Harry por sí mismos. Vio a Voldemort de pie delante de él, acariciando la cabeza de Nagini con un solo dedo blanco. Cerró los ojos de nuevo.
-¡No!
-¡No!
-¡Harry! ¡HARRY!
Las voces de Ron, Hermione y Ginny fueron peores que la de McGonagall. Nada deseaba más que responderles, aunque siguió tendido en silencio, y sus gritos actuaron como un gatillo. La multitud de supervivientes hizo suya la causa, gritando y chillando insultos a los motifagos, hasta...
-¡SILENCIO! -gritó Voldemort, y se oyó un golpe y un destello de luz brillante y silencio obligaron a callar a todos-. ¡Se acabó! ¡Déjale, Hagrid, a mis pies, donde debe estar!
Harry sintió como le dejaban sobre la hierba.
-¿Véis? -dijo Voldemort, y Harry le sintió pasearse de acá para allá justo junto al lugar donde él yacía-. ¡Potter está muerto! Lo entendéis ahora, ¿verdad, ilusos? ¡No era nada, nunca lo fue, más que un niño que confiaba en que los demás se sacrificaran por él!
-¡Se enfrentó a ti! -gritó Ron, y el hechizo se rompió, y los defensores de Hogwarts gritaron y chillaron de nuevo hasta que una segunda y más poderosa explosión extinguió sus voces una vez más.
-Murió mientras intentaba salir a hurtadillas de los terrenos del castillo -dijo Voldemort, y hubo una inflexión en su voz por la mentira- Muerto mientras intentaba salvarse a sí mismo...
Pero Voldemort se interrumpió. Harry oyó una riña y un grito, después otro golpe, un destello de luz, y un gruñido de dolor. Abrió los ojos una milésima. Alguien se había liberado de la multitud y cargaba hacia Voldemort. Harry vio a la figura golpear el suelo. Desarmado, Voldemor lanzaba la varita de su oponente a un lado y reía.
-¿Y quién es este? -dij un su suave siseo serpentino-. ¿Quién se ha ofrecido voluntario para demostrar lo que ocurre a los que continuan luchando cuando la batalla está perdida?
Bellatrix soltó una risa deleitada.
-¡Es Neville Longbottom, mi Señor! El chico que ha estado dando a los Carrow tantos problemas! El hijo de los Aurores, ¿recuerda?
-Ah, si, recuerdo, -dijo Voldemort, bajando la mirada hacia Neville, que estaba luchando por volver a ponerse en pie, desarmado y desprotegido, de pie en la tierra de nadie entre los supervivientes y los mortifagos-. Pero eres un pura sangre, ¿verdad, mi valiente muchacho? -preguntó Voldemort a Nevile, que le enfrentaba con las manos vacías, cerrados los puños.
-¿Y qué si lo soy? -dijo Neville ruidosamente.
-Muestras espíritu y valor, y provienes de un linaje noble. Serás un mortifago de gran valor. Necesitamos gente como tú, Neville Longbottom.
-Me uniré a ti cundo el infierno se congele, -dijo Neville-. ¡Ejército de Dumbledore! -gritó, y hubo vitores en respuesta entre la multitud, a la que los Encantamientos Silenciadores de Voldemort parecían incapaces de contener.
-Muy bien, -dijo Voldemort, y Harry oyó más peligro en la suavidad de su voz que en la más poderosa de las maldiciones-. Si esa es tu decisión, Longbottom, volveremos al plan original. Allá, -dijo tranquilamente- tú.
Todavía observando todavía tras los párpados, Harry vio a Voldemort ondear su varita. Segundos después, saliendo de una de las ventanas del castillo, algo que parecía un pájaro deforme voló a través de las ventanas y en la luz tenue y aterrizó en la mano de Voldemort. Este cogió el enmohecido objeto por el extremo y lo sacudió, vacío y desgarrado, el Sombrero Seleccionador.
-No habrá más Sombrero Seleccionador en la Escuela Hogwarts, -dijo Voldemort-. No habrá más Casas. El emblema, escudo y colores de mi nombre ancestro, Salazar Slythering, servirá a todo el mundo. ¿verdad, Neville Longbotton?
Apuntó su varita hacia Neville, que se quedó rígido e inmóvil, después embutió el sombrero en la cabeza de Neville, de forma que se deslizó hacia abajo cubriéndole los ojos. Hubo movimientos en la multitud de observadores delante del castillo, y como uno, los mortifagos alzaron sus varitas, manteniendo a raya a los luchadores de Hogwarts.
-Neville va a demostrar ahora lo que le ocurrirá a cualquiera lo suficientemente estúpido como para continuar oponiéndose a mí, -dijo Voldemort, y con un ondeo de su varita, hizo que el Sombrero Seleccionador ardiera en llamas.
Los gritos hendieron el amanecer, y Neville ardía, arraigado en el lugar, incapaz de moverse, y Harry no podía soportarlo. Debía actuar...
Y entonces muchas cosas ocurrieron a la vez.
Oyeron alzarse un rugido de los límites distantes de la escuela que sonaba como si un enjambre de cientos de personas estuvieran derramándose sobre los muros exteriores y vertiéndose hacia el castillo, bramando gritos de guerra. Al mismo tiempo, Grawp había aparecido rodeando una esquina del castillo con su andar torpe y gritando "¡HAGGER!. Su llamada fue respondida por los rugidos de los gigantes de Voldemot. Corrieron hacia Grawp como elefantes a la carga haciendo que la tierra se estremeciera.
Después llegaron los cascos, los tañidos de arco,s y las flechas de repente caían entre los mortifagos que rompieron filas, gritando de sorpresa. Harry sacó la capa de invisibilidad de dentro de su túnica, la lanzó sobre sí mismo, y se puso en pie de un salto, mientras Neville se movía también.
En un movimiento veloz y fluido, Neville se liberó de la Maldición lanzada sobre el Sombrero. El llameante sombrero cayó y Neville extrajo de sus profundidades algo plateado, con una brillante empuñadura de rubíes.
La cuchillada de la hoja de plata no pudo oirse sobre el rugido de la multitud que se aproximaba o los sonidos de los gigantes o de la carga de los centauros, y aún así, pareció atraer cada mirada. Con una sola estocada, Neville partió en dos la gran cabeza de la serpiente, que giró alto en el aire, brillando a la luz que fluía desde el vestíbulo de entrada, la boca de Voldemort se abrió en un grito de furia que nadie pudo oir, y el cuerpo de la serpiente cayó pesadamente al suelo a sus pies.
Oculto bajo la Capa de Invisibilidad, Harry lanzó un Encantamiento Escudo entre Neville y Voldemort antes de que este último pudiera alzar su varita. Entonces, sobre los gritos y los rugidos y estruendosos golpes de los gigantes que luchaban, Hagrid gritó más alto que todos.
-¡HARRY! -gritó Hagrid-. ¡HARRY!... ¿DONDE ESTÁ HARRY?
Reinaba el caos. Los centauros a la carga estaban dispersando a los mortifagos, todos sentían los pies retumbantes de los gigantes, y cada vez más y más cerca el estruendo de los refuerzos que había venido de quién sabía dónde. Harry vio grandes criaturas aladas sobrevolando las cabeza de los gigantes de Voldemort, los thestrals y Buckbeak el hipogrito arañaban sus ojos mientras Grawp les golpeaba y mordía y ahora los magos, defensores de Hogwarts y mortífagos por igual estaban siendo forzados a volver a entrar en el castillo. Harry estaba lanzando maleficios y maldiciones a cualquier mortifago que veía, y ellos se derrumbaban, sin saber qué o quién les había dado, y sus cuerpos eran pisoteados por la multitud en retirada
Todavía oculto bajo la Capa de Invisibilidad, Harry fue también empujado a entrar en el vestíbulo. Estaba buscando a Voldemort y le vio al otro lado de la habitación, disparando hechizos con su varita mientras retrocedía hasta el Gran Salón, todavía gritando instrucciones a sus seguidores, mientras lanzaba maldiciones a diestro y siniestro. Harry lanzó más Encantamientos Escudo, entre Voldemort y sus presuntas víctimas.
Seamus Finnigan y Hannah Abbot, pasaron junto a él a la carrera hacia el interior del Gran Salon, donde se unieron a la lucha que ya florecía dentro.
Y había más, incluso más gente saltando los escalones delanteros, y Harry vio a Charlie Weasley alcanzando a Horace Slughorn, que todavía vestía su pijama esmeralda. Parecía haber vuelto a la cabeza de lo que parecían ser las familias y amigos de cada estudiante de Hogwarts que había seguido luchando junto a los tenderos y vecinos de Hogsmeade. Los centauros Bane, Ronan y Magorian irrumpieron en el vestíbulo con un gran crepitar de cascos, y detrás de Harry la puerta que conducía a las cocinas fue golpeada hasta sacarla de sus goznes.
Los elfos domésticos de Hogwarts inundaron el vestibulo de entrada, gritando y ondeando cuchillos de carnicero de trinchar, y a la cabeza de los mismos, con el guardapelo de Regulus Black rebotando en su pecho, estaba Kreacher, su voz de rana era audible incluso sobre este alboroto: -¡Luchad! ¡Luchad! ¡Luchad por mi Amor, defensor de los elfos domésticos! ¡Luchad con el Señor Tenebroso, en nombre del Valiente Regulus! ¡Luchad!
Estaban asaltando y apuñalando los tobillos y pantorrillas de los mortifagos con su diminutas caras iluminadas de malicia, y mirara donde mirara Harry veía mortifagos doblegados por el puro peso del número, superados por hechizos, sacándose flechas de heridas, apuñalados en las piernas por los elfos, o simplemente intentando escapar, pero tragados por la orda que se aproximada.
Pero esto no había acabado aún. Harry corrió entre los duelistas y los prisioneros que se resistían hasta el Gran Salón.
Voldemort estaba en el centro de la batalla, atacando y golpeando a todo el que se ponia a su alcance. Harry no podía conseguir un disparo claro, así que luchó por acercarse más, todavía invisible, pero el Gran Salon se fue abarrotando más y más con cada uno que conseguía forzar su entrada.
Harry vio a Yaxley derribado en el suelo por George y Lee Jordan, vio a Dolohov caer con un grito a manos de Flitwick, vio a Walden Macnair lanzado al otro lado de la habitación por Hagrid, golpear la pared opuesta, y deslizarse inconsciente hasta el suelo. Vio a Ron y Neville derrotando a Fenrir Greyback, Aberforht Aturdiendo a Rookwood, Arthur y Percy rodeaban a Thicknesse, y Lucius y Narcissa Malfoy corriendo entre la multitud, sin intentar luchar, llamando a gritos a su hijo.
Voldemort estaba ahora luchando contra McGonagall, Slyghorn y Kingsley, todos a la vez, y había un odio frío en su cara mientras ondeaban y amagaban alrededor, incapaces de acabar con él.
Bellatrix todavía estaba luchando también, a cincuenta yardas de Voldemort, y como su amo, luchaba con tres a la vez: Hermione, Ginny y Luna, todas al máximo de sus posibilidades, pero Bellatrix las igualaba, y la atención de Harry se desvió cuando una Maldición Asesina golpeó tan cerca de Ginny que falló y no la mató por un centímetro.
Cambió de curso, corriendo hacia Bellatrix en vez de hacia Voldemort, pero antes de haber dado un par de pasos fue golpeado a un lado.
-¡MI HIJA NO, PERRA!
La Señora Weasley se quitó la capa mientras corría, liberando sus manos. Bellatrix se dio la vuelta, rugiendo de risa antes de visión del nuevo desafío.
-¡FUERA DE MI CAMINO! -gritó la Señora Weasley a las tres chicas, y con un simple ademán de su varita empezó el duelo. Harry observaba con terror y júbilo como la varita de Molly Weasley acuchillaba y se retorcía, y la sonrisa de Bellatrix Lestrage decaía y se convertía en un gruñido. Rayos de luz volaban desde ambas varitas, el suelo alrededor de los pies de las brujas se levantó y agrietó. Ambas mujeres estaban luchando a muerte.
-¡No! -gritó la Señora Weasley cuando unos pocos estudiantes se adelantaron, intentando acudir en su ayuda-. ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Es mía!
Cientos de personas estaban ahora alineadas contra las paredes, observando las dos luchas, Voldemort y sus tres oponentes. Bellatrix y Molly, y Harry de pie, invisible, desgarrado entre ambas, deseando atacar y a la vez proteger, incapaz de estar seguro de no alcanzar a un inocente.
-¿Qué ocurrirá con tus hijos cuando mueras? -se burlón Bellatrix, tan loca como su amo, haciendo cabrioles mientras las maldiciones de Molly danzaban a su alrededor-. ¿Cuando Mami se haya ido como Freddie?
-¡Tú... nunca... volverás... a... tocar... a... mis... hijos! -gritó la Señora Weasley.
Bellatri
x rió con la misma risa alborozada que su primo Sirius había soltado mientras caía hacia atrás a través del velo, y de repente Harry supo lo que iba a ocurrir antes de que ocurriera.
La maldición de Molly pasó bajo el brazo extendido de Bellatrix y la golpeó de lleno en el pecho, directamente sobre el corazón.
La sonrisa satisfecha de Bellatrix se congeló, sus ojos parecieron salirse de sus órbitas. Durante el más ínfimo espacio de tiempo supo lo que había ocurrido, y después perdió el equilibrio, y la multitud de observadores rugió enardecida, y Voldemort gritó.
Harry lo sintió mientras se giraba a cámara lenta. Vio a McGonagall, Kingsley y Slughorn salir despedidos hacia atrás, agitándose y contorsionándose en el aire, cuando la furia de Voldemort ante la caída de su última y mejor lugarteniente explotó con la fuerza de una bomba. Voldemort alzó la varita y la apuntó hacia Molly Weasley.
-¡Protego! -rugió Harry, y el Encantamiento Escudo se expandió en medio del Salón, y Voldemort miró alrededor en busca de la fuente mientras Harry se quitaba la Capa de Invisilibidad al fin.
El chillido de sorpresa, los vitores, los gritos de por todos lados: "¡Harry! ¡ESTÁ VIVO!" fueron ahogados de inmediato. La multitud tenía miedo, y el silencio cayó abrupta y completamente cuando Voldemort y Harry se miraron el uno al otro, y empezaron, al mismo tiempo, a girar en círculos.
-No quiero que ningún otro ayude, -dijo Harry en voz alta, y en el silencio absoluto su voz sonó como la llamada de una trompeta-. Así es como debe ser. Tengo que ser yo.
Voldemort siseó.
-Potter no quiere decir eso, -dijo, sus ojos rojos estaban abiertos de par en par-. Así no es como funciona, ¿verdad? ¿A quién vas a utilizar como escudo hoy, Potter?
-A nadie, -dijo Harry simplemente-. No hay más Horrocruxes. Solos tú y y yo. Ninguno puede vivir mientras el otro sobreviva, y uno de nosotros está a punto de desaparecer para siempre.
-¿Uno de nosotros? -se burló Voldemort, y todo su cuerpo estaba tenso y sus ojos rojos fijos, una serpiente a punto de atacar-. ¿Crees que serás tú, eh, el chico que ha sobrevivido por accidente, y porque Dumbledore tiraba de sus cuerdas?
-¿Fue un accidente, cuando me salvó mi madre? -preguntó Harry. Se movian lentamente de lado, ambos, en un círculo perfecto, manteniendo la misma distancia el uno del otro, y para Harry no existía más cara que la de Voldemort-. ¿Accidente, cuando decidi luchar en ese cementerio? ¿Accidente, que no me defendiera esta noche, y aún así sobreviviera, y volviera para luchar?
-¡Accidentes! -gritó Voldemort, pero aún así no atacaba, y la multitud de observadores estaba congelada, como Petrificados, y los cientos de personas del Vestibulo, nadie parecía respirar excepto ellos dos-. Accidente y casualidades y el hecho de que te escondes y gimoteas tras las faldas de grandes hombres y mujeres, ¡y me permites matarles en tu lugar!
-No matarás a nadie más esta noche, -dijo Harry mientras giraban, y se miraban directamente a los ojos, verde contra rojo-. No podrás volver a matar nunca a ninguno de ellos. ¿No lo coges? Estaba preparado para morir para evitar que hicieras daño a esta gente...
-¡Pero no lo hiciste!
-...tenía intención de hacerlo, y eso es lo que cuenta. Hice lo que hizo mi madre. Protegerles de ti. ¿No has notado como ninguno de los hechizos que les has lanzado les han tocado? No puedes torturarles. No puedes tocarles. No has aprendido de tus errores, Riddle, ¿verdad?
-Te atreves...
-Si, me atrevo -dijo Harry-. Sé cosas que tú no sabes, Tom Riddley. Sé un montón de cosas que tú no. ¿Quieres oir algunas, antes de cometer otro gran error?
Voldemort no habló, pero rondaba en circulos, y Harry sabía que le tenía temporalmente hipnotizado, contenido por la idea de que hubiera la más mínima posibilidad de que Harry pudiera saber un secreto definitivo...
-¿El amor de nuevo? -dijo Voldemort, su cara de serpiente se burlaba-. La solución favorita de Dumbledore, que él afirmaba conquistaba a la muerte, aunque el amor no evitó que cayera de la torre y se rompiera como un muñeco de cera vieja. Amor, que no evitó que aplastara a tu madre sangre sucia como a una cucaracha, Potter... y nadie parece amarte a ti lo suficiente como para adelantarse estaba vez e interceptar mi maldición. ¿Qué evitará entonces que mueras esta vez cuando ataque?
-Solo una cosa -dijo Harry, y siguieron rodeándose el uno al otro, absortos el uno en el otro, separados solo por el último secreto.
-Si no es el amor lo que te salvará esta vez, -dijo Voldemort- debes creer que tienes una magia que yo no tengo, o alguna otra cosa, ¿un arma más poderasa que la mía?
-Las dos cosas, creo -dijo Harry, y vio el destello de sorpresa cruzar la cara de serpiente, aunque se disipó instantáneamente. Voldemort empezó a reir, y el sonido fue más aterrador que sus gritos, enloquecido y sin humor, y resonó a través del silencioso Salón.
-¿Crees que conoces magia que yo no? -dijo-. ¿Que yo, que Lord Voldemort, que ha realizado magia con la que ni siquiera el propio Dumbledore habría soñado jamás?
-Oh, soñó con ella, -dijo Harry- pero sabía más que tú, sabía lo suficiente para no hacer lo que tú.
-¡Quieres decir que era débil! -gritó Voldemort-. Demasiado débil como para atreverse, demasiado débil como para coger lo que podría haber sido suyo, ¡lo que será mío!
-No, era más astuto que tú, -dijo Harry- mejor mago, y mejor hombre.
-¡Yo ordené la muerte de Albus Dumbledore!
-Crees haberlo hecho, -dijo Harry- pero estás equivocado.
Por primera vez, la multitud de observadores se movió cuando cientos de personas alrededor de las paredes respiraron como una.
-¡Dumbledore está muerto! -Voldemort arrojó las palabras a Harry como si estas le causaran un dolor insoportable-. Su cuerpo se pudre en una tumba de mármol en los terrenos de este castillo. Yo le vi, Potter, ¡y no volverá!
-Si, Dumbledore está muerto, -dijo Harry tranquilamente-. pero no fuiste tú quien lo mató. Eligió su propia forma de morir, la eligió meses antes de morir, lo arregló todo con el hombre al que creías tu sirviente.
-¿Que sueño infantil es este? -dijo Voldemort, pero todavía no atacaba, y sus ojos rojos no se separaban de los de Harry.
-Severus Snape no era uno de tus hombres-. dijo Harry-. Lo era de Dumbledore. De Dumbledore desde el momento en que empezarse a perseguir a mi madre. Y nunca lo comprendiste, porque es la única cosa que no puedes entender. ¿Nunca viste que a Snape lanzar un Patronus, Riddle?
Voldemort no respondió. Continuaron girando uno alrededor del otro como lobos dispuestos a hacer trizas al otro.
-El Patronus de Snape era una cierva -dijo Harry-, como el de mi madre, porque la amó durante casi toda su vida, desde que eran niños. Deberías haberlo notado, -dijo cuando vio llamear las fosas nasales de Voldemort-, te pidió que le perdonaras la vida, ¿verdad?
-La deseaba, eso era todo, -dijo Voldemort con desprecio-, pero cuando desapareció, él estuvo de acuerdo en que habían otras mujeres, y de sangre pura, que le merecerían...
-Por supuesto que te dijo eso -dijo Harry-. pero fue espia de Dumbledore desde el momento en que la amenazaste, y ha estado trabajando contra tí desde entonces! ¡Dumbledore ya se estaba muriendo cuando Snape acabó con él!
-¡Eso no importa! -chilló Voldemort, que había seguido cada palabra con absorta atención, pero ahora dejó escapar un cacareo de risa enloquecida-. ¡No importa si Snape era mío o de Dumbledore, o que mezquinos obstáculos trató de poner en mi camino! Los aplasté como aplasté a tu madre, ¡el supuesto gran amor de Snape! ¡Oh, pero todo cobra sentido, Potter, y de formas que no tú no entiendes!
¡Dumbledore estaba intentando mantener la Varita de Sauco lejos de mí! ¡Su intención era que Snape fuera el auténtico amo de la varita! Pero yo voy por delante de tí, muchachito. ¡Cogí la varita antes de que consiguieras poner sus manos en ella! ¡Entendi la verdad antes que tú! ¡Maté a Severus Snape hace tres horas, y la Varita de Sauco, la Vara de la Muerte, la Varita del Destino es verdaderamente mía! ¡El último plan de Dumbledore salió mal, Harry Potter!
-Si, lo hizo -dijo Harry-. Tienes razón. Pero antes de que me mates, te aconsejo que pienses en lo que has hecho... Piensa, e intenta sentir algo de remordimiento, Riddley...
-¿Que es esto?
De todas las cosas que Harry le había dicho, más allá de cualquier revelación o burla, nada había sorprendido a Voldemort como esto. Harry vio sus pupilas contraerse en las finas rendijas, vio la piel alrededor de sus ojos quedarse blanca.
-Es tu última oportunidad, -dijo Harry-, todo lo que te queda... he visto lo que hubieras sido de otro modo... Sé un hombro... inténtalo... Intenta sentir algún remordimiento...
-¿Te atreves...? -dijo Voldemort de nuevo.
-Si, me atrevo, -dijo Harry-, porque el último plan de Dumbledor no se ha vuelto contra mí en absoluto. Se ha vuelto contra tí, Riddle.
La mano de Voldemort estaba temblando sobre la Varita de Sauco, y Harry aferraba la de Draco muy firmemente. El momento, lo sabía, estaba a solo segundos.
-La varita todavía no funciona apropiadamente para ti porque mataste a la persona equivocada. Severus Snape nunca fue el auténtico amo de la Varita de Sauco. Nunca derrotó a Dumbledore.
-Le mató...
-¿No has estado escuchando? ¡Snape nunca derrotó a Dumbledore! ¡La muerte de Dumbledore estaba planeada! Dumbledore tenía intención de morir, sin ser derrotado, el último amo de la varita! ¡Si todo hubiera salido tal y como estaba planeado, el poder de la varita habría muerto con él, porque nunca ha sido derrotado!
-¡Pero entonces, Potter, Dumbledore fue tan amable de darme la varita! -la voz de Voldemort se sacudía con malicioso placer-. ¡Robé la varita de la tumba de su último amo! ¡La cogí contra los deseos del último amo! ¡El poder es mío!
-¿Todavía no lo coges, verdad, Riddley? ¡La posesión de la varita no es suficiente! Sujetarla, utilizarla, no la hace realmente tuya. ¿No oiste a Ollivander? La varita elige al mago... La Varita de Sauco reconoció a un nuevo amo antes de que Dumbledore muriera, alguien que nunca puso su mano en ella. El nuevo amo le quitó la varita a Dumbledore contra su voluntad, sin comprender nunca lo que había hecho exactamente, o que la varita más peligrosa del mundo le había otorgado su lealtad...
El pecho de Voldemort se alzaba y caía rápidamente, y Harry podía sentir la maldición llegando, la sintió formarse dentro de la varita apuntada hacia su cara.
-El auténtico amo de la Varita de Sauco era Draco Malfoy
Una sorpresa estupefacta se mostró por un momento en la cara de Voldemort, pero entonces desapareció.
-¿Y qué importa eso? -dijo suavemente-. Incluso si tienes razón, Potter, eso no supone ninguna diferencia entre tú y yo. Ya no hay varitas de fénix. Será un duelo solo de habilidad... y después de que te haya matado, puedo ocuparme de Draco Malfoy...
-Pero llegas demasiado tarde, -dijo Harry-. Perdíste tu oportunidad. Yo llegué primero. Vencí a Draco hace semanas. Le quité su varita.
Harry ondeó la varita de espino, y sintió los ojos de todo el mundo en el Salón posados en ella.
-Asi que todo se reduce a eso, ¿verdad? -susurró Harry-. ¿Sabe la varita que está en tu mano que su último amo fue Desarmado? Porque si lo sabe... yo soy el auténtico amo de la Varita de Sauco.
Un rayo rojo estalló repentinamente cruzando el cielo encantado sobre ellos cuando el borde del sol deslumbrante apareció sobre el alféizar de la ventana más cercana. La luz golpeó ambas caras al mismo tiempo, haciendo que la de Voldemort pareciera repentinamente un borrón llameante. Harry oyó a la voz más aguda gritar y también el gritó esperando lo mejor, apuntando la varita de Draco.
-¡Avada Kedavra!
-¡Expelliarmus!
La explosión fue como el disparo de un cañón, y las llamas doradas que estallaron entre ellos, marcando el centro del círculo que habían estado trazando, en el punto donde los hechizos colisionaron. Harry vio el rayo verde de Vodemort encontrarse con su propio hechizo, vio la Varita de Sauco volar alto, oscura contra el amanecer, girando por el techo encantado como la cabeza de Nagini, dando vueltas a través del aire hacia el amo al que no podía matar, que había tomado posesión absoluta de ella al fin. Y Harry, con la habilidad infalible de un Buscador, cogió la varita con la mano libre mientras Voldemort retrocedía, con los brazos abiertos y los ojos escarlata de pupilas verticales mirando hacia arriba. Tom Riddley golpeó el suelo con mundana banalidad, su cuerpo débil y encogido, las manos blancas vacías, la cara de serpiente vacía e ignorante.
Voldemort estaba muerto, muerto por su propia maldición rebotada, y Harry estaba en pie con dos varitas en las manos, mirando al cadáver de su enemigo.
Un estremecedor segundo de silencio, la sorpresa del momento quedó suspendida, y después el tumulto estalló alrededor de Harry mientras gritos, vítores y rugidos de los observadores llenaban el aire.
La ferocidad del nuevo sol atravesaba las ventanas cuando corrieron hacia él y los primeros en alcanzarle fueron Ron y Hermione, y fueron sus brazos los que le rodearon, sus gritos incomprensibles los que le ensordecieron. Los de Ginny, Neville, y Luna estaban allí, y todos los Weasleys y Hagrid, y Kingsley y McGonagall y Flitwick y Sprout, y Harry no podía oir ni una palabra de que lo todos estaban gritando, ni decir que manos estrechaban las suyas, tirando de él, intentando abrazar alguna parte de él, cientos de ellos presionando, todos decididos a tocar al Chico Que Vivió, la razón de que todo hubiera acabado al fin.
El sol se había alzado completamente sobre Hogwarts, y el Gran Salon hervía de vida y luz. Harry era una parte indispensable de la mezcla de efusiones de júbilo y luto, de pena y celebración. Deseaban que estuviera allí con ellos, su líder y símbolo, su salvador y su guía, y que no había dormido, que anhelaba la compañía de solo unos pocos de ellos, no parecía ocurrírsele a ninguno. Debía dar el pésame, estrechar manos, presenciar lágrimas, recibir agradecimientos, oir las noticias que llegaban poco a poco de todas partes mientras la mañana pasaba: que por todas partes del país los maldecidos por la Maldición Imperius habían vuelto a su verdadero ser, que los mortifagos se daban a la fuga o estaban siendo capturados, que los inocentes de Azkaban serían liberados en cualqueir momento, y que Kingsley Shacklebot había sido nombrado temporalmente Ministro de Magia.
Movieron el cuerpo de Voldemort y lo tendieron en una cámara junto al Vestíbulo, lejos de los cuerpos de Fred, Tonks, Lupin, Colin Creevey, y cincuenta estudiantes más que habían muerto luchando. McGonagal había vuelto a colocar las mesas de las Casas, pero ya nadie se sentaba de acuerdo con su Casa. Estaban todos apiñados juntos, profesores y pupilos, fantasmas y padres, centauros y elfos domésticos, y Firenze yacía recuperándose en una esquina, y Grawp espiaba a través de una ventana destrozada, y la gente se tiraba comida a las bocas sonrientes.
Después de un rato, exhausto y agotado, Harry se encontró sentado en un banco junto a Luna.
-Si yo fuera tú, querría algo de paz y tranquilidad.
-Me encantaría, -replicó él.
-Yo les distraeré, -dijo ella-. Usa tu capa.
Y antes de que pudiera decir una palabra, ella gritó.
-¡Ooooh, mirad, un Blibbering Hundinger! -Y señaló a la ventana. Todo el que la había oído miró, y Harry se deslizó la Capa por encima, y se puso en pie.
Ahora se podía mover por el Salón sin interferencia. Divisó a Ginny a dos mesas de distancia, estaba sentada con la cabeza sobre el hombro de su madre. Habría tiempo de hablar después, horas y días y quizás años en los que hablar. Vio a Neville, la espada de Gryffindor yacía junto a su plato mientras comía, rodeado por un grupo de fervientes admiradores.
Avanzó a lo largo del pasillo entre las mesas, y divisó a los tres Malfoy, apiñados juntos como inseguros de si se suponía o no que debían estar allí, pero nadie les prestaba ninguna atención. A donde quiera que mirara, veía familias reunidas, y finalmente, vio a los dos cuya compañía más anhelaba.
-Soy yo, -murmuró, agachándose entre los dos-. ¿Venís conmigo?
Se pusieron en pie al instante, y juntos, él, Ron y Hermione abandonaron el Gran Salón. Habían desaparecido grandes trozos de la escalera de mármol, parte de la balaustrada había volado, y encontraron escombros y manchas de sangre cada pocos escalones mientras subían.
En algún lugar en la distancia pudieron oir a Peeves zumbando a través de los corredores cantando una canción de victoria de su propia composición:
Lo hicimos, le machacamos, Pottercito es el elegido,
Y Voldy en el barro ha desaparecido, ¡así que ahora a divertirse!
-Realmente te da una sensación de drama y tragedia, ¿verdad? -dijo Ron, empujando una puerta para dejar pasar a Harry y Hermione.
La felicidad llegará, pensó Harry, pero en ese momento estaba amortiguada por el cansancio, el dolor de perder a Fred, Lupin y Tonks que le atravesaba como una herida física cada pocos pasos. La mayor parte de él se sentía estupendamente aliviado, y anhelaba dormir. Pero primero debía una explicación a Ron y Hermione, que habían aguantado con él durante tanto tiempo, y merecían la verdad. Relató cuidadosamente lo que había visto en el Pensadero y lo que había ocurrido en el bosque, y no habían empezado a expresar del todo su sorpresa y asombro, cuando al fin llegaron al lugar al que se habían estado dirigiendo, aunque ninguno de ellos había mencionado su destino.
Desde que la había visto la última vez, la gargola que guardaba la entrada del despacho del director había sido volcada. Estaba inclinada, como un pequeño borracho, y Harry se preguntó si podría aún distinguir contraseñas.
-¿Podemos subir? -preguntó a la gargola.
-Paso libre -gimió la estatua.
Escalaron sobre ella y subieron a la escalera de espiral que se movía lentamente hacia arriba como una escalera mecánica. Harry abrió la puerto al llegar a lo alto.
Captó un breve vistazo del Pensadero sobre el escritorio donde él lo había dejado, y entonces oyó un ruido ensordecedor que le hizo gritar, pensando en maldiciones y mortifagos y en Voldemort renacido.
Pero era un aplauso. En todas las paredes, los directores y directoras de Hogwarts le estaban dedicando una ovación en pie. Ondeaban sus sombreros y en algunos casos alas, se extendian a través de sus marcos para extrechar las manos de los demás, danzaban arriba y abajo en las sillas en las que habían sido pintados. Dilys Derwen sollozaba desvergonzadamente. Dexter Fortescui estaba ondeando su trompetilla, y Phineas Niggelus gritaba, con su voz alta y aflautada "¡Y deja claro que la Casa Slytherin ha tomado parte en ello! ¡No dejes que nuestra contribución sea olvidada!
Pero Harry tenía ojos solo para el hombre que estaba en pie en el retrato más grande, directamente tras la silla del director. Corrían lágrimas por sus mejillas tras las gafas de medialuna hasta la larga barba plateada, y el orgullo y la gratitud emanaban de él llenando a Harry con el mismo bálsamo consolador que la canción del fénix.
Al fin, Harry alzó las manos, y los retratos cayeron en un respetuoso silencio, sonriendo y secándose los ojos y esperando ansiosamente a que hablara.
Dirigió sus palabras a Dumbledore, sin embargo, y las eligió con enorme cuidado. Exhausto y con los ojos enrojecidos como estaba, debía hacer un último esfuerzo, buscar un último consejo.
-Lo que estaba oculto en la Snitch, -empezó- lo dejé caer en el bosque. Sé donde exactamente, pero no voy a volver a buscarlo. ¿Está de acuerdo?
-Mi querido muchacho, lo estoy -dijo Dumbledore, mientras sus compañeros retratos parecían confusos y curiosos-. Una sabia y valerosa decisión, pero no es menos de lo que habría esperado de ti. ¿Alguien más sabe donde cayó?
-Nadie -dijo Harry, y Dumbledore asintió con satisfacción.
-Sin embargo voy a conservar el regalo de Ignotus, -dijo Harry, y Dumbledore sonrió.
-Por supuesto, Harry, es tuya para siempre, ¡hasta que la pases!
-Y luego está esto.
Harry sostuvo en alto la Varita de Sauco, y Ron y Hemione la miraban con tal reverencia, que ni siquiera en su estado falto de sueño y aturdido, a Harry le gustaba ver.
-No la quiero -dijo Harry.
-¿Qué? -dijo Ron ruidosamente-. ¿Estás loco?
-Sé que es poderosa. -dijo Harry cansado-. Pero estaría mucho más contento con la mía. Así que...
Hurgó en la bolsita que colgaba de su cuello y sacó las dos mitades de la varita de acebo todavía conectadas por la más fina hebra de pluma de fénix. Hermione había dicho que no podía ser reparada, que el daño era demasiado severo. Él lo único que sabía es que si esto no funcionaba, nada lo haría.
Tendió la varita rota sobre el escritorio del director, la tocó con la punta de la Varita de Sauco, y dijo. -Reparo.
Cuando su varita se selló, chispas rojas salieron de su extremo. Harry sabía que había tenido éxito. Recogió la de varita de acebo y fénix y sintió una calidez en sus dedos, cuando varita y mano celebraron su reunión.
-Pondré la Varita de Sauco -dijo a Dumbledore, que le estaba observando con enorme afecto y admiración- otra vez donde estaba. Puede quedarse aquí. Si muero de muerte natural como Ignotus, su poder se romperá, ¿no? El anterior amo nunca habrá sido derrotado. Ese será su final.
Dumbledore asintió. Se sonrieron el uno al otro.
-¿Estás seguro? -dijo Ron. Habia un ligero rastro de anhelo en su voz mientras mira a la Varita de Sauco.
-Creo que Harry tiene razón, -dijo Hermione tranquilamente.
-Esta varita da más problemas de los que vale -dijo Harry-. Para ser honestos, -se alejó de los retratos, pensando ahora solo en la cama de cuatro postes que le esperaba en la Torre de Gryffindor, y preguntándose si Kreacher podría llevarle un sandwich allí-,ya he tenido suficientes problemas para toda una vida.

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23 Septiembre 2007

Capítulo 35 King’s Cross

Yacía bocabajo, escuchando el silencio. Estaba absolutamente solo. Nadie lo estaba mirando. Nadie más estaba allí. No estaba completamente seguro de que él mismo estuviera allí.
Bastante tiempo después, o quizá en ese mismo instante, le vino el pensamiento de que debía de existir, debía de ser más que un pensamiento incorpóreo, ya que estaba tendido, definitivamente tendido sobre alguna superficie. Por tanto tenía el sentido del tacto, y la cosa contra la que estaba tendido también existía.
Casi en el momento en que llegó a esa conclusión, Harry se dio cuenta de que estaba desnudo. Convencido como estaba de su total aislamiento, esto no le preocupó, pero sí le intrigó levemente. Si bien podía sentir, se preguntó si también podría ver. Abriéndolos, descubrió que tenía ojos.
Yacía en medio de una brillante neblina, aunque no era como las otras neblinas que siempre había experimentado. Los alrededores no estaban ocultos por vapor nublado; más bien el vapor nublado no se había formado a su alrededor. El suelo en el que estaba echado parecía ser blanco, ni caliente ni frío, simplemente así, un espacio liso y blanco en el que estar.
Se sentó. Su cuerpo parecía indemne. Se tocó la cara. Ya no llevaba las gafas puestas.
Entonces un ruido le llegó a través de la nada uniforme que le rodeaba: los pequeños y suaves golpeteos de algo que aleteaba, se sacudía y luchaba. Era un sonido lastimoso, pero también ligeramente indecente. Tenía la incómoda sensación de que estaba escuchando algo vergonzoso y furtivo.
Por primera vez, deseó estar vestido.
Casi al instante de formarse el deseo en su mente, unas túnicas aparecieron a corta distancia. Las cogió y se las puso. Eran suaves, limpias, y cálidas. Era extraordinario cómo simplemente habían aparecido así, en el momento en que las quería…
Se puso en pie mirando alrededor. ¿Estaba en alguna gran Sala de los Menesteres? Cuanto más lejos miraba, mas se veía. Un gran techo abovedado de cristal brillaba en lo alto bajo la luz del sol. Tal vez era un palacio. Todo estaba silencioso y quieto, exceptuando esos extraños golpeteos y sonidos gimoteantes que salían de algún lugar cercano, en la neblina…
Harry se giró lentamente, y los alrededores parecieron inventarse a si mismos ante sus ojos. Un gran espacio abierto, brillante y limpio, una grandiosa sala mucho más grande que el Gran Comedor, con ese límpido techo abovedado de cristal. Estaba bastante vacío. Era la única persona allí, excepto por…
Retrocedió. Había localizado la cosa que estaba haciendo los ruidos. Tenía la forma de un niño pequeño desnudo, arrebujado en el suelo, con la piel ajada y áspera, despellejada. Estaba temblando bajo el asiento donde había sido abandonado, no deseado, escondido fuera de vista, luchando por respirar.
Sintió miedo de él. Aunque era pequeño y frágil y estaba herido, no quería acercarse a él. Sin embargo, se fue acercando lentamente, listo para saltar hacia atrás en cualquier momento. Pronto estuvo lo suficientemente cerca para tocarlo, pero no fue capaz de hacerlo. Se sintió como un cobarde. Debería reconfortarlo, pero le causaba repulsión.
-No puedes ayudar.
Se dio la vuelta. Albus Dumbledore estaba andando hacia él, directo y lleno de energía, vistiendo prendas de un radical azul medianoche y con una túnica suelta de color azul medianoche.
-Harry -abrió los brazos ampliamente, y sus manos estaban enteras, blancas e intactas-. Chico maravilloso. Valiente, valiente hombre. Paseemos.
Atónito, Harry siguió a Dumbledore cuando este se alejó a grandes zancadas del gimoteante y despellejado niño, llevándolo a dos asientos que Harry no había notado previamente, que estaban colocados a cierta distancia bajo el alto y destellante techo. Dumbledore se sentó en uno de ellos y Harry en el otro, mirando la cara de su antiguo director. El largo cabello plateado y la barba de Dumbledore, los penetrantes ojos azules bajo las gafas de media luna, la nariz torcida: todo estaba como lo recordaba. Y aun así…
-Pero está muerto -dijo Harry.
-Oh, sí -dijo Dumbledore de forma práctica.
-Entonces… ¿también estoy muerto?
-Ah -dijo Dumbledore, sonriendo más abiertamente-. Esa es la cuestión ¿no es cierto? En conjunto, querido muchacho, creo que no.
Se miraron mutuamente, el hombre mayor todavía sonriendo.
-¿No? -repitió Harry.
-No -dijo Dumbledore.
-Pero… -Harry levantó instintivamente la mano hacia la cicatriz con forma de relámpago. No parecía que estar allí-. Pero debería haber muerto… ¡no me defendí! ¡Tenía la intención de dejar que me matara!
-Y esa voluntad -dijo Dumbledore-, pienso, marcó toda la diferencia.
La felicidad parecía irradiar de Dumbledore como una luz, como fuego. Harry nunca había visto al hombre tan completamente y palpablemente satisfecho.
-Explíquese -dijo Harry.
-Pero ya lo sabes –dijo Dumbledore. Se cruzó de brazos y jugueteó con los dedos.
-Dejé que me matase –dijo Harry-, ¿verdad?
-Lo hiciste –dijo Dumbledore, asintiendo con la cabeza-. ¡Sigue!
-Así que la parte de su alma que estaba en mí…
Dumbledore asintió todavía con más entusiasmo, instando a Harry a seguir, con una amplia sonrisa de aliento en la cara.
-… se ha ido?
-¡Oh sí! –dijo Dumbledore-. Sí, la destruyó. Tu alma está completa, y es completamente tuya, Harry.
-Pero entonces…
Harry miró por encima de su hombro, hacia donde la pequeña y mutilada criatura temblaba bajo la silla.
-¿Qué es eso, profesor?
-Algo que está más allá de nuestra ayuda –dijo Dumbledore.
-Pero si Voldemort usó la Maldición Asesina –empezó Harry otra vez-, y nadie murió por mí esta vez… ¿cómo puedo estar vivo?
-Creo que lo sabes –dijo Dumbledore-. Piensa en lo que pasó. Recuerda lo que hizo, en su ignorancia, en su codicia y crueldad.
Harry pensó. Dejó que su mirada vagase por los alrededores. Si efectivamente estaban sentados en un palacio, era uno extraño, con sillas colocadas en pequeñas filas y trozos de verja aquí y allá. Y aún así, él y Dumbledore y la atrofiada criatura bajo la silla eran los únicos seres allí. Entonces la respuesta brotó en sus labios con facilidad, sin esfuerzo.
-Tomó mi sangre –dijo Harry.
-¡Precisamente! –dijo Dumbledore-. ¡Tomó tu sangre y reconstruyó su cuerpo vivo con ella! Tu sangre en sus venas, Harry, ¡la protección de Lily dentro de ambos! ¡Te ató a la vida mientras él viva!
-Yo vivo… ¿mientras él vive? Pero pensé… ¡pensé que era al revés! Pensé que ambos teníamos que morir. ¿O es lo mismo?
Fue distraído por los gemidos y golpeteos de la criatura que agonizaba tras ellos, y de nuevo miró hacia atrás para verla.
-¿Está seguro de que no podemos hacer nada?
-No hay ayuda posible.
-Entonces explíqueme… más –dijo Harry, y Dumbledore sonrió.
-Tú fuiste el séptimo Horrocrux, Harry, el Horrocrux que nunca tuvo intención de hacer. Había vuelto su alma tan inestable que se rompió en pedazos cuando cometió esos actos de atroz maldad, el asesinato de tus padres, el intento de matar a un niño. Pero lo que escapó de esa habitación fue menos de lo que supo. Dejó algo más que su cuerpo detrás. Dejó parte de su alma pegada a ti, la víctima en potencia que había sobrevivido.
»¡Y su conocimiento permaneció deplorablemente incompleto, Harry! Aquello a lo que Voldemort no da valor, no se toma la molestia de entender. De elfos domésticos y cuentos de niños, de amor, lealtad e inocencia, Voldemort no sabe ni entiende nada. Nada. Que todos tienen un poder más allá del suyo, un poder más allá del alcance de cualquier magia, es una verdad que nunca ha comprendido.
»Tomó tu sangre pensando que lo haría más fuerte. Tomó en su cuerpo una pequeña parte del encantamiento que tu madre colocó en ti cuando murió por salvarte. El cuerpo de Voldemort mantiene su sacrificio vivo, y mientras ese encantamiento sobreviva, asimismo lo harás tú y también la última esperanza de Voldemort para sí mismo.
Dumbledore sonrió a Harry y éste lo miró.
-¿Y usted sabía todo esto? Lo sabía… ¿todo este tiempo?
-Lo suponía. Pero mis suposiciones normalmente han sido buenas –dijo Dumbledore con alegría, y continuaron sentados en silencio durante lo que pareció un largo rato, mientras la criatura que estaba detrás continuaba gimiendo y temblando.
-Hay más –dijo Harry-. Hay más sobre eso. ¿Por qué mi varita rompió la que él había tomado prestada?
-Sobre eso no puedo estar seguro.
-Haga una conjetura, entonces. –dijo Harry, y Dumbledore rió.
-Lo que debes entender, Harry, es que tú y Lord Voldemort habéis viajado juntos en dominios de la magia hasta el momento desconocidos y no probados. Pero esto es lo que creo que pasó, y no tiene precedente, y pienso que ningún fabricante de varitas se lo podría haber pronosticado o explicado a Voldemort.
»Sin tener intención de ello, como sabes ahora, Lord Voldemort dobló el vínculo entre vosotros cuando volvió a la forma humana. Un parte de su alma todavía estaba pegada a la tuya, y pensando en fortalecerse, tomó una parte del sacrificio de tu madre en sí mismo. Si sólo hubiese entendido el preciso y terrible poder de ese sacrificio, tal vez no se habría atrevido a tocar tu sangre… Pero entonces, si hubiese sido capaz de entenderlo, no podría ser Lord Voldemort, y quizás nunca habría asesinado.
»Habiendo asegurado esta conexión doble, habiendo enlazado vuestros destinos juntos con más seguridad de lo que alguna vez dos magos han estado unidos en la historia, Voldemort procedió a atacarte con una varita que compartía núcleo con la tuya. Y entonces algo muy extraño pasó, como sabemos. Los núcleos actuaron de una forma que Lord Voldemort, que nunca supo que tu varita era una gemela de la suya, nunca habría esperado.
»Tenía mucho más miedo que tú esa noche, Harry. Habías aceptado, incluso abrazado la posibilidad de la muerte, algo de lo que Lord Voldemort nunca ha sido capaz. Tu valentía ganó, tu varita sobrepasó en poder a la suya. Y al hacer eso, algo pasó entre esas dos varitas, algo que repitió la relación entre sus amos.
»Creo que tu varita se imbuyó de parte del poder y las cualidades de la varita de Voldemort esa noche, que es lo mismo que decir que pasó a contener un poco del mismo Voldemort. Así que tu varita lo reconoció cuando te persiguió, reconoció al hombre que era a la vez familiar y enemigo mortal, y regurgitó parte de su propia magia contra él, magia mucho más poderosa que la que la varita de Lucius había realizado alguna vez. Tu varita ahora contiene el poder de tu enorme valentía y la propia habilidad mortal de Voldemort: ¿Qué oportunidad tenía esa pobre ramita de Lucius Malfoy?
-Pero si mi varita era tan poderosa, ¿cómo es que Hermione fue capaz de romperla? –preguntó Harry.
-Mi querido muchacha, sus extraordinarios efectos fueron únicamente dirigidos a Voldemort, que había interferido de forma tan poco aconsejable con las leyes más profundas de la magia. La varita sólo fue anormalmente poderosa al enfrentarse a él. Por lo demás era una varita tan normal como cualquier otra… aunque una muy buena, estoy seguro –terminó Dumbledore amablemente.
Harry permaneció sentado pensando durante bastante tiempo, o tal vez segundos. Ahí era bastante complicado estar seguro de cosas como el tiempo.
-Me mató con su varita.
-Falló al matarte con mi varita –corrigió Dumbledore a Harry-. Creo que podemos estar de acuerdo en que no estás muerto… aunque, por supuesto –añadió, como si temiese haber sido descortés-, no minimizo tus sufrimientos, que estoy seguro fueron severos.
-Aunque ahora me siento genial –dijo Harry, bajando la vista a sus manos limpias y sin manchas-. ¿Dónde estamos, exactamente?
-Bueno, te iba a preguntar eso –dijo Dumbledore, mirando alrededor-. ¿Dónde dirías que estamos?
Hasta que Dumbledore lo preguntó, Harry no lo había sabido. Ahora, sin embargo, se encontró con que tenía una respuesta preparada.
-Parece –dijo lentamente-, la estación de King’s Cross. Excepto que mucho más limpia y vacía, y por lo que puedo ver, no tiene trenes.
-¡La estación de King’s Cross! –Dumbledore se estaba riendo entre dientes excesivamente-. ¿Dios mío, de verdad?
-Bueno, ¿dónde piensa usted que estamos? –dijo Harry, un poco a la defensiva.
-Mi querido muchacho, no tengo ni idea. Esto es, como dicen, tu fiesta.
Harry no tenía ni idea de lo que quería decir eso; Dumbledore estaba siendo exasperante. Lo miró airado, y entonces recordó una pregunta mucho más apremiante que esa de su actual localización.
-Las Reliquias de la Muerte –dijo, y se alegró al ver que las palabras le borraban la sonrisa a los labios de Dumbledore.
-Ah, sí –dijo él. Incluso parecía un poco preocupado.
-¿Bueno?
Por primera vez desde que Harry conocía a Dumbledore, pareció menos un hombre mayor, mucho menos. Fugazmente pareció un niño pequeño pillado en una maldad.
-¿Puedes perdonarme? –dijo-. ¿Puedes perdonarme por no confiar en ti? ¿Por no decírtelo? Harry, sólo temía que fallases como yo lo había hecho. Temía que cometieses mis errores. Ansío tu perdón, Harry. He sabido, desde hace bastante tiempo, que eres el mejor hombre de los dos.
-¿De qué está hablando? –preguntó Harry, sobresaltado por el tono de Dumbledore, por las repentinas lágrimas en sus ojos.
-Las Reliquias, las Reliquias –murmuró Dumbledore-. ¡El sueño de un hombre desesperado!
-¡Pero son reales!
-Reales y peligrosas, y un atractivo para los tontos –dijo Dumbledore-. Y yo era tan tonto. Pero lo sabes, ¿verdad? Ya no tengo más secretos para ti. Lo sabes.
-¿Qué sé?
Dumbledore giró todo su cuerpo para enfrentar a Harry, y las lágrimas todavía destellaban en los brillantes ojos azules.
-El amo de la muerte, Harry, ¡el amo de la Muerte! ¿En última instancia, fui mejor que Voldemort?
-Por supuesto que lo fue –dijo Harry-. Por supuesto… ¿cómo puede preguntar eso? ¡Nunca mataba si podía evitarlo!
-Cierto, cierto –dijo Dumbledore, que parecía un niño buscando confianza-. Y aún así busqué una manera de conquistar a la muerte, Harry.
-No de la forma que él lo hizo –dijo Harry. Después de toda su rabia contra Dumbledore, qué extraño era sentarse ahí, bajo el alto techo abovedado, y defender a Dumbledore de sí mismo-. Reliquias, no Horrocruxes.
-Reliquias –murmuró Dumbledore-, no Horrocruxes. Precisamente.
Hubo una pausa. La criatura detrás de ellos gimoteó, pero Harry no volvió a mirar alrededor.
-¿Grindelwald también las buscaba? –preguntó.
Dumbledore cerró los ojos un momento y asintió.
-Era la cosa, por encima de todo, que nos acercó. –dijo en vos baja-. Dos chicos listos y arrogantes con una obsesión común. Quería ir al Valle de Godric, como estoy seguro de que acertaste, debido a la tumba de Ignotus Peverell. Quería explorar el lugar donde el tercer hermano había muerto.
-¿Entonces es cierto? –preguntó Harry-. ¿Todo eso? Los hermanos Peverell…
-… fueron los tres hermanos del cuento –dijo Dumbledore, asintiendo-. Oh, sí, creo que sí. Si conocieron o no a la Muerte en un camino solitario… creo que es más probable que los hermanos Peverell fuesen simplemente magos dotados y peligrosos que consiguieron crear esos objetos poderosos. La historia de que fuesen las propias Reliquias de la Muerte, me parece el tipo de leyenda que podría haberse extendido alrededor de esas creaciones.
»La Capa, como sabes ahora, viajó a través de los años, de padre a hijo, de madre a hija, hasta el último descendiente vivo de Ignotus, que nació, al igual que Ignotus, en el pueblo del Valle de Godric.
Dumbledore sonrió a Harry.
-¿Yo?
-Tú. Has adivinado, lo sé, porqué la Capa estaba en mi posesión la noche en que tus padres murieron. James me la había enseñado justo unos días antes. ¡Explicaba tanto sus travesuras no descubiertas en el colegio! Apenas podía creer lo que estaba viendo. Se la pedí prestada, para examinarla. Hacía mucho que había desistido de mis sueño de juntar las Reliquias, pero no pude resistirme, no pude evitar querer examinarla… Era una Capa como nunca había visto, extremadamente antigua, perfecta en todos los sentidos… y entonces tu padre murió, y yo tuve dos Reliquias, ¡todas para mí!
Su tono era insoportablemente amargo.
-Aunque la Capa no les habría ayudado a sobrevivir –dijo Harry con rapidez-. Voldemort sabía dónde estaban mis padres. La Capa no les habría hecho inmunes a las maldiciones.
-Cierto –suspiró Dumbledore-. Cierto.
Harry esperó, pero Dumbledore no habló, por lo que apuntó:
-¿Así que había abandonado la búsqueda de las Reliquias cuando vio la Capa?
-Oh sí –dijo Dumbledore débilmente. Parecía que se estaba obligando a encontrar los ojos de Harry-. Sabes lo que pasó. Lo sabes. No puedes despreciarme más de lo que me desprecio a mí mismo.
-Pero no le desprecio.
-Entonces deberías hacerlo –dijo Dumbledore. Tragó aire profundamente-. Conoces el secreto de la mala salud de mi hermana, lo que le hicieron esos muggles, en lo que se convirtió. Sabes cómo mi pobre padre buscó la venganza, y pagó el precio, muriendo en Azkaban. Sabes cómo mi madre renunció a su propia vida para cuidar de Ariana.
»Yo estaba resentido por eso, Harry.
Dumbledore lo indicó sin rodeos, con frialdad. Ahora estaba mirando por encima de la cabeza de Harry, hacia la distancia.
-Tenía dones, Harry, era brillante. Quería escapar. Quería brillar. Quería la Gloria.
»No
me malinterpretes. –dijo, y el dolor cruzó su cara, de modo que de nuevo parecía un anciano-. Los amaba, amaba a mis padres. Amaba a mi hermano y a mi hermana, pero era egoísta, Harry, más egoísta de lo que tú, que eres una persona extraordinariamente desinteresada, puedas imaginar.
»Entonces, cuando mi madre murió y quedé responsable de una hermana dañada y un hermano caprichoso, volví al pueblo con ira y amargura. ¡Atrapado y desaprovechado!, pensé. Y entonces por supuesto, él vino…
dumbledore miró nuevamente a Harry a los ojos.
-Grindelwald. No te puedes imaginar cómo sus ideas me atraparon, Harry, me excitaron. Muggles forzados al servilismo. Nosotros los magos, triunfantes. Grindelwald y yo, los gloriosos jóvenes líderes de la revolución.
»Oh, tuve unos pocos escrúpulos. Calmé a mi conciencia con palabras vacías. Todo sería para el bien superior, y cualquier daño hecho sería reparado cien veces más en beneficios para los magos. ¿Sabía, en lo más profundo de mi corazón, lo que era Gellert Grindelwald? Creo que lo sabía, pero cerré los ojos. Si los planes que estábamos haciendo daban resultado, todos mis sueños se harían realidad.
»Y en el corazón de nuestras maquinaciones, ¡las Reliquias de la Muerte! ¡Cómo le fascinaban, cómo nos fascinaban a los dos! ¡La varita invencible, el arma que nos llevaría al poder! La Piedra de Resurrección… para él, aunque yo fingía no saberlo, ¡significaba un ejército de Inferi! Para mí, te confieso, significaba la vuelta de mis padres, y que se fuesen todas las responsabilidades de mis hombros.
»Y la Capa… por alguna razón, nunca discutimos mucho la Capa, Harry. Ambos nos ocultábamos lo suficientemente bien sin la Capa, cuya verdadera magia, por supuesto, es que se podía usar para proteger y escudar a otros además de a su dueño. Pensé que si alguna vez la encontrábamos, podría ser útil para esconder a Adriana, pero nuestro interés en la Capa era principalmente que completaba el trío, ya que la leyenda decía que el hombre que uniese los tres objetos sería el verdadero amo de la Muerte, lo que nosotros pensábamos que significaba "invencible".
»¡Invencibles amos de la Muerte, Grindelwald y Dumbledore! Dos meses de locura, de sueños crueles, y de abandono de los únicos dos miembros de mi familia que me quedaban.
»Y entonces… ya sabes lo que pasó. La realidad volvió en forma de mi brusco, poco académico e infinitamente mucho más admirable hermano. No quise escuchar las verdades que me gritó. No quise escuchar que no podía exponerme y buscar las Reliquias con una frágil e inestable hermana a cuestas.
»La discusión se convirtió en una pelea. Grindelwald perdió el control. Eso que siempre había sentido en él, aunque fingía que no, ahora se volvió un ser terrible. Y Ariana… después de todo el cuidado y precaución de mi madre… yació muerta en el suelo.
Dumbledore soltó un pequeño jadeo y empezó a llorar de verdad. Harry estiró la mano y se alegró al encontrarse con que podía tocarlo. Lo agarró del brazo con fuerza, y gradualmente Dumbledore recuperó el control.
-Bueno, Grindelwald escapó, como cualquiera menos yo podía haber pronosticado. Se desvaneció, con sus planes de alcanzar el poder, y sus maquinaciones de torturas a muggles, y sus sueños sobre las Reliquias de la Muerte, sueños en los que lo había animado y ayudado. Escapó, mientras yo me quedé para enterrar a mi hermana, y aprender a vivir con mi culpa y mi terrible pesar, el precio de mi deshonra.
»Pasaron los años. Hubo rumores sobre él. Decían que se había hecho con una varita de inmenso poder. Mientras tanto, a mi me ofrecieron el puesto de Ministro de Magia, no una vez, sino varias. Naturalmente, lo rechacé. Había aprendido que no se podía confiar en mí teniendo poder.
-¡Pero usted habría sido mejor, mucho mejor, que Fudge o Scrimgeour! –soltó Harry de golpe.
-¿Lo habría sido? –preguntó Dumbledore pesadamente-. No estoy tan seguro. Había probado, siendo un hombre joven, que el poder era mi debilidad y mi tentación. Es una cosa curiosa, Harry, pero quizás aquellos que son más apropiados para el poder son los que nunca lo han buscado. Aquellos que, como tú, se les impone el liderazgo, y que toman el control porque deben, y se encuentran para su propia sorpresa que lo llevan bien.
»Estaba seguro en Hogwarts, creo que fui un buen profesor…
-Fue el mejor…
-… eres muy amable, Harry. Pero mientras me ocupaba con el entrenamiento de jóvenes magos, Grindelwald estaba formando un ejército. Decían que me temía, y tal vez lo hacía, pero menos, creo, de lo que yo le temía.
»Oh, no la muerte –dijo Dumbledore, en respuesta a la mirada interrogante de Harry-. No a lo que me pudiera hacer mágicamente. Sabía que estábamos totalmente igualados, quizás incluso yo era un poco más habilidoso. Era la verdad lo que temía. Sabes, nunca supe quién de nosotros, en esa última pelea horrible, había lanzado la maldición que mató a mi hermana. Puedes llamarme cobarde: tendrías razón, Harry. Temía por encima de todas las cosas el conocimiento de que había sido yo el que la había matado, no meramente por mi arrogancia y estupidez, sino porque en realidad hubiese lanzado el golpe que la dejó sin vida.
»Creo que él lo sabía, que sabía lo que me atemorizaba. Retrasé nuestro encuentro hasta que finalmente, habría sido demasiado vergonzoso resistirse más. La gente estaba muriendo y él parecía imparable, y tuve que hacer lo que pude.
»Bueno, ya sabes lo que pasó después. Gané el duelo. Gané la varita.
Otro silencio. Harry no preguntó si Dumbledore había averiguado alguna vez quién había matado a Ariana. No quería saberlo, y menos quería que Dumbledore se lo contase. Por fin sabía lo que Dumbledore debería haber visto al mirarse en el espejo de Oesed, y porqué Dumbledore había entendido tan bien la fascinación que había ejercido sobre Harry.
Se sentaron en silencio durante bastante rato, y los quejidos de la criatura detrás de ellos apenas perturbaban más a Harry.
Por fin dijo: -Grindelwald intentó detener a Voldemort de perseguir la varita. Le mintió, sabe, aparentó que nunca la había tenido.
Dumbledore asintió, bajando la vista a su regazo, con lágrimas todavía brillando en su torcida nariz.
-Dicen que mostró arrepentimiento en sus últimos años, solo en su celda en Nurmengard. Espero que eso sea cierto. Me gustaría pensar que sintió el horror y la vergüenza de lo que había hecho. Tal vez esa mentira hacia Voldemort fue su intento de reconciliarse… de evitar que Voldemort consiguiese la Reliquia…
-… o tal vez de que entrase en su tumba? –sugirió Harry, y Dumbledore se enjugó los ojos.
Después de otra corta pausa, Harry dijo,
-Intentó utilizar la Piedra de Resurección.
Dumbledore asintió.
-Cuando la descubrí, después de todos esos años, enterrada en el hogar abandonado de los Gaunts... la Reliquia que anhelaba mas que todas, aunque en mi juventud la había deseado por razones muy distintas... Perdí la cabeza, Harry. Realmente olvidé que era un Horrocrux, que el anillo claramente cargaba con una maldición. Lo recogi, y me lo puse, y en un segundo imaginé que estaba a punto de ver a Ariana, y a mi madre, y a mi padre, y en decirles lo mucho, muchísimo que lo sentía, fui...
»Fui un tonto, Harry. Después de todos esos años no había prendido nada. Yo no servía para reunir las Reliquias, lo había demostrado una y otra vez, y aquí estaba la prueba final.
-¿Por qué? -dijo Harry- ¡Es natural! Quería verles de nuevo. ¿Qué hay de malo en ello?
-Quizás un hombre entre un millón podría reunir las Reliquias, Harry. Yo servía solo para poseer la menos de ellas, la menos extraordinaria. Era apropiado para la Varita de Sauco, y no más, y no jactarme, ni matar con ella. Se me permitía vencer y utilizarla, porque la había cogido, no ganado, para salvar a otros de ella.
-Pero la Capa, la tomé por vana curiosidad, y nunca funcionaría para mí como para vosotros, sus auténticos poseedores. La piedra la habría utilizado en un intento de arrastrar de vuelta a los que descansan en paz, en vez de ser capaz de sacrificarme a mi mismo, como tú has hecho. Tú eres el legítimo poseedor de las Reliquias.
Dumbledore palmeó la mano de Harry, y Harry levantó la mirada hacia el anciano y sonrió. No puedo evitarlo. ¿Cómo podía guardar rencor a Dumbledore ahora?
-¿Por que me lo ha puesto tan difícil?
La sonrisa de Dumbledore fue tremula.
-Me temo que contaba con que la Señorita Granger te retrasara, Harry. Temía que tu cabeza ardiente pudiera dominar a tu buen corazón. Me asustaba eso, si presentaba categóricamente la verdad sobre estos objetos tentadores, podías coger las Reliquias como yo lo hice, en el momento equivocado, y por las razones equivocadas. Si posabas las manos en ellas, quería que las poseyeras con seguridad. Eres el auténtico amo de la muerte, porque el auténtico amo no busca huir de al Muerte. Acepta que debe morir, y entiende que hay cosas mucho, mucho peores en el mundo que morir.
-¿Y Voldemort nunca oyó hablar de las Reliquias?
-No creo, porque no reconoció la Piedra de Resurección que convirtió en Horrocruz. Pero incluso si las hubiera conocido, Harry, dudo que se hubiera interesado en ninguna excepto en la primera. No había creído necesitar la Capa, y en cuanto a la piedra, ¿a quién había querido devolver de la muerte? Él teme a la muerte. No ama.
-¿Pero esperaba que fuera a por la varita?
-Estaba seguro de que lo intentaría, desde que tu varita venció a la de Voldemort en el cementerio de Little Hangleton. Al principio, temía que le hubieras conquistado con una habilidad superior. Una vez hubo raptado a Ollivander, sin embargo, descubrió la existencia de los núcleos gemelos. Pensó que eso lo explicaba todo. ¡Aunque la varita prestada no fue mejor contra la tuya! Así que Voldemort, en vez de preguntarse a sí mismo que cualidad había en ti que hacía a tu varita tan poderoso, que don poseías que él no, naturalmente se embarcó en la búsqueda de una varita que, por lo que decían, batiría a cualquier otra. Para él, la Varita de Sauco se había convertido en una obsesión, que rivalizaba con su obsesión por ti. Creia que la Varita de Sauco eliminaba su última debilidad y le hacia verdaderamente invencible. Pobre Severus...
-Si planeó su muerte con Snape, ¿quiere decir que él se quedó con la Varita de Sauco, verdad?
-Admito que esa era mi intención -dijo Dumbledore-, no funcionó como yo pretendía, ¿verdad?
-No -dijo Harry-. Esa parte no funcionó.
La criatura bajo ellos se sacudió y gimió, y Harry y Dumbledore se sentaron sin hablar un largo rato. La comprensión de lo que habia ocurrido se aposentó gradualmente sobre Harry en esos largos minutos, como suave nieve cayendo.
-Tengo que volver, ¿verdad?
-Si así lo quieres.
-¿Tengo elección?
-Oh, si -Dumbledore le sonrió-. ¿Estamos en King Cross dijiste? Creo que si decides no volver, podrás... digamos... tomar un tren.
-¿Y adónde me llevaría?
-Adelante -dijo Dumbledore simplemente.
Silencio de nuevo.
-Voldemort cogió la Varita de Sauco.
-Cierto. Voldemort tiene la Varita de Sauco.
-¿Pero usted quiere que vuelva?
-Creo -dijo Dumbledore-. que si eliges volver, hay una posibilidad de que esto puedo terminar bien. No puedo prometerlo. Pero sé esto, Harry, que tienes menos miedo de volver aquí que él.
Harry miró de nuevo a la especie de material que temblaba y se ahogaba en la sombra bajo la distante silla.
(Harry glanced again at the raw looking thing that trembled and choked in the
shadow beneath the distant chair. )
-No compadezcas a los muertos, Harry.
Compadece a los vivos, y sobre todo, a quien vive sin amor. Pero volviendo al tema, puedo asegurate que se mutilaran menos almas, y se romperan menos familias. Si esa no te parece una meta que merezca la pena, digamos adios al presente.
Harry asintió y suspiró. Abandonar este lugar no sería ni de lejos tan duro como había sido entrar en el bosque, pero se estaba caliente y había luz y paz allí, y sabía que se dirigía de vuelta al dolor y al miedo de más pérdidas. Se puso en pie, y Dumbledore hizo lo mismo, y se miraron durante un largo momento a la cara.
-Dígame una última cosa -dijo Harry-. ¿Esto es real? ¿O ha estado ocurriendo dentro de mi cabeza?
Dumbledore le sonrió ampliamente, y su voz sonó alta y fuerte en los oídos de Harry a pesar de que la brillante niebla estaba descendiendo de nuevo, oscureciendo su figura.
-Por supuesto que está ocurriendo en tu cabeza, ¿Harry, pero por qué demonios tendría que significar eso que no es real?

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23 Septiembre 2007

Capítulo 33 El cuento del Príncipe


Harry permaneció arrodillado junto a Snape, simplemente mirándolo, hasta que de pronto una aguda y fría voz habló tan cerca de ellos que Harry se puso en pie de un salto, sujetando firmemente el frasco entre sus manos y pensando que Voldemort había vuelto a entrar a la habitación.
La voz de Voldemort resonó desde las paredes y el piso, y Harry se dio cuenta de que estaba hablando para Hogwarts y todo lo que lo rodeaba, que quienes vivían en Hogsmeade y todos aquellos que aún peleaban en el castillo lo escucharían tan claramente como si estuviera parado detrás de ellos, sintiendo su aliento en sus cuellos, como un soplo de muerte.
- Habeis peleado – dijo la voz, fría y aguda – valientemente. Lord Voldemort sabe valorar el coraje.
"Aun así, habeis sufrido grandes pérdidas. Si continuais resistiéndoos a mí, todos vosotros morireis, uno por uno. No quisiera que esto pasara. Cada gota de sangre mágica que se derrama es una pérdida y un desperdicio.
"Lord Voldemort es piadoso. Ordeno a mis tropas retirarse inmediatamente.
"Teneis una hora. Preparad vuestra muerte con dignidad. Tratad a los heridos.
"Ahora te hablo a ti, Harry Potter. Has permitido que tus amigos mueran por ti en vez de enfrentarte conmigo. Esperaré durante una hora en el Bosque Prohibido. Si cuando acabe esa hora no has venido a verme, si no te has rendido, entonces la lucha se reiniciará. Pero esta vez yo mismo entraré en la batalla, Harry Potter, y te encontraré, y castigaré a cada hombre, mujer o niño que trate de protegerte. Una hora.
Tanto Ron como Hermione sacudieron sus cabezas frenéticamente, mirando a Harry:
-No lo escuches – dijo Ron.
-Todo irá bien – recalcó Hermione, con firmeza – Sólo... volvamos al castillo, si ha ido al bosque necesitamos otro plan…
La chica miró el cuerpo de Snape, y luego se apresuró en ir hacia la entrada del túnel. Ron fue detrás de ella. Harry recogió la capa de invisibilidad, y luego miró a Snape. No sabía que sentir, excepto una fuerte impresión por como Snape había sido asesinado, y la razón por la que eso había pasado.
Se juntaron en su regreso por el túnel, sin que ninguno de los tres hablara, y Harry se preguntó si Ron y Hermione aún podían escuchar a Voldemort resonando en sus cabezas, como a él le ocurría.
"Has permitido que tus amigos mueran por ti en vez de enfrentarte conmigo. Esperaré durante una hora en el Bosque Prohibido… Una hora…"
Pequeños trozos de algo parecían estar esparcidos en el frente del castillo. Faltaba una hora más o menos para el amanecer, y aún así todo estaba en completa oscuridad. Los tres se apresuraron a ir hacia los escalones de piedra. Un perro solitario, del tamaño de un bote pequeño, yacía frente a ellos. No había ninguna señal de Grawp o de su atacante.
El castillo estaba inusualmente silencioso. No había destellos luminosos, ni explosiones, gritos o exclamaciones. Las gárgolas de la desierta entrada estaban salpicadas de sangre. Aún había esmeraldas esparcidas por el suelo, junto con trozos de mármol y madera astillada. Parte de las barandillas había sido destrozada.
- ¿Dónde estarán todos? – susurró Hermione.
Ron iba el primero en su camino hacia el Gran Comedor. Harry se detuvo en el umbral.
Las mesas de las Casas ya no estaban, y la habitación estaba repleta. Los sobrevivientes se mantenían abrazados en grupos. Los heridos estaban siendo tratados por Madam Pomfrey y algunos ayudantes en una plataforma. Firenze se encontraba entre los heridos, emanaba sangre de su costado, y se sacudía desde donde estaba tendido, incapaz de ponerse de pie.
Los muertos se encontraban en una fila en el medio del salón. Harry no podía ver el cuerpo de Fred, ya que su familia lo rodeaba. George estaba arrodillado junto a su cabeza, la señora Weasley; tendida sobre el pecho de Fred, temblando incontrolablemente. El señor Weasley le acariciaba el cabello, mientras las lágrimas caían de sus ojos.
Sin decirle nada a Harry, Ron y Hermione se alejaron. Harry vio a Hermione aproximarse a Ginny, cuya cara estaba hinchada y turbada, y abrazarla. Ron se acercó a Bill, Fleur y Percy, quien puso un brazo alrededor de los hombros de Ron. Mientras Ginny y Hermione se aproximaban más al resto de la familia, Harry observó los cuerpos tendidos junto a Fred. Remus y Tonks, pálidos, quietos y con una mirada de paz, parecían dormir bajo el negro cielo encantado.
El Gran Comedor parecía alejarse volando, hacerse más pequeño, encogerse, mientras Harry se alejaba rápidamente del umbral. No podía respirar. No podía soportar mirar los demas cadáveres para ver quienes más habían muerto por él. No podía soportar el estar con los Weasley, no podía mirarlos a los ojos sabiendo que de haberse rendido de inmediato, Fred nunca hubiese muerto.
Dio media vuelta y corrió hacia la escalera de mármol. Lupin, Tonks… Anhelaba no sentir… deseaba poder arrancarse el corazón, el estómago, todo lo que gritaba dentro de él.
El castillo estaba completamente vacío, incluso los fantasmas parecían haberse unido a la masa de luto en el Gran Comedor. Harry corrió sin detenerse, aferrando el frasco de cristal que contenía los últimos pensamientos de Snape, sin aminorar el paso hasta que llegó a la gárgola de piedra que cuidaba la oficina del director.
- ¿Contraseña?
- ¡Dumbledore! - gritó Harry sin pensarlo, pues era a él a quien quería ver, y para su sorpresa, la gárgola se hizo a un lado, abriéndole el paso a la escalera de espiral a sus espaldas.
Pero cuando Harry irrumpió en la oficina circular la encontró cambiada. Los portarretratos que colgaban de las paredes estaban vacíos. Ni un solo director o directora permanecía allí para verlo, todos, según parecía, se habían ido, tal vez porque en las pinturas alrededor del castillo podían ver más claramente lo que estaba pasando.
Harry miró desesperanzado al marco vacío de Dumbledore, que colgada directamente detrás de la silla del director, y luego le dio la espalda. El Pensadero de piedra se encontraba en la misma cabina de siempre. Harry lo cargó hasta el escritorio e introdujo los recuerdos de Snape en la gran vasija con las marcas de runas en el borde. Escapar a la cabeza de otro sería un gran alivio… nada podía ser peor que sus propios pensamientos, aunque hubiesen pertenecido a Snape. Los recuerdos se arremolinaron, plateados y extraños, y sin dudarlo, con un sentimiento de imprudente abandono, aún sabiendo que esto aumentaría su pesar, Harry se zambulló.
Sintió la luz del sol, y sus pies tocaron un suelo cálido. Al enderezarse, pudo ver que estaba en un patio de juegos casi totalmente desierto. Una única y gran chimenea era lo que distinguía en el lejano horizonte. Dos niñas se columpiaban hacia delante y atrás, y un niño delgadísimo las observaba desde detrás de unos arbustos. Su cabello negro era largo, y su ropa era tan desastrosa que parecía a propósito: jeans demasiado cortos, un abrigo lamentable y demasiado largo que podía haber pertenecido a un adulto y una extraña polera que parecía un delantal.
Harry se acercó al muchacho. Snape parecía tener unos nueve o diez años, pálido, pequeño y rudo. Había codicia sin disfrazar en su delgado rostro, mientras observaba a la más joven de las dos hermanas columpiarse más y más alto que su hermana.
- ¡Lily, no hagas eso! – gritó la mayor
Pero la chica se había soltado del columpio en el punto más alto de este, y voló por los aires (literalmente, voló) y se lanzó hacia el cielo con una gran carcajada, y en vez de estrellarse contra el asfalto de patio, se elevó como un trapecista por el aire, manteniéndose arriba durante bastante tiempo y aterrizando suavemente.
- ¡Mamá te dijo que no lo hicieras!
Petunia dejó de columpiarse hundiendo sus sandalias en la tierra, provocando un crujido, y luego se puso de pie, con las manos en la cintura.
- ¡Mamá dijo que no tenías permiso para hacerlo, Lily!
- Pero estoy bien – dijo Lily, aún riendo – Tuney, mira esto. Mira lo que puedo hacer.
Petunia miró alrededor. El patio estaba vacío, a excepción de ellas mismas y, a pesar de que ellas no lo sabían, Snape. Lily recogió una flor que se había caído del arbusto detrás del cual Snape se escondía. Petunia avanzó, evidentemente dividida entre la curiosidad y la desaprobación. Lily esperó a que Petunia estuviese lo suficientemente cerca como para ver bien, y luego abrió la palma de su mano. La flor se sentó ahí, abriendo y cerrando sus pétalos, como si fuera una ostra extraña y bizarra, con muchos labios.
- ¡Detenlo! – chilló Petunia.
- No te hace daño – replicó Lily, pero cerro su mano y arrojó la flor.
- No está bien – dijo Petunia, pero sus ojos habían seguido el vuelo de la flor hacia el suelo, y los mantuvo fijos en ese lugar - ¿Cómo lo haces? – añadió, con una voz que indicaba cuanto quería saber.
- Es obvio, ¿no? – Snape ya no podía contenerse, y saltó de detrás de los arbustos. Petunia gritó y retrocedió corriendo hacia los columpios, pero Lily, aunque claramente asustada, permaneció donde estaba. Snape pareció lamentar haber aparecido. Una capa de rubor se posó en sus pálidas mejillas mientras miraba a Lily.
- ¿Qué es obvio? – preguntó Lily.
Snape parecía nervioso y exaltado. Mirando a Petunia, que se asomaba por detrás de los columpios, bajó la voz y dijo:
- Yo sé lo que eres.
- ¿Qué quieres decir?
- Eres… eres una bruja – susurró Snape.
La niña se mostró ofendida.
- ¡Eso no es algo muy agradable para decirselo a alguien!
Se dio vuelta, con la nariz hacia arriba, y se alejó hacia su hermana.
- ¡No! – dijo Snape. Ahora estaba completamente colorado, y Harry se preguntó porque no que quitaba su ridículamente largo abrigo, a menos que fuera porque no quería mostrar el delantal que traía debajo. Aleteó detrás de las chicas, pareciéndose grotescamente a un murciélago, al igual que su yo mayor.
Las hermanas lo examinaron con una mirada desaprobatoria, y se colgaron de las poleas de uno de los columpios, como si ese fuera un lugar seguro.
- Lo eres - le dijo Snape a Lily – Eres una bruja, te he estado observando desde hace tiempo. Pero no tiene nada de malo, mi madre también lo es, y yo soy un mago.
La risa de Petunia era como agua fría.
- ¡Un mago! – exclamó, recuperando el coraje ahora que ya había superado el susto la aparición repentina - ¡Yo sé quien eres! ¡Eres ese tal Snape! Vivis al terminar Spinner End, cerca del río – le dijo a Lily, y era evidente por su tono de voz que consideraba la dirección muy poco recomendable - ¿Por qué nos has estado espiando?
- ¡No he estado espiando! – dijo Snape, acalorado, incómodo y con el cabello sucio bajo la luz del sol – No te espiaría a ti, de todas formas – añadió con desprecio – eres una muggle.
Aunque claramente Petunia no entendía la palabra, intuía lo que era por el tono.
- ¡Ven, Lily, vamonos! – dijo fríamente. Lily obedeció a su hermana de inmediato, mirando a Snape mientras se iba. Él no dejó de mirarlas en su camino hacia el portón de la plaza, y Harry, el único que quedaba para observarlo, pudo reconocer en él una amarga decepción, y comprendió que Snape había estado planeando este momento desde hacia mucho, y que le había salido completamente mal…
La escena se disolvió, y antes de que Harry se diera cuenta, se rehizo a su alrededor. Ahora estaba en un pequeño bosque. Podía ver el agua de un río brillando a través de los troncos. Las sombras que daban los árboles dejaban un claro verde y fresco. Dos niños se encontraban sentados en suelo, cara a cara y con las piernas cruzadas. Snape se había quitado el abrigo, y su delantal parecía menos peculiar a media luz.
- … y el Ministerio puede castigarte por hacer magia fuera de la escuela, te envían cartas.
- ¡Pero yo sí he hecho magia fuera de la escuela!
- Estamos a salvo. Aún no tenemos nuestras varitas. Te dejan en paz cuando eres un niño y no puedes evitarlo. Pero cuando cumples once – y asintió, dándose importancia – y te comienzan a entrenar, debes ser más cuidadoso.
Hubo un pequeño silencio. Lily había recogido una ramita caída y la hacía girar en el aire; Harry supo que la niña imaginaba chispas saliendo de ella. Luego dejó caer la ramita y se inclinó hacia el chico.
-Es verdad ¿no? ¿No es una broma? Petunia dice que me estás mintiendo. Petunia dice que no existe Hogwarts. Es verdad, ¿no?
- Es verdad para nosotros – dijo Snape - no para ella. Pero recibiremos la carta, tú y yo.
- ¿En serio? – susurró Lily.
- Definitivamente – dijo Snape, e incluso con su mal corte de cabello y su extraña ropa, su figura pareció enaltecerse en frente de ella, lleno de confianza en su destino.
- ¿Y de verdad me llegará por lechuza? – susurró Lily.
- Normalmente – dijo Snape – pero eres hija de muggles, así que alguien de la escuela tendrá que venir a explicarsele a tus padres.
- ¿Existen diferencias por ser hija de muggles?
Snape dudó un instante. Sus ojos negros, impacientes y repentinamente abatidos, recorrieron la pálida cara y el cabello rojo oscuro.
- No – dijo – No existe ninguna diferencia.
- Que bien –dijo Lily, relajándose. Estaba claro que eso la había estado preocupando.
- Tienes mucha magia – dijo Snape – pude verlo. Todo el tiempo que te observé…
Su voz fue desapareciendo, ella no estaba escuchando, pero se había estirado en el suelo frondoso y miraba hacia las hojas en las copas de los árboles que había sobre ellos. Él la miró con tanta intensidad como la había mirado en el patio de juegos.
- ¿Cómo van las cosas en tu casa? – preguntó Lily.
Snape frunció un poco el entrecejo.
- Bien – dijo.
- ¿Ya no se pelean?
- Oh, sí. Sí se pelean – dijo Snape, recogiendo un montón de hojas y rompiéndolas, aparentemente sin darse cuenta de lo que estaba haciendo - Pero no falta mucho para que me vaya.
- ¿A tu padre no le gusta la magia?
- Creo que no hay nada que le guste mucho – dijo Snape.
- ¿Severus?
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Snape cuando ella mencionó su nombre.
- ¿Si?
- Hablame otra vez sobre los Dementores.
- ¿Qué quieres saber de ellos?
- Si yo uso magia fuera de la escuela…
- ¡No te enviarán a los Dementores por eso! Los Dementores son para gente que ha hecho cosas realmente malas. Son los guardianes de la prisión mágica, Azkaban. Pero tú no irás a Azkaban, eres demasiado…
Snape se sonrojó nuevamente y destrozó más hojas. Luego, un ligero crujido detrás de Harry hizo que se diera vuelta: Petunia, escondida detrás de un árbol, había perdido el equilibrio.
- ¡Tuney! – exclamó Lily, con una voz llena de sorpresa y bienvenida, pero Snape se había puesto de pie de un salto.
- ¿Quién espía a quién ahora? – gritó – ¿Qué es lo que quieres?
Petunia había perdido el aliento, alarmada por haber sido atrapada. Harry podía ver como luchaba por encontrar algo hiriente que decir.
- ¿Y tú, qué traes puesto? – dijo, señalando al pecho de Snape - ¿Una blusa de tu mami?
Escucharon un "CRACK": una rama cayo sobre la cabeza de Petunia. Lily gritó, la rama golpeó a Petunia en el hombro, quien retrocedió y se echó a llorar.
- ¡Tuney!
Pero Petunia había salido corriendo. Lily se volteó hacia Snape.
- ¿Tú hiciste que pasara eso?
- No – el chico parecía desafiante y asustado.
- ¡Fuiste tú! – la niña se alejaba, sin darle la espalda - ¡Fuiste tú! ¡La lastimaste!
- No… ¡no lo hice!
Pero la mentira no convenció a Lily: después de una última mirada fulminante, se fue corriendo del bosquecillo, detrás de su hermana, y Snape se quedó allí, miserable y confundido…
Y el escenario se rearmó. Harry miró a su alrededor, se encontraba en el anden 9 y ¾, y Snape estaba a su lado, ligeramente encorvado, junto a una mujer delgada, pálida y con una mirada amarga, que le recordaba mucho a él. Snape miraba a una familia de cuatro miembros que se encontraba a una escasa distancia. Las dos niñas estaban un tanto alejadas de sus padres. Lily parecía estar discutiendo con su hermana. Harry se acercó más para escuchar.
- ¡…lo siento mucho, Tuney, lo siento! Escucha – tomó la mano de su hermana, y la sostuvo, a pesar de que Petunia trataba de soltarse – Tal vez cuando llegue (¡Escucha, Tuney!) Tal vez cuando llegue, podré ir a hablar con el profesor Dumbledore y convencerlo para que cambie de opinión.
- ¡Yo… no… quiero… ir! – dijo Petunia, forcejeando por quitar su mano de entre las de su hermana - ¿Crees que quiero ir a un estúpido castillo a aprender a ser una… una…?
Sus ojos claros recorrieron la plataforma, sobre los gatos maullando en los brazos de sus dueños, sobre las lechuzas ululando y aleteándose unas a otras en sus jaulas, sobre los estudiantes, algunos ya vestidos con sus largas túnicas negras, cargando sus baúles al interior del tren escarlata o saludándose felices unos a otros después de un verano sin verse.
- ¿…crees que quiero ser un… un… fenómeno?
Los ojos de Lily se llenaron de lágrimas mientras Petunia conseguía recuperar su mano.
- No soy un fenómeno – dijo Lily – Es horrible que digas eso.
- Ahí es a donde vas – dijo Petunia, ardientemente – A una escuela especial para fenómenos. Tú y ese Snape… raros, eso es lo que sois. Es bueno que te separen de la gente normal. Es por nuestra propia seguridad.
Lily miró a sus padres, quienes miraban la plataforma con un aire de dicha total, disfrutando la escena. Luego volvió a mirar a su hermana, y su voz se volvió baja y fría.
-No pensabas que era una escuela para fenómenos cuando le escribiste al director rogándole que te aceptara.
Petunia se puso escarlata
-¿Rogandole? ¡Yo no le rogué!
-Vi su respuesta. Fue muy amable.
-¡No debiste haberlo leído…! – susurró Petunia – Era algo privado… ¿Cómo pudiste?
Lily se delató a sí misma al mirar hacia donde se encontraba Snape. Petunia jadeó.
- ¡Ese chico la encontró! ¡Tú y ese niño habeis estado espiando en mi habitación!
- No… no espiando – ahora era Lily quien estaba a la defensiva – ¡Severus vio el sobre, y no podía creer que un no mago fuera capaz de contactar con Hogwarts, eso es todo! Dice que debe haber magos trabajando encubiertos en el servicio postal y que ellos se encargan de…
- ¡Aparentemente los magos meten las narices en todas partes! – dijo Petunia, ahora tan pálida como antes sonrojada - ¡Fenómeno! – le espetó a su hermana, encaminándose luego hacia sus padres.
La escena se disolvió una vez más. Snape recorría el corredor del Expreso de Hogwarts mientras este atravesaba el país. Ya se había puesto su túnica de la escuela, seguramente había aprovechado la primera oportunidad que había tenido para deshacerse de su extraña ropa muggle. Al fin se detuvo, fuera de un compartimiento en el cual unos chicos muy ruidosos conversaban. Encogida en un asiento de la esquina, junto a la ventana, estaba Lily, con su cara apretada contra el cristal de la ventana.
Snape abrió la puerta del compartimiento y se sentó frente a Lily. Ella lo miró y luego volvió la vista hacia la ventana. Había estado llorando.
- No quiero hablar contigo – dijo con la voz contraída.
- ¿Por qué no?
- Tuney m-me odia. Por ver la carta que Dumbledore le envió.
- ¿Y qué?
Lily le lanzó una mirada de profundo desprecio.
- ¡Que es mi hermana!
- Ella es sólo una… - Snape se contuvo rápidamente, pero Lily, demasiado ocupada en secarse las lágrimas sin que nadie se diera cuenta, no lo escuchó.
- ¡Pero nosotros nos vamos! – dijo él, sin poder contener la emoción en su voz - ¡Este es el gran momento! ¡Nos vamos a Hogwarts!
Ella asintió, restregándose los ojos, pero muy a su pesar, sonrió ligeramente.
- Más te vale estar en Slytherin – dijo Snape, envalentonado por el hecho de que se hubiese alegrado un poco.
- ¿Slytherin?
Uno de los chicos con los que compartían el vagón, que no había demostrado el menor interés en Lily o Snape hasta ese momento, miró a su alrededor al escuchar esa palabra, y Harry, cuya atención se había concentrado completamente en los dos que estaban junto a la ventana, vio a su padre: delgado, con el cabello negro igual que Snape, pero con ese aire indefinido de haber sido querido, incluso adorado, y que a Snape tanta falta le hacía.
-¿Quién quiere estar en Slytherin? Creo que mejor me voy, ¿te vienes? – preguntó James al chico tendido en los asientos de enfrente, y con un estremecimiento, Harry se dio cuenta de que era Sirius. Sirius no sonreía.
-Toda mi familia ha estado en Slytherin – dijo.
-Rayos – dijo James – Y a mí que me parecías normal.
Sirius sonrió.
-Tal vez rompa la tradición. ¿A dónde te irías, si tuvieras que elegir?
James levantó una espada invisible.
-¡Gryffindor, donde habitan los valientes de corazón! Igual que mi padre.
Snape hizo un ruidito de disgusto. James se giró hacia él
-¿Tienes algún problema con eso?
-No – dijo Snape, aunque el desprecio en su voz daba a entender otra cosa – Si prefieres ser un musculoso a un cerebrito...
-¿A dónde esperas ir, viendo que no eres ninguna de las dos cosas? – interrumpió Sirius.
James se echó a reír. Lily se puso de pie, un tanto sonrojada, mirando a James y a Sirius con desagrado.
- Vamos, Severus, busquemos otro compartimiento.
- Oohhhhh…
James y Sirius imitaron su voz arrogante. James trató de empujar a Snape mientras pasaba.
-¡Te veo luego, Quejicus! – gritó una voz, mientras la puerta del compartimiento se cerraba de un portazo…
Y la escena se disolvió una vez más…
Harry estaba parado detrás de Snape, mirando las iluminadas mesas de las Casas, llenas de caras. Luego la profesora McGonagall dijo:
- ¡Evans, Lily!
Harry vio a su madre avanzar con las piernas temblándole y sentarse en el inestable taburete. La profesora McGonagall puso el Sombrero Seleccionador sobre su cabeza, y apenas un segundo después de que este tocó el cabello rojo oscuro, el sombrero gritó: "¡Gryffindor!"
Harry escuchó a Snape soltar un pequeño quejido. Lily se quitó el sombrero, se lo devolvió a la profesora McGonagall, y luego se apresuró en ir a la alegre mesa de los Gryffindors, pero mientras se encaminaba hacia allá miró a Snape con una sonrisa triste en su rostro. Harry vio a Sirius acomodarse en el banco para hacerle espacio. Ella le lanzó una mirada, pareció reconocerlo del tren, cruzó los brazos y firmemente le dio la espalda.
La llamada de la lista continuó. Harry vio a Lupin, Pettigrew y a su padre unirse a Lily y Sirius en la mesa de Gryffindor. Cuando faltaban sólo una docena de estudiantes para ser sorteados, la profesora McGonagall llamó a Snape.
Harry caminó junto a él hacia el taburete, lo vio ponerse el sombrero.
- ¡Slytherin! – gritó el Sombrero Seleccionador.
Y Severus Snape caminó para el otro lado del Gran Comedor, lejos de Lily, hacia la mesa donde los de Slytherin le animaban, hacia donde Lucius Malfoy, con una placa de prefecto en el pecho, palmeaba a Snape en la espalda, mientras este se sentaba junto a él.
Y luego la escena cambió…
Lily y Snape caminaban por el patio de la escuela, evidentemente discutiendo. Harry se apresuró en alcanzarlos, para escuchar lo que decían. Mientras los alcanzaba, se dio cuenta de cuanto habian crecido. Parecía que había pasado un par de años desde el sorteo.
- ¿… a pesar de que se suponía que éramos amigos? – decía Snape - ¿Mejores amigos?
- ¡Lo somos, Sev, pero no me gustan algunas de las personas con las que te juntas! Lo siento, pero detesto a Avery y a Mulciber. ¡Mulciber! ¿Qué le ves, Sev? ¡Es aterrador! ¿Sabes lo que trató de hacerle a Mary Macdonald el otro día?
Lily había alcanzado un pilar y se apoyaba en él, mirando a la delgada y pálida cara.
- No fue nada – dijo Snape – Fue un chiste, eso era todo…
- Era magia oscura, y si eso te parece gracioso…
- ¿Y qué hay con las cosas que hace Potter con sus amigos? – demandó Snape. El color volvió a su rostro mientras decía esto, incapaz, al parecer, de mantenerse enojado.
- ¿Qué tiene que ver Potter con todo esto? – preguntó Lily.
- Se escapan de noche. Hay algo raro en ese Lupin. ¿A dónde va todo el tiempo?
-Está enfermo – dijo Lily – Dicen que está enfermo…
-¿Todos los meses en luna llena? – replicó Snape.
-Conozco tu teoría –dijo Lily fríamente– De cualquier forma, ¿Por qué te obsesionas con ellos? ¿Qué te importa lo que hagan de noche?
- Sólo trato de demostrarte que no son tan maravillosos como todos creen que son.
La intensidad de su mirada la hizo sonrojarse.
- Al menos no usan magia oscura – Lily disminuyó su voz – Y estás siendo muy ingrato, oí lo que pasó la otra noche. Fuiste a meterte a ese túnel cerca del Sauce Boxeador, y James Potter te salvó de lo que sea que haya ahí.
La cara de Snape se contrajo completamente mientras murmuraba:
- ¿Que me salvó? ¿Salvar? ¿Crees que estaba jugando al héroe? ¡Estaba salvando su cuello, y el de sus amigos también! Tú no vas a…no te permitiré…
- ¿Permitirme? ¿Permitirme?
Lily abrió sus brillantes ojos verdes como platos. Snape se arrepintió de inmediato.
- No quise decir… es sólo que no quiero que hagas el… ¡Le gustas, le gustas a James Potter! – las palabras parecían salir de Snape contra su voluntad – Y él no es… lo que todos piensan… un héroe del Quidditch… - la amargura y el desagrado de Snape lo estaban volviendo incoherente, y las cejas de Lily se elevaban más y más en su frente.
- Sé que James Potter es un idiota arrogante – dijo, cortando a Snape – No necesito que tú me lo digas. Pero la idea que Mulciber y Avery tienen del humor es simplemente malvada. Malvada. No entiendo como puedes ser amigo de ellos.
Harry dudaba mucho de que Snape hubiese siquiera escuchado sus quejas sobre Mulciber y Avery. En cuanto la había oído insultar a James Potter, todo su cuerpo se había relajado, y mientras seguían caminando el paso de Snape se volvió distinto…
Y la escena se disolvió…
Harry volvió a ver a Snape dejando el Gran Comedor luego de hacer su T.I.M.O. de Defensa Contra las Artes Oscuras, vio como se alejaba del castillo y paseaba sin darse cuenta cerca del lugar en donde James, Sirius, Lupin y Pettigrew estaban sentados juntos bajo el haya. Pero Harry se mantuvo distante esta vez, pues sabía lo que había pasado luego de que James levantaba a Snape en el aire y lo ridiculizaba, sabía lo que habían hecho y dicho, y no quería volver a escucharlo… Vio a Lily unirse al grupo y defender a Snape. A la distancia oyó a Snape gritarle, en su humillación y su furia, las palabras imperdonables: Sangre sucia.
La escena cambió…
- Lo siento.
- No me interesa.
- ¡Lo siento!
- Guarda tu aliento.
Era de noche. Lily, que vestía una túnica de gala, estaba de pie con los brazos cruzados enfrente del portarretrato de la Dama Gorda, a la entrada de la torre de Gryffindor.
- Sólo salí porque Mary me dijo que amenazabas con dormir aquí.
- Iba a hacerlo. Lo hubiera hecho. Nunca quise llamarte sangre sucia, sólo…
- ¡Se te escapo! – no había pena en la voz de Lily – Es demasiado tarde, he encontrado excusas para ti todos estos años. Ninguno de mis amigos puede entender por que te hablo. Tú y tus queridos amigos Mortífagos… ¡Ves, ni siquiera lo niegas! ¡Ni siquiera niegas que es a lo que todos aspirais! No puedes esperar para unirte a Ya – Sabes – Quien, ¿verdad?
Snape abrió la boca, pero la cerró sin hablar.
- No puedo seguir pretendiendolo. Tú escogiste tu camino, y yo el mío.
- No, escucha, no quería…
-¿Llamarme sangre sucia? Pero así es como llamas a todos los de mi clase, Severus. ¿Por qué yo debería recibir un trato especial?
Snape luchó consigo mismo, a punto de decir algo, pero con una mirada de desprecio, Lily se dio vuelta y atravesó el agujero del portarretrato.
El corredor se disolvió, y la escena se demoró un poco más en rehacerse: Harry sintió que volaba a través de figuras y colores cambiantes hasta que todo a su alrededor se solidificó otra vez y se paró en la cima de una colina, triste y fría en la oscuridad, con el viento soplando a través de las ramas de unos cuantos árboles sin hojas. El Snape adulto estaba sin aliento, girando sobre si mismo, con la varita firmemente sujeta en la mano, esperando algo o a alguien… Su miedo infectó a Harry también, a pesar de saber que no podía ser dañado, y miró sobre su hombro, preguntándose que sería lo que Snape estaba esperando…
Luego un destello de luz blanca cegadora voló a través del aire. Harry pensó en el resplandor, pero Snape había caído de rodillas y su varita había salido disparada de sus manos.
- ¡No me mate!
- Esa no era mi intención.
Cualquier sonido de la Aparición de Dumbledore había sido sofocado por el ruido del viento entre las ramas. Se detuvo junto a Snape con su túnica ondeando a su ardedor, y su cara iluminada por debajo por la luz creada por su varita.
- ¿Y bien, Severus? ¿Qué mensaje tiene Lord Voldemort para mí?
- Ni… ningún mensaje… ¡Estoy aquí por mi cuenta!
Snape se secaba las manos. Parecía un poco loco, con su desordenado pelo negro volando a su alrededor.
- Yo…vine con una advertencia… no, una petición… por favor…
Dumbledore agitó su varita. A pesar de que las hojas y las ramas aún volaban a través del aire nocturno a su alrededor, se hizo silencio en el lugar donde él y Snape se veían cara a cara.
- ¿Qué petición podría hacerme un Mortífago?
- La… la profecía… la predicción… Trelawney…
- Ah, sí – dijo Dumbledore - ¿Cuánto le contaste a Lord Voldemort?
- ¡Todo, todo lo que escuché! – respondió Snape – Es por eso que…. es por esa razón que… ¡él cree que se trata de Lily Evans!
- La profecía no hacía referencia a una mujer – dijo Dumbledore – Hablaba de un niño nacido a finales de Julio…
- ¡Sabes lo quiero decir! El piensa que se trata de su hijo, y la va a cazar… los va a matar a todos…
- Si significa tanto para ti – dijo Dumbledore – seguramente Lord Voldemort la dejará ir, ¿no? ¿No podrías pedir piedad por la madre, a cambio del hijo?
- Yo… yo ya se lo pedí…
- Eres repugnante – dijo Dumbledore, y Harry nunca había oído tanto disgusto en su voz. Snape pareció encogerse un poco – ¿No te preocupa, entonces, que su esposo y su hijo mueran? ¿Ellos pueden morir, siempre y cuando tú obtengas lo que quieres?
Snape no dijo nada, simplemente miró a Dumbledore.
- Escóndelos a todos, entonces – gruñó – Mantenla… mantenlos a salvo. Por favor.
- ¿Y qué me darás a cambio, Severus?
- ¿A… a cambio? – Snape miró a Dumbledore, y Harry pensó que se iba a quejar, pero luego de un momento muy largo dijo – Lo que sea.
La colina se deshizo, y Harry se encontró de pie en la oficina de Dumbledore. Algo hacía un sonido terrible, como un animal herido. Snape se dejó caer en una silla y Dumbledore, parado sobre él, parecía muy afligido. Luego de un momento, Snape levantó su rostro, y parecía un hombre que hubiese vivido cien años de miserias desde que había dejado la colina salvaje.
- Pensé… que iba... a mantenerla… a salvo…
- Ella y James depositaron su confianza en la persona equivocada – dijo Dumbledore – Igual que tú, Severus. ¿Acaso no esperabas que Voldemort la dejara ir?
Snape respiraba entrecortadamente.
- Su hijo sobrevivió – dijo Dumbledore.
Con un pequeño movimiento de cabeza, Snape pareció alejar algo desagradable.
- Su hijo vive. Tiene sus ojos, sus mismos ojos. Recuerdas la forma y el color de los ojos de Lily Evans, me imagino
- ¡No! – aulló Snape – Se ha ido… muerta…
- ¿Te remuerde la conciencia, Severus?
- Desearía… desearía que yo hubiese muerto…
- ¿Y eso de qué serviría? – dijo Dumbledore fríamente – Si amabas a Lily Evans, si realmente la amabas, entonces está claro lo que debes hacer.
- ¿Qué… qué quieres decir?
- Sabes como y porqué murió. Asegúrate de que no fue en vano. Ayuda a proteger al hijo de Lily.
- Él no necesita protección. El Señor Oscuro se ha ido…
- El Señor Oscuro regresará, y Harry Potter estará en un peligro terrible cuando lo haga.
Hubo una pausa muy larga, y lentamente Snape recuperó el control de sí mismo, reguló su respiración. Al fin dijo:
- Muy bien. Muy bien. ¡Pero nunca, nunca se lo diga a nadie, Dumbledore! ¡Esto queda entre nosotros! ¡Júrelo! No puedo soportar… especialmente el hijo de Potter… ¡Quiero su palabra!
- ¿Mi palabra, Severus, de no revelar nunca lo mejor de ti? – suspiró Dumbledore, mirando a la angustiada y feroz cara de Snape – Si insistes…
La oficina se disolvió y rearmó instantáneamente. Snape caminaba de un lado a otro en frente de Dumbledore.
-…. mediocre, arrogante como su padre, decidido a romper las reglas, fascinado de descubrir que es famoso, llamando la atención e impertinente…
- Ves lo que quieres ver, Severus – dijo Dumbledore, sin levantar la vista de una copia de Transformación Moderna – Otros profesores me han dicho que el chico es modesto, agradable y razonablemente talentoso. Personalmente, me parece un muchacho encantador.
Dumbledore dio vuelta a la página, y dijo sin mirar:
- Échale un vistazo a Quirrel, ¿quieres?
Un espiral de colores, y ahora todo se había oscurecido, y Snape y Dumbledore estaban de pie, un poco alejados en el hall de entrada, mientras los últimos que quedaban del Baile de Navidad pasaban junto a ellos para irse a la cama.
- ¿Y bien? – murmuró Dumbledore.
- La marca de Karkaroff también se ha oscurecido. Está aterrado, teme una venganza, usted sabe cuanta ayuda le brindó al Ministerio despues de que el Señor Oscuro cayera –Snape miró de reojo al perfil de nariz ganchuda de Dumbledore – Karkaroff huirá si la Marca comienza a quemar.
- ¿Lo hará? – preguntó Dumbledore suavemente, mientras Fleur Delacour y Roger Davies venían desde el patio, riendo - ¿Y tú, te sientes tentado a irte con él?
- No – dijo Snape, con sus ojos negros fijos en las cada vez más alejadas siluetas de Fleur y Roger – No soy tan cobarde.
- No – acordó Dumbledore – Eres un hombre mucho más valiente que Igor Karkaroff. Sabes, a veces pienso que sorteamos las Casas demasiado pronto…
Dumbledore se alejó, dejando a Snape con cara de estar herido.
Y ahora Harry estaba una vez más en la oficina del director. Era de noche, y Dumbledore giraba en la silla que parecía un trono detrás del escritorio, aparentemente semiconsciente. Su mano derecha colgaba de un lado, ennegrecida y quemada. Snape murmuraba encantamientos, señalando la muñeca de esa mano con su varita, mientras que su mano izquierda vaciaba un cáliz lleno de una poción dorada en la garganta de Dumbledore. Al cabo de unos momentos, las pestañas del director se sacudieron para abrirse.
- ¿Por qué? – dijo Snape, sin preámbulo - ¿Por qué se puso ese anillo? Lleva una maldición, seguramente ya lo sabía. ¿Por qué lo tocó?
El anillo de Marvolo Gaunt yacía en el escritorio frente a Dumbledore. Estaba roto; la espada de Gryffindor estaba tendida junto a él.
Dumbledore frunció el ceño.
- Fui… un tonto. Me vi profundamente tentado…
- ¿Tentado a que?
Dumbledore no respondió.
- ¡Es un milagro que haya podido regresar! – Snape sonaba furioso – Ese anillo portaba una maldición de un poder extraordinario, contenerla es lo más que podemos hacer; he atrapado la maldición en su mano, por ahora…
Dumbledore levantó su mano, ennegrecida e inútil, y la examinó como si se tratara de una interesante antigüedad.
- Has hecho bien, Severus. ¿Cuánto tiempo crees que me queda?
El tono de Dumbledore era el de una conversación normal, podría haber estado preguntando por un informe del clima. Snape dudó un momento, antes de hablar.
- No sabría decirlo. Tal vez un año. No hay forma de contrarrestar un hechizo así para siempre. Eventualmente, se esparcirá. Es el tipo de maldición que crece con el tiempo.
Dumbledore sonrió. La noticia de que le quedaba menos de un año de vida no parecía importarle mucho.
- Soy muy afortunado, extremadamente afortunado de tenerte, Severus.
- ¡Si sólo me hubiese llamado un poco antes, hubiese podido hacer algo más, darle algo más de tiempo! – dijo Snape, furioso. Miró el anillo roto, y la espada - ¿Creia que con romper el anillo se romperia la maldición?
- Algo así… estaba delirando, sin duda alguna…. – dijo Dumbledore. Con un gran esfuerzo se enderezó en la silla – Bueno, en realidad, eso importará más adelante.
Snape se quedó completamente perplejo. Dumbledore sonrió.
- Me refiero al plan que Lord Voldemort tiene sobre mí- Su plan para conseguir que el pobre chico Malfoy me asesine.
Snape se sentó en la silla que Harry solía ocupar, al otro lado del escritorio de Dumbledore. Harry se dio cuenta de que quería seguir hablando de la mano maldita de Dumbledore, pero que este rehusaba educadamente a seguir discutiendo el asunto. A regañadientes, Snape dijo:
- El Señor Oscuro no cree que Draco lo consiga. Esto es simplemente un castigo por las recientes faltas de Lucius. Una tortura lenta para los padres de Draco, mientras ven como este falla y paga el precio.
- En otras palabras, el chico también está condenado por una sentencia de muerte, al igual que yo – dijo Dumbledore – Ahora, creo saber que el sucesor natural del trabajo, cuando Draco falle, eres tú.
Hubo una pequeña pausa.
- Ese, según creo, es el plan del Señor Oscuro.
- ¿Lord Voldemort predice que en un momento no muy lejano no necesitará un espía en Hogwarts?
- Cree que la escuela pronto estará bajo su control, sí.
- Y si realmente cayera bajo su control – dijo Dumbledore, casi, según parecía, al aire - ¿Tengo tu palabra de que harás todo lo esté en tus manos para proteger a los estudiantes de Hogwarts?
Snape asintió firmemente.
- Bien. Ahora, tu primera prioridad es descubrir que es lo Draco trama. Un adolescente asustado es tan peligroso para el resto como para sí mismo. Ofrécele ayuda y guía, él aceptará, tú le agradas…
- … mucho menos desde que su padre perdió la confianza. Draco me culpa, cree que yo tomé el lugar de Lucius.
- De todas formas, intentalo. Me preocupo más por las posibles víctimas de cualquier ataque que se le ocurra al chico que por mí mismo. En último caso, por supuesto, sólo hay una cosa que hacer para salvarlo de la ira de Lord Voldemort.
Snape alzó las cejas y su tono de voz era sardónico al preguntar:
- ¿Piensas dejar que Voldemort te mate?
- Por supuesto que no. Tú debes matarme.
Hubo un largo silencio, interrumpido sólo por un extraño ruido de algo rompiéndose. Fawkes, el fénix, masticaba un poco de cuttlebone.
- ¿Quiere que lo haga ahora? – preguntó Snape, con la voz cargada de ironía - ¿O le doy algunos minutos para que componga su epitafio?
- Oh, todavía no– respondió Dumbledore, sonriendo – Me atrevería a decir que el momento se presentará solo en el transcurso de los acontecimientos. Dado lo que ha ocurrido esta noche – indicó su mano calcinada – podemos estar seguros que pasará durante este año.
- Si no le importa morir – dijo Snape con rudeza - ¿Por qué no deja que Draco lo haga?
- El alma de ese chico aún no está tan dañada – dijo Dumbledore – no dejaré que se rompa por mi culpa.
- ¿Y mi alma, Dumbledore? ¿Y la mía?
- Tú eres el único que sabe si tu alma se dañará al ayudar a un viejo a evitar el dolor y la humillación – dijo Dumbledore – Te pido este gran favor a ti, Severus, porque la muerte vendrá por mi con tanta certeza como los Chudley Cannons serán los últimos de la liga este año. Confieso que prefiero una salida rápida y sin dolor a la larga y caótica situación en la que me vería si, por ejemplo, Greyback está involucrado (¿Oí que Voldemort lo reclutó?) o la querida Bellatrix, a quien le gusta gusta jugar con su comida antes de comérsela.
Su tono de voz era ligero, pero sus ojos azules atravesaban a Snape al igual que tantas otras veces habían atravesado a Harry, como si pudieran ver el alma sobre la cual estaban discutiendo. Al fin, Snape volvió a asentir con firmeza. Dumbledore pareció satisfecho.
- Gracias, Severus…
La oficina desapareció, y ahora Snape y Dumbledore caminaba juntos por los vacíos patios de la escuela a media luz.
- ¿Qué hace con Potter, todas esas tardes que pasan encerrados juntos? – preguntó Snape abruptamente.
Dumbledore parecía cansado.
- ¿Por qué? ¿No tratarás de ponerle más castigos, Severus? El chico pronto pasará más tiempo castigado que fuera.
- Está actuando como su padre otra vez…
- En apariencia, tal vez, pero su naturaleza es mucho más parecida a la de su madre. Paso mucho tiempo con Harry porque debo discutir algunas cosas con él, información que debo darle antes de que sea demasiado tarde.
- Información – repitió Snape – Confía en él… no confía en mí.
- No es un asunto de confianza. Poseo, como ambos sabemos, un tiempo limitado. Es esencial que le de suficiente información como para que haga lo que necesita hacer.
- ¿Y por qué no puedo recibir yo la misma información?
- Prefiero no poner todos mis secretos en el mismo cesto, especialmente si ese cesto pasa tanto tiempo colgando del brazo de Lord Voldemort.
- ¡Lo hago bajo sus órdenes!
- Y lo haces muy bien. No creas que no estimo el constante peligro al que te expones, Severus. Entregarle a Voldemort información que parece valiosa mientras guardamos lo esencial es un trabajo que no le confiaría a nadie más que a ti.
- ¡Y aún así, confía mucho más en un chico que es incapaz de aprender Oclumancia, cuya magia es mediocre, y que tiene una conexión directa con la mente del Señor Oscuro!
- Voldemort le teme a esa conexión – dijo Dumbledore – No hace mucho, tuvo una pequeña lección sobre lo que realmente significa para él compartir la mente de Harry. Fue un dolor que nunca antes había experimentado. No volverá a tratar de poseer a Harry, estoy seguro. No de esa forma.
- No entiendo.
- El alma de Voldemort, tan desfigurada como se encuentra, no puede soportar el contacto con un alma como la de Harry. Es como una navaja de acero congelado, como la carne en llamas…
- ¿Almas? ¡Estamos hablando de mentes!
- En el caso de Harry y Lord Voldemort, hablar de una cosa es lo mismo que hablar de la otra.
Dumbledore miró a su alrededor para asegurarse de que estuvieran solos. Estaban cerca del Bosque Prohibido, pero no había señal alguna de alguien cerca de ellos.
- Después de que me hayas matado, Severus…
- ¡A pesar de que rehúsa contarme todo, espera ese pequeño servicio de mi parte! – gritó Snape, y una furia verdadera apareció en su delgada cara – ¡Toma algo tan importante como si estuviera garantizado, Dumbledore! ¡Tal vez he cambiado de idea!
- Me diste tu palabra, Severus. Y ya que hablamos de servicios que me debes, pensé que habías aceptado mantener vigilado a nuestro joven amigo de Slytherin.
Snape estaba furioso, desafiante. Dumbledore suspiró.
- Ven a mi oficina esta noche, Severus, a las once, y no podrás quejarte de que no confío en ti…
De nuevo estaban en la oficina de Dumbledore, las ventanas oscuras y Fawkes sentado en silencio, mientras Snape permanecía rígido y Dumbledore caminaba a su alrededor hablando.
- Harry no debe enterarse, no hasta el último momento, no hasta que sea necesario, de otra forma, ¿cómo tendría la fuerza necesaria para hacer lo tiene que hacer?
- Pero, ¿qué debe hacer?
- Eso el algo entre Harry y yo. Ahora escucha con atención, Severus. Llegará un momento… después de mi muerte… ¡no discutas, no me interrumpas! Llegará un momento en el que Lord Voldemort parecerá temer por la vida de su serpiente.
- ¿Nagini? – Snape parecía atónito.
- Precisamente. Cuando Lord Voldemort deje de enviar a su serpiente a cumplir sus órdenes, y la mantenga segura junto a él bajo protección mágica, entonces, creo, será seguro decirselo a Harry.
- ¿Decirle qué?
Dumbledore respiro profundamente y cerró los ojos.
- Decirle que la noche en que Voldemort trató de matarlo, cuando Lily puso su propia vida entre ellos, como un escudo, la Maldición Asesina rebotó en Lord Voldemort, y un fragmento del alma de Voldemort se apartó del resto, y fue a caer en la única alma viviente que quedaba en ese lugar. Parte de Lord Voldemort vive dentro de Harry, y eso es lo que le da el poder de hablar con las serpientes, y la conexión con la mente de Voldemort que nunca ha sido capaz de entender. Y mientras ese fragmento de alma, perdido por Lord Voldemort, permanezca adjunto y protegido por Harry, Lord Voldemort no puede morir.
A Harry le pareció que veía a los dos hombres desde el final de un largo túnel, lejos de él, con sus voces formando ecos en sus oídos.
- ¿Así que el chico… el chico debe morir? – preguntó Snape, con calma.
- Y debe hacerlo Voldemort, Severus. Eso es esencial.
Otro silencio interminable. Luego Snape dijo:
-Pensé… que todos estos años… lo estábamos protegiendo por ella. Por Lily.
-Lo hemos protegido porque es esencial enseñarle, educarle, dejarle que pruebe su fuerza – dijo Dumbledore, con los ojos aún cerrados – Mientras tanto, la conexión entre ellos se hace cada vez más fuerte, se desarrolla como un parásito. A veces creo que él mismo lo sospecha. Si le conozco bien, él lo habra arreglado todo para que cuando salga a enfrentar su muerte, esta realmente signifique el fin de Voldemort.
Dumbledore abrió los ojos. Snape estaba horrorizado.
- ¿Lo has mantenido vivo para que muera en el momento correcto?
- No te sorprendas, Severus. ¿Cuántos hombres y mujeres has visto morir?
- Últimamente, sólo a aquellos a los que no he podido salvar – dijo Snape, poniéndose de pie – Me has utilizado.
- ¿Qué quieres decir?
- He espiado y mentido por ti, me he puesto en peligro mortal por ti. Se supone que todo esto era para mantener a salvo al hijo de Lily Potter. Y ahora me dices que le has estado criando como a un cerdo para el matadero…
- Esto es conmovedor, Severus – dijo Dumbledore seriamente - ¿Te has encariñado con el chico, después de todo?
- ¿De él? – gritó Snape – Especto Patronum!
De la punta de su varita salió una sombra plateada. Aterrizó en el piso de la oficina, voló a través de ella, y escapó por la ventana. Dumbledore la observó alejarse volando, y mientras su brillo plateado se desvanecía le dio la espalda a Snape, con los ojos llenos de lágrimas.
- ¿Después de todo este tiempo?
- Siempre – dijo Snape.
Y la escena cambió. Ahora, Harry observó a Snape hablándole al portarretrato de Dumbledore detrás del escritorio.
- Tendrás que darle a Voldemort el día correcto de la salida de Harry de la casa de su tía y tío – dijo Dumbledore – No hacerlo levantaría muchas sospechas, pues Voldemort cree que estás muy bien informado. Sin embargo, debes planear las distracciones; eso, según creo, asegurará la seguridad de Harry. Trata de confundir a Mundungus Fletcher. Y, Severus, si te obligan a formar parte de la persecución, asegúrate de actuar convincentemente… cuento con que mantengas la confianza de Lord Voldemort tanto tiempo como sea posible, o Hogwarts quedará a la merced de los Carrow…
Ahora Snape estaba frente a frente con Mundungus en una taberna desconocida. La cara de Mundungus estaba curiosamente pálida, y la de Snape fruncida de concentración.
- Sugerirás a la Orden del Fénix – murmuró Snape – utilizar distracciones. La Poción Multijugos. Potters idénticos. Es lo único que podría funcionar. Olvidarás que yo te sugerí esto. Creerás que fue tu idea. ¿Entiendes?
- Entiendo – murmuró Mundungus, sus ojos desenfocados…
Ahora Harry volaba en una escoba junto a Snape, en una oscura noche despejada. Estaba acompañado por otros Mortífagos encapuchados, y adelante estaban Lupin y un Harry que en realidad era George… un Mortífago que estaba delante de Snape levantó su varita, apuntando directamente a la espalda de Lupin.
- Sectumsempra! – gritó Snape.
Pero el hechizo, dirigido a la mano del Mortífago que llevaba la varita, en vez de darle a él golpeó a George…
Y luego Snape estaba de rodillas en la vieja habitación de Sirius. Las lágrimas caían del final de la ganchuda nariz, mientras leía la vieja carta de Lily. La segunda página contenía sólo unas pocas palabras.
…pudo haber sido amiga de Gellert Grindelwald. ¡Creo que ha perdido un poco la razón!
Con amor,
Lily.
Snape tomó la página que tenía la firma de Lily, y su amor, y la guardó en su túnica. Luego rompió en dos la fotografía que también sujetaba, y guardó la parte en la que Lily se reía, tirando al suelo el pedazo en el que se veía a James y Harry, debajo de una cajonera…
Y ahora Snape estaba nuevamente en la oficina del director, mientras Phineas Nigellus llegaba corriendo a su retrato.
- ¡Director! ¡Están acampando en el Bosque de Dean! La sangre sucia…
- ¡No uses esa palabra!
- ¡… la chica Granger, entonces, mencionó el lugar mientras abría su bolsa y la escuché!
- ¡Bien, muy bien! – exclamó el portarretrato de Dumbledore detrás de la silla del director - ¡Ahora, Severus, la espada! ¡No olvides que debe ser tomada bajo circunstancias de necesidad y valor, y que él no debe saber que tú se la diste! Si Voldemort realmente puede leer la mente de Harry y te ve ayudándolo…
- Lo sé – dijo Snape, cortante. Se aproximó al portarretrato de Dumbledore y lo hizo a un lado. Se movió hacia el frente, revelando una cavidad escondida al reverso, de la cual sacó la espada de Gryffindor.
- ¿Y aún así no me dirá porqué es tan importante darle la espada a Potter? – dijo Snape, mientras echaba una capa de viaje sobre sus hombros.
- No, no lo creo – dijo el retrato de Dumbledore – Él sabe que hacer con ella. Y, Severus, sé muy cuidadoso, no serán muy amables con tu llegada después del accidente con George Weasley…
Snape se giró hacia la puerta.
- No se preocupe, Dumbledore – dijo fríamente – Tengo un plan…
Y Snape dejó la habitación. Harry salió del Pensadero, y en unos momentos se encontró en el suelo alfombrado en la misma habitación cuya puerta Snape podría haber cerrado hace sólo unos momentos.

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23 Septiembre 2007

Capítulo 32 La Varita de Saúco

El mundo había acabado, así pues ¿por qué la batalla no había cesado, el castillo caído en silencioso horror, y cada combatiente depuesto las armas? La mente de Harry caía en picado, girando fuera de control, incapaz de comprender la imposibilidad, porque Fred Weasley no podía estar muerto, lo que evidenciaban todos sus sentidos debía ser mentira... Y entonces un cuerpo cayó pasando por el hueco que había a un lado del colegio y las maldiciones volaron hacia ellos desde la oscuridad, golpeando la pared tras sus cabezas.
—¡Al suelo! —gritó Harry, mientras más maldiciones volaban a través de la noche. Ron y él agarraron a Hermione y la tiraron al suelo, pero Percy se colocó sobre el cuerpo de Fred, protegiéndolo de más daños, y cuando Harry gritó —¡Percy, vamos, tenemos que irnos! —negó con la cabeza.
-¡Percy! -Harry vio rastros de lágrimas barriendo la capa de mugre del rostro de Ron mientras agarraba a su hermano mayor por los hombros y tiraba, pero Percy no se movía. —¡Percy, no puedes hacer nada más por él! Vamos a...
Hermione chilló, y Harry, volviéndose, no necesitó preguntar por qué. Una monstruosa araña del tamaño de un coche pequeño estaba intentando escalar a través del enorme agujero en la pared. Uno de los descendientes de Aragog se había sumado a la contienda.
Ron y Harry gritaron juntos, sus hechizos chocaron y el monstruo voló hacia atrás desapareciendo en la oscuridad, con las patas sacudiéndose horriblemente.
—¡Ha traído amigos! —gritó Harry a los demás, mirando sobre el borde del castillo a través del agujero que las maldiciones habían hecho en la pared. Más arañas gigantes estaban trepando por el lateral del edificio liberadas del Bosque Prohibido, en el que los motifagos debían haber penetrado. Harry lanzó Hechizos Aturdidores sobre ellas, tirando al primer monstruo encima de sus compañeros, por lo que rodaron nuevamente fuera del edificio y se perdieron de vista. Entonces llegaron más maldiciones volando por encima de la cabeza de Harry, tan cerca que sintió que su estela le movía el pelo.
—¡Vámonos, AHORA!.
Empujando a Hermione delante de él con Ron, Harry se detuvo para agarrar el cuerpo de Fred por debajo de la axila. Percy, dándose cuenta de lo que Harry estaba intentando hacer, dejo de aferrarse al cuerpo y le ayudó, y juntos, agachándose para esquivar las maldiciones que volaban hacia ellos desde los jardines, arrastraron a Fred fuera del camino.
—Aquí —dijo Harry, y lo colocaron en un nicho donde anteriormente había habido una armadura. No podía soportar mirar a Fred un segundo más de lo necesario, y después de asegurarse de que el cuerpo estaba bien oculto, marchó detrás de Ron y Hermione. Malfoy y Goyle habían desaparecido pero al final del corredor que ahora estaba lleno de polvo, mampostería que se desmoronaba y cristales que hacía tiempo habían caído de las ventanas, vio a mucha gente corriendo de un lado a otro, aunque no podría asegurar si eran amigos ó enemigos. Al doblar la esquina, Percy soltó un rugido como el de un toro: —¡ROOKWOOD!— y corrió en dirección a un hombre alto que estaba persiguiendo a una pareja de estudiantes.
—¡Harry, aquí dentro! —gritó Hermione.
Había arrastrado a Ron detrás de un tapiz. Parecían estar luchando, y por un loco segundo Harry pensó que estaban abrazándose de nuevo, pero entonces vio que Hermione estaba intentando contener a Ron, impidiendo que corriera tras Percy.
—Escúchame... ¡ESCÚCHAME RON!
—Quiero ayudar... Quiero matar mortifagos...
Su cara estaba desencajada, manchada de polvo y humo, y temblaba de furia y dolor.
—¡Ron, somos los únicos que podemos terminar con esto! Por favor... Ron... necesitamos la serpiente, ¡tenemos que matar a la serpiente! —dijo Hermione
Pero Harry sabía como se sentía Ron. Perseguir otro Horrocrux no podía darle la satisfacción de la venganza; él también quería pelear, castigarlos, a la gente que había matado a Fred, y quería encontrar a los otros Weasley, y sobre todo asegurarse, asegurarse completamente, de que Ginny no estaba... pero no podía permitir que esa idea se formara en su mente...
—¡Lucharemos! —dijo Hermione— ¡Debemos hacerlo, para poder llegar a la serpiente!¡Pero no perdamos de vista ahora lo que se supone que deberíamos estar haciendo! ¡Somos los únicos que podemos terminarlo!
Ella estaba llorando también, y mientras hablaba se limpió el rostro con la rota y chamuscada manga, pero jadeando, tomó grandes bocanadas de aire para calmarse a si misma y aún aferrando con fuerza el brazo de Ron, se volvió hacia Harry.
—Debes descubrir donde está Voldemort, porque tendrá la serpiente con él, ¿no es verdad? ¡Hazlo Harry...mira dentro de él!
Por no era tan fácil ¿Por eso su cicatriz había estado quemando durante horas, anhelando mostrarle los pensamientos de Voldemort? Cerró los ojos ante la orden, y enseguida, los gritos, los estallidos y los demás ruidos discordantes de la batalla se apagaron hasta hacerse distantes, como si estuviera lejos, muy lejos de ellos...
Estaba de pie en medio de una desolada pero extrañamente familiar habitación, con papel rasgado cubriendo las paredes y todas las ventanas tapiadas excepto una. Los ruidos del asalto al castillo se oían amortiguados y distantes. La única ventana que no estaba tapiada revelaba distantes estallidos de luz que provenían del castillo, pero el interior de la habitación estaba oscuro excepto por una solitaria lámpara de aceite.
Estaba haciendo rodar la varita entre los dedos, mirándola, sus pensamientos centrados en la habitación del castillo, la habitación secreta que únicamente él había encontrado. Para descubrir la habitación, igual que la cámara, tenías que ser inteligente, astuto y curioso... estaba seguro de que el muchacho no encontraría la diadema... aunque la marioneta de Dumbledore había llegado mucho más lejos de lo que hubiera imaginado... demasiado lejos...
—Mi señor -dijo una voz, desesperada y enronquecida. Se dio la vuelta. Allí estaba Lucius Malfoy sentado en la esquina más oscura, harapiento y todavía llevando las marcas del castigo que había recibido después de la última escapada del muchacho. Uno de sus ojos permanecía cerrado e hinchado. —Mi Señor... por favor... mi hijo...
—Si tu hijo está muerto, Lucius , no es culpa mía. No vino a unirse a mí como el resto de los Slytherin. ¿Quizás ha decidido hacerse amigo de Harry Potter?
—No... nunca —susurró Malfoy
—Mejor que no sea así.
—¿No...no tenéis miedo, mi Señor, de que Potter pueda morir a otras manos que sean las vuestras? —preguntó Malfoy, temblándole la voz. —¿No sería...disculpe el atrevimiento... más prudente...dar por terminada esta batalla, entrar en el castillo, y buscarle usted m-mismo?
—No finjas, Lucius. Deseas que la batalla cese para poder averiguar que le ha ocurrido a tu hijo. Y yo no necesito ir a buscar a Potter. Antes de que la noche acabe, Potter habrá venido a en mi busca.
Voldemort bajó una vez más la mirada a la varita que tenía entre los dedos. Le inquietaba... y aquellas cosas que inquietaban a Lord Voldemort debían ser remediadas...
—Vé y trae a Snape.
—¿Snape, m...mi señor?
—Snape. Ahora. Lo necesito. Hay un... trabajo... que necesito de él. Ve.
Asustado, tropezando un poco en la penumbra, Lucius dejó la habitación. Voldemort continuó allí de pie, girando la varita entre los dedos, mirándola fijamente.
—Es el único camino, Nagini —susurró. Miró alrededor y ahí estaba la gran y gruesa serpiente, ahora suspendida en medio del aire, girando grácilmente dentro del mágicamente protegido espacio que había fabricado para ella, una resplandeciente esfera transparente que parecía algo a medio camino entre una brillante caja y un tanque.
Con un suspiro, Harry se retiró y abrió los ojos, en ese mismo momento sus oídos fueron asaltados con los aullidos y gritos, los estruendos y estallidos de la batalla.
—Está en la Casa de los Gritos. La serpiente está con él, tiene alguna clase de protección mágica alrededor. Acaba de enviar a Lucius Malfoy a buscar a Snape.
—¿Voldemort sentado en la Casa de los Gritos?—dijo Hermione ultrajada —¿no... ni siquiera está PELEANDO?
—No cree que necesite pelear —dijo Harry.¾ Cree que voy a ir a por él.
—¿Por qué?
—Sabe que voy detrás de los Horrocruxes... está reteniendo a Nagini cerca de él...obviamente voy a tener que ir hasta él para acercarme a esa cosa...
—Vale —dijo Ron, cuadrando los hombros —Entonces no puedes ir, eso es lo que él quiere, lo que está esperando. Quédate aquí y cuida de Hermione, y yo iré y la conseguiré...
Harry atajó a Ron.
—Vosotros dos os quedáis aquí, yo iré bajo la Capa y volveré tan pronto como...
—No —dijo Hermione-, tiene mucho más sentido si yo cojo la Capa y...
—Ni lo pienses —le gruñó Ron.
Antes de que Hermione pudiera llegar más lejos de, "Ron, yo soy tan capaz..." el tapiz en lo alto de la escalera en que permanecían se desgarro.
—¡POTTER!
Dos mortifagos encapuchados estaban allí de pie, pero incluso antes de que su varitas estuvieran completamente alzadas, Hermione gritó ¾¡Glisseo!
Las escaleras se allanaron bajo sus pies formando un tobogán y ella, Harry y Ron se precipitaron hacia abajo, incapaces de controlar su velocidad pero tan rápido que los Hechizos Aturdidores de los mortífagos volaron muy por encima de sus cabezas. Pasaron disparados a través del tapiz que había al pie de las escaleras y rodaron por el suelo, chocando contra la pared opuesta.
¾¡Duro! ¾gritó Hermione apuntando su varita al tapiz, y se oyeron dos fuertes y espeluznantes crujidos cuando el tapiz se volvió de piedra y los mortifagos que los perseguían chocaron contra él.
¾¡Echaos atrás! ¾gritó Ron, y él, Harry y Hermione se arrojaron contra una puerta mientras una manada de pupitres galopantes pasaban retumbando, pastoreados por una precipitada Profesora McGonagall. Ella no pareció fijarse en ellos. Llevaba el cabello suelto y había una herida en su mejilla. Mientras giraba la esquina, oyeron su grito ¾¡CARGUEN!
¾Harry, ponte la Capa ¾dijo Hermione¾ Olvídate de nosotros...
Pero él la arrojó sobre los tres; aunque eran demasiado altos, dudaba de que alguien fuera a notar sus incorpóreos pies a través del polvo que llenaba el aire, las piedras que se desmoronaban y el resplandor de los hechizos. Bajaron corriendo el siguiente tramo de escaleras y se encontraron en un corredor lleno de duelistas. Los retratos a ambos lados de los luchadores estaban abarrotados de figuras gritando consejos y dando ánimos, mientras los mortifagos, tanto encapuchados como no, se batían a duelo con estudiantes y profesores. Dean había logrado hacerse con una varita, por lo que estaba cara a cara con Dolohov, Parvati con Travers. Harry, Ron y Hermione levantaron sus varitas a la vez, listos para golpear, pero los duelistas estaban tan entremezclados y compenetrados que si lanzaban maldiciones había una fuerte probabilidad de herir a uno de su propio bando. Mientras aguardaban preparados esperando la oportunidad de actuar, les llegó un gran ¾¡Wheeeee! ¾y mirando hacia arriba, Harry vio a Peebes que pasaba zumbando sobre ellos, dejando caer tubercolos Snargaluff pods encima de los mortifagos, cuyas cabezas fueron repentinamente engullidas por serpenteantes tubérculos verdes que parecían gusanos gordos.
¾¡ARGH!.
Un puñado de tubérculos había caído sobre la Capa en la cabeza de Ron. Las húmedas raíces verdes quedaron improbablemente suspendidas en medio del aire mientras Ron intentaba sacudirlas para quitárselas de encima.
¾¡Allí hay alguien invisible! ¾gritó un mortifago encapuchado, señalándolos.
Dean aprovechó al máximo la momentánea distracción del mortifago, dejándole fuera de combate con un hechizo Aturdidor; Dolohov intentó desquitarse y, Parvati le disparó una Maldición de Cuerpo Atado.
¾!VAMOS¡ ¾aulló Harry, y él, Ron y Hermione aferraron firmemente la Capa, envolviéndose en ella y se apresuraron, con las cabezas bajas, a pasar en medio de los luchadores, resbalando un poco en charcos de jugo de Snargaluff, dirigiéndose hacia lo alto de la escalera de mármol que conducía al hall de entrada.
¾¡Soy Draco Malfoy, soy Draco Malfoy, estoy de vuestra parte!
Draco estaba en el rellano superior, suplicando a otro mortifago encapuchado. Al pasar, Harry aturdió al mortifago. Malfoy miro a su alrededor sonriendo a su salvador, y Ron le golpeó por debajo de la Capa. Malfoy cayó hacia atrás sobre el mortifago, con la boca sangrando y completamente aturdido.
¾¡Esta es la segunda vez que salvamos tu vida esta noche, bastardo hipócrita! ¾gritó Ron.
Había más duelistas sobre las escaleras y por todo el hall. Había mortifagos allá donde Harry mirara. Yaxley, cerca de las puertas de entrada, combatiendo con Flitwick; justo al lado de ellos, un mortifago encapuchado peleaba con Kingsley. Los estudiantes corrían en todas direcciones; algunos llevando o arrastrando a amigos heridos. Harry dirigió un Hechizo Aturdidor hacia el Mortifago encapuchado, falló pero casi hiere a Neville, que había salido de la nada blandiendo brazadas de Tentáculos Venenosos que serpentearon felizmente alrededor del mortifago más cercano y comenzaron a envolverle.
Harry, Ron y Hermione se apresuraron a alcanzar la escalera de mármol. A su izquierda un cristal se hizo añicos y el reloj de arena de Slytherin que llevaba la cuenta de los puntos de la Casa derramó sus esmeraldas por todas partes, por lo que la gente se resbalaba y se tambaleaba mientras corría. En el momento en que llegaban a los terrenos vieron caer dos cuerpos desde la galería de arriba y un contorno gris que Harry tomó por un animal corrió a toda prisa a cuatro patas a través del hall para hundir los dientes en uno de los caídos.
¾¡No! ¾ chilló Hermione, y con una ensordecedora ráfaga de su varita, Fenrir Greyback fue derribado hacia atrás lejos del débil y desplomado cuerpo de Lavender Brown. Greyback golpeó la barandilla de mármol y luchó por volver a levantarse. Entonces, con un blanco y brillante destello y un crujido, una bola de cristal cayó en lo alto de su cabeza, y se desplomó en el suelo para ya no volver a moverse.
¾¡Tengo más! ¾gritó la Profesora Trelawney por encima de la barandilla¾ ¡Más para quien las quiera! Aquí...
Y con un movimiento como en un servicio de tenis, levantó otra enorme esfera de cristal del bolso, agitó su varita a través del aire, e hizo que la bola corriera a través del hall y se estrellara contra una ventana. Al mismo tiempo, las puertas de entrada de pesada madera se abrieron de golpe, y más de esas gigantescas arañas forzaron su camino hasta el hall de entrada.
Gritos de terror rasgaron el aire y los combatientes se dispersaron. Mortifagos y Hogwartianos por igual, y rojos y verdes chorros de luz volaron entre los monstruos que se aproximaban, que vibraron y se alzaron, más aterradores que nunca.
¾¿Cómo salimos? ¾gritó Ron por encima de los aullidos, pero antes de que Harry ó Hermione pudieran responder fueron lanzados a un lado.
Hagrid venía bajando las escaleras, bramando y blandiendo su florido paraguas rosa.
¾¡No las lastiméis, no las lastiméis!¾gritó.
¾¡HAGRID, NO!
Harry olvidó todo lo demás, salió corriendo velozmente quitándose la Capa, corriendo inclinado para evitar las maldiciones que iluminaban todo el hall.
¾¡HAGRID, VUELVE AQUÍ!
Pero ni siquiera estaba a medio camino del lugar donde se hallaba Hagrid cuando vio lo que ocurría. Hagrid desapareció en medio de las arañas, y con gran apresuramiento y un repugnante movimiento hormigueante, estas retrocedieron bajo el furioso ataque de las maldiciones, con Hagrid enterrado en medio de ellas.
¾¡HAGRID!
Harry oyó a alguien gritando su nombre, si era amigo ó enemigo no le importaba, bajaba corriendo las escaleras principales hacia los oscuros jardines, y las arañas se iban amontonando como hormigas en su presa, y no podía ver nada de Hagrid en absoluto.
¾¡HAGRID!
Creyó haber distinguido un enorme brazo agitándose en el medio del hormiguero de arañas. Pero cuando intentaba correr tras ellas, su camino fue obstaculizado por un pie colosal, que salió de la oscuridad e hizo estremecerse la tierra en la que se encontraba. Levantó la vista. Un gigante estaba de pie ante él. Medía veinte pies de altura, su cabeza estaba oculta entre las sombras, solamente se distinguían las espinillas peludas que parecían árboles, iluminadas por la luz de las puertas del castillo. Con un brutal y fluido movimiento, incrustó un macizo puño atraves de una ventana que había sobre Harry, y el cristal llovió sobre él, obligándole a retroceder buscando la protección del portal.
¾¡Oh, mi...!¾ gritó Hermione, cuando ella y Ron alcanzaron a Harry y miraron hacia arriba al gigante que ahora intentaba coger gente a través de la ventana superior.
¾¡NO LO HAGAS! ¾gritó Ron, cogiendo la mano de Hermione cuando levantaba su varita.
¾Atúrdelo y aplastará la mitad el castillo...
¾¿HAGGER?
Grawp llegó tambaleándose doblando una de las esquinas del castillo. Solo ahora se daba cuenta Harry de que Grawp era, en realidad, un gigante demasiado pequeño. El gigantesco monstruo que intentaba aplastar a la gente en los pisos superiores giró en redondo y soltó un rugido.
Los escalones de piedra temblaron cuando los pisoteó para ir tras de su pariente más pequeño, y la boca torcida de Grawp se abrió, mostrando dientes amarillos del tamaño de medio ladrillo. Entonces se lanzaron uno contra otro con la ferocidad de leones salvajes.
¾!CORRED! ¾rugió Harry, la noche estaba llena de espantosos chillidos y golpes mientras los gigantes luchaban a brazo partido. Buscó la mano de Hermione y bajó los escalones hacia los jardines, con Ron cerrando la marcha. Harry no había perdido la esperanza de encontrar y salvar a Hagrid; corría tan rápido que estaban a mitad de camino hacia el bosque antes de que se vieran obligados a detenerse en seco otra vez.
El aire a su alrededor se había congelado. Harry contuvo el aliento que se le solidificó en el pecho. Había siluetas moviéndose en la oscuridad, figuras de negrura concentrada que se arremolinaban, moviéndose en una gran ola hacia el castillo, sus caras estaban encapuchadas y sus respiraciones eran ruidosas...
Ron y Hermione lo rodearon mientras los sonidos de peleas tras ellos enmudecían repentinamente, refrenados, porque un silencio que solo los Dementores podían traer estaba cayendo densamente sobre la noche, y Fred se había ido, y seguramente Hagrid estaba muriendo ó ya muerto...
¾¡Vamos , Harry! ¾dijo la voz de Hermione desde una larga distancia. ¾¡Patronus, Harry, vamos!
Levantó la varita, pero una pesada desesperanza estaba extendiéndose a través de él. ¿Cuántos más habrían muerto, y él aún no lo sabía? Sentía como si ya su alma hubiera abandonado su cuerpo a medias...
¾¡HARRY, VAMOS! ¾gritó Hermione.
Un centenar de Dementores estaban avanzando, deslizándose hacia ellos, absorbiendo al avanzar, acercándose a la desesperanza de Harry, que era como la promesa de un banquete...
Vio como el terrier plateado de Ron irrumpía violentamente en el aire, destellaba tenuemente, y expiraba; vio girar la nutria de Hermione en mitad del aire para desvanecerse, y su propia varita tembló en su mano, y casi le daba la bienvenida al olvido que se aproximaba, la promesa de la nada, de no sentir...
Y entonces una liebre plateada, un cerdo y un zorro se elevaron por encima de las cabezas de Harry, Ron y Hermione. Los Dementores retrocedieron ante la aproximación de las criaturas. Tres personas más habían salido de la oscuridad colocándose junto a ellos, con sus varitas extendidas para seguir proyectando el Patronus: Luna, Ernie y Seamus.
¾Esta bien ¾dijo Luna en tono alentador, como si estuvieran nuevamente en la Sala de Menesteres y esto fuera simplemente un ejercicio de práctica de hechizos para el ED¾ Está bien, Harry... vamos piensa en algo feliz...
¾¿Algo feliz? ¾dijo él, la voz enronquecida.
¾Todos estamos aquí aún ¾susurró ella¾ todavía estamos luchando. Vamos, hazlo...
Se produjo una chispa plateada, después una luz vacilante, y luego, con el mayor esfuerzo que nunca le hubiera costado, el ciervo prorrumpió desde la punta de la varita de Harry. Fue a medio galope hacia delante, y entonces los Dementores se dispersaron en serio, e inmediatamente la noche se volvió templada de nuevo, aunque el sonido de la batalla circundante sonaba alto en sus oídos.
¾No podemos agradecéroslo lo suficiente ¾dijo Ron con voz temblorosa, volviéndose hacia Luna, Ernie y Seamus¾ nos acabáis de salvar...
Con un rugido y un temblor como el de un terremoto, otro gigante emergió tambaleándose de la oscuridad proveniente de los bosques, blandiendo una porra más alta que cualquiera de ellos.
¾¡CORRED! ¾gritó Harry de nuevo, pero los otros no necesitaban que se lo dijera. Todos se dispersaron, y ni un segundo demasiado pronto, ya que al momento siguiente el enorme pie de la criatura había caído exactamente donde ellos habían estado. Harry echó una mirada alrededor, Ron y Hermione le seguían, pero los otros tres habían desaparecido en el fragor de la batalla.
¾¡Salgamos fuera de su alcance! ¾aulló Ron mientras el gigante movía su porra de nuevo y sus rugidos resonaban a través de la noche, cruzando los jardines, donde explosiones de luz roja y verde continuaban iluminando la oscuridad.
¾¡Al Sauce boxeador ¾dijo Harry¾ vamos!
De alguna manera lo encerró todo en la mente, lo embutió en un pequeño espacio en el que no miraría ahora: pensamientos sobre Fred y Hagrid, y el terror que sentía por todas las personas a las que amaba, dispersados dentro y fuera del castillo; todos debían esperar, porque tenían que correr, tenían que llegar a la serpiente y a Voldemort, porque esa era, como había dicho Hermione, la única forma de terminar con todo...
Corrió rápido, medio creyendo que podría dejar atrás a la muerte, ignorando las llamaradas de luz que volaban en la oscuridad a su alrededor, el sonido del lago rompiendo como el mar, y el crujir del Bosque Prohibido aunque esa noche no había viento, a través de jardines que parecían haberse alzado en rebelión, corrió mas rápido de lo que nunca se había movido en su vida.
Y fue el primero en ver el gran árbol, el Sauce que protegía el secreto de sus raíces con ramas que fustigaban como látigos.
Resollando y jadeando, Harry redujo la marcha, esquivando las ramas del sauce boxeador, escudriñando a través de la oscuridad hacia el marcado tronco, intentando ver el único nudo en la corteza del viejo árbol que podía paralizarlo. Ron y Hermione lo alcanzaron, Hermione estaba tan falta de aliento que no podía hablar.
¾¿Cómo... cómo vamos a colarnos? ¾jadeó Ron. ¾Puedo...ver el lugar... si tuviéramos... otra vez a Crookshank...
¾¿Crookshanks? ¾resolló Hermione, doblada por la mitad, aferrándose el pecho.
¾¿Eres un mago ó qué?
¾Oh... vale...si...
Ron echó un vistazo alrededor, luego dirigió su varita hacia una ramita en el suelo y dijo —¡Winguardium Leviosa!. —la ramita se elevó desde el suelo, giró a través del aire como cogida por una ráfaga de viento, después se acerco rápida y directa al tronco pasando a través de las amenazadoras ramas oscilantes del Sauce. Golpeó un lugar cerca de las raíces, e inmediatamente el serpenteante árbol se quedó quieto.
—¡Perfecto! —resolló Hermione
—Espera.
Por un incierto segundo, mientras los estallidos y truenos de la batalla llenaban el aire, Harry vaciló.
Voldemort quería que hiciera esto, quería que fuera... ¿Estaba guiando a Ron y Hermione a una trampa? Pero la realidad parecía cerrarse a su alrededor, cruel y evidente. La única forma de progresar era matar a la serpiente, y la serpiente estaba donde estaba Voldemort y Voldemort estaba al final de ese túnel...
—¡Harry, vamos a ir contigo, entra ahí! —dijo Ron, empujándole hacia delante.
Harry culebreó por el terroso pasaje oculto entre las raíces del árbol. Había mucho menos espacio del que había habido la última vez que habían entrado. El túnel era de techo bajo: habían tenido que doblarse sobre sí mismos para moverse a través de él casi cuatro años atrás; ¡ahora no había otra forma de hacerlo más que arrastrándose! Harry iba primero, con la varita iluminada, esperando encontrar barreras en cualquier momento, pero no había ninguna. Se movían en silencio, la mirada de Harry estaba fija en el oscilante haz de la varita que aferraba en el puño. Al fin, el túnel empezó a elevarse y Harry vio una tira de luz al frente. Hermione tiró de su tobillo.
—¡La Capa! —susurró— ¡Ponte la Capa!
Tanteó hacia atrás y ella embutió el bulto de escurridiza tela en su mano libre. Con dificultad la pasó sobre sí mismo, murmuró, — Nox —, extinguiendo la luz de la varita , y continuó sobre manos y rodillas, tan silenciosamente como le fue posible, con todos sus sentidos esforzándose al máximo, esperando a cada segundo ser descubiertos, oír una fría y clara voz ó ver un destello de luz verde.
Y entonces oyó voces provenientes de la habitación que había directamente frente a ellos, solo un poco amortiguadas por el hecho de que la abertura al final del túnel había sido bloqueada con lo que parecía ser un viejo cajón. Apenas atreviéndose a respirar, Harry se acercó de lado hasta llegar a la abertura y miró a través de un minúsculo resquicio que había quedado entre el cajón y la pared. La habitación al otro lado estaba tenuemente iluminada, pero pudo ver a Nagini, arremolinándose y enroscándose como una serpiente submarina, segura en su encantada esfera resplandeciente, que flotaba sin apoyo en medio del aire. Podía ver el borde de una mesa, y una blanca mano de largos dedos jugueteando con una varita.
Entonces Snape habló, y el corazón de Harry dio una sacudida. Snape estaba a poca distancia de donde él se agazapaba oculto.
¾...mi Señor, la resistencia se está desmoronando...
¾... y lo está haciendo sin tu ayuda ¾dijo Voldemort con su altiva y clara voz. ¾Aunque tú seas un hábil mago, Severus, no creo que supongas mucha diferencia ahora. Casi estamos... casi.
¾Permítame encontrar al chico. Déjeme traerle a Potter. Sé que puedo encontrarle, mi Señor. Por favor.
Snape pasó a zancadas por delante de la hendidura, y Harry se retiró un poco, manteniendo los ojos fijos en Nagini, preguntándose si habría algún hechizo que pudiera penetrar la protección que la rodeaba, pero no podía recordar ninguno. Un intento fallido, y revelaría su posición.
Voldemort se levantó. Harry podía verle ahora, ver sus ojos rojos, el achatado rostro de serpiente, su palidez reluciendo levemente en la penumbra.
¾Tengo un problema Severus ¾dijo Voldemort suavemente.
¾¿Mi Señor?- ¾dijo Snape.
Voldemort levantó la Varita de Saúco, cogiéndola tan delicada y meticulosamente como la batuta de un director.
¾¿Por qué no me funciona, Severus?
En el silencio Harry imaginó que podía escuchar el leve siseo de la serpiente mientras se enroscaba y desenroscaba... ¿ó era el suspiro sibilante de Voldemort persistiendo en el aire?
¾¿Mi... Mi Señor? ¾ dijo Snape sin comprender. ¾No lo entiendo. Usted... usted ha ejecutado magia extraordinaria con esa varita.
¾No ¾dijo Voldemort¾ He ejercido mi magia habitual. Soy extraordinario, pero esta varita...no. No ha revelado las maravillas que me habían prometido. No percibo diferencias entre esta varita y la que obtuve de Ollivander tantos años atrás.
El tono de Voldemort era pensativo, tranquilo pero la cicatriz de Harry había comenzado a palpitar y latir. El dolor estaba aumentando en su frente, y podía sentir aquel controlado sentimiento de furia creciendo dentro de Voldemort.
¾Ninguna diferencia ¾dijo de nuevo Voldemort.
Snape no habló. Harry no podía verle la cara. Se preguntó si Snape presentía el peligro, y estaba intentando encontrar las palabras adecuadas para tranquilizar a su maestro.
Voldemort empezó a moverse alrededor de la habitación. Harry lo perdió de vista unos segundos mientras la rondaba, hablando con la misma voz mesurada, mientras el dolor y la furia aumentaban en Harry.
¾He pensado largo y tendido, Severus... ¿sabes por qué te he hecho volver de la batalla?
Y por un momento Harry vio el perfil de Snape. Sus ojos estaban fijos en la enroscada serpiente en su caja encantada.
¾No, mi Señor, pero le ruego que me permita volver. Déjeme encontrar a Potter.
¾Suenas como Lucius. Ninguno de vosotros entiende a Potter como lo hago yo. No necesita ser encontrado. Potter vendrá a mí. Yo conozco sus debilidades, sabes, su único gran defecto. Odiaría ver como son fulminados los demás a su alrededor, sabiendo que lo que ocurre es a causa de él. Querrá detenerlo a cualquier precio. Vendrá.
¾Pero mi Señor, podría resultar muerto accidentalmente por cualquier otro antes de que usted...
¾Mis instrucciones a los mortifagos han sido perfectamente claras. Capturar a Potter. Matar a sus amigos...cuantos más, mejor... pero no matarle a él. Pero es de ti de quien deseo hablar, Severus, no de Harry Potter. Has sido muy valioso para mí. Muy valioso.
¾Mi Señor sabe que solo ambiciono servirle. Pero... déjeme ir a por el chico, mi Señor. Déjeme traérselo. Sé que puedo...
¾¡Te he dicho que no! ¾dijo Voldemort, y Harry captó el brillo rojo en sus ojos cuando se giraba de nuevo, y el susurrar de su manto fue como el deslizar de una serpiente, y sintió la impaciencia de Voldemort en su ardiente cicatriz. ¾ Mi preocupación por el momento, Severus, es que ocurrirá cuando finalmente encuentre al chico.
¾Mi Señor, no puede haber dudas, ¿seguramente...?
¾... pero hay una duda, Severus. La hay.
Voldemort se detuvo, y nuevamente Harry pudo verlo perfectamente mientras deslizaba la Varita de Saúco entre sus blancos dedos, mirando fijamente a Snape.
¾¿Por qué las dos varitas que he usado fracasaron cuando las dirigí hacia Harry Potter?
¾Yo... Yo no puedo responder eso mi Señor.
¾¿No puedes?
Harry sintió la puñalada de ira como si le hubieran atravesado la cabeza con un clavo. Se metió el puño dentro de la boca para evitar lanzar un grito de dolor. Cerró los ojos y de repente él era Voldemort, estudiando la pálida cara de Snape.
¾Mi varita de tejo hizo todo lo que le pedí, Severus, excepto matar a Harry Potter. Falló dos veces. Cuando torturé a Ollivander este me habló de los núcleos gemelos, me dijo que usara la varita de otra persona. Así lo hice, pero la varita de Lucius se hizo pedazos tras enfrentarse a la de Potter.
¾No... no tengo explicación, mi Señor.
Snape no estaba mirando ahora a Voldemort. Sus oscuros ojos estaban todavía fijos en la enroscada serpiente en la esfera protectora.
¾Busqué una tercera varita, Severus, la Varita de Sáuco, la Varita del Destino, la Vara de la Muerte. La tome de su dueño anterior. La cogí de la sepultura de Albus Dumbledore.
Y ahora Snape miró a Voldemort, y el rostro de Snape parecía como una mascara de muerte. Era blanco como el mármol y tan quieto que cuando habló, fue una conmoción ver que alguien vivía tras de esos ojos vacíos.
¾Mi Señor...déjeme ir a por el chico...
¾Toda esta larga noche mientras estoy al borde de la victoria, he estado aquí sentado ¾dijo Voldemort, su voz apenas más alta que un suspiro,¾ preguntándome, preguntándome por qué la Varita de Saúco se niega a ser lo que debería ser, se niega a actuar como la leyenda dice que debe actuar para su verdadero dueño...y creo que tengo la respuesta.
Snape no habló
¾¿Quizás tú ya la sabes? Después de todo, eres un hombre inteligente, Severus. Has sido un buen y leal sirviente, y lamento lo que debe ocurrir.
¾Mi Señor...
¾La Varita de Saúco no puede servirme adecuadamente, Severus, porque yo no soy su verdadero dueño. La Varita de Saúco pertenece al mago que asesinó a su último dueño. Tú mataste a Albus Dumbledore. Mientras vivas, Severus, la Varita de Saúco no puede ser realmente mía.
¾¡Mi Señor! ¾protestó Snape, levantando su varita.
¾No hay otro camino ¾dijo Voldemort ¾Debo dominar la varita, Severus. Dominar la varita, y dominar a Potter al fin.
Y Voldemort golpeó el aire con la Varita de Saúco. No pareció hacerle nada a Snape, que por una fracción de segundo pareció pensar que había sido indultado, pero entonces la intención de Voldemort quedó clara. La jaula de la serpiente se había girado en el aire, y antes de que Snape pudiera hacer algo más que gritar, le había cubierto parcialmente, la cabeza y los hombros y Voldemort habló en Parsel.
¾Mata.
Hubo un terrible grito. Harry vio la cara de Snape perder el poco color que le quedaba, empalideció mientras sus negros ojos se ensanchaban, mientras los colmillos de la serpiente atravesaban su cuello, y él fracasaba en su intento de librarse a si mismo de la jaula encantada. Sus rodillas cedieron y cayó al suelo.
¾Lo lamento ¾dijo fríamente Voldemort.
Se apartó. No había tristeza en él, ni remordimiento. Ya era hora de dejar esta choza y hacerse cargo de la situación, con una varita que ahora obedecería todas sus órdenes. La apuntó hacia la resplandeciente jaula, que contenía a la serpiente, y esta flotó hacia arriba, liberando a Snape, que cayó de lado sobre el suelo, con sangre chorreando de las heridas del cuello. Voldemort salió de la habitación sin una mirada atrás y la gran serpiente flotó tras él dentro de su enorme esfera protectora.
De regreso al túnel y a su propia mente, Harry abrió los ojos. Se había hecho sangre al morderse los nudillos en un esfuerzo por no gritar. Ahora estaba viendo a través de la minúscula grieta entre el cajón y la pared, viendo un pie enfundado en una bota negra que temblaba en el suelo.
¾¡Harry!¾dijo Hermione en voz baja tras él, pero él ya había apuntado con la varita el cajón que bloqueaba la vista. Éste se levantó un poco en el aire y flotó haciéndose silenciosamente a un lado. Tan sigilosamente como pudo, se metió en la habitación.
No sabía por que lo estaba haciendo, pero se estaba aproximando al hombre moribundo. No sabía que sentía al ver la blanca cara de Snape, tratando de restañar con los dedos la sangrienta herida del cuello. Harry se sacó la Capa de invisibilidad y bajó la mirada hacia el hombre que odiaba, cuyos agrandados ojos negros encontraron a Harry mientras trataba de hablar. Harry se inclinó sobre él, y Snape le agarró la parte delantera de sus ropas y lo acercó.
Un terrible y borboteante ruido salio de la garganta de Snape.
¾Coge...la... coge... la
Algo
más que sangre estaba escurriéndose de Snape. Azul plateado, ni gas ni liquido, emanaba de su boca, oídos y ojos, y Harry sabía lo que era, pero no sabía qué hacer...
Una redoma, conjurada del el fino aire, fue dejada en su temblorosa mano por Hermione. Harry recogió la plateada sustancia con su varita metiéndola dentro. Cuando la redoma estuvo llena hasta el borde, y Snape daba la sensación de que ya no le quedara nada de sangre dentro, su agarre en la ropa de Harry se aflojó.
¾Mira...a...me...¾susurró Snape.
Los ojos verdes encontraron los negros, pero después de un segundo, algo en las profundidades de los oscuros pareció desaparecer, dejándolos fijos, en blanco y vacíos. La mano que agarrada a Harry hizo un ruido sordo al golpear el suelo, y Snape no se movió más.

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23 Septiembre 2007

Capítulo 31 La Batalla de Hogwarts

El techo encantado del Gran Comedor estaba oscuro y salpicado de estrellas, y bajo él las cuatro largas mesas de las Casas estaban llenas de estudiantes desaliñados, algunos con capas de viaje, otros en bata. Aquí y allá brillaban las figuras blanco perladas de los fantasmas del colegio. Cada ojo, vivo o muerto, estaba fijo en la profesora McGonagall, que estaba hablando desde la elevada plataforma en lo alto del Comedor. Detrás de ella se encontraban el resto de profesores, incluyendo al centauro palomino Firenze, y los miembros de la Orden del Fénix que habían llegado para luchar.
—… la evacuación será supervisada por el señor Filch y la señora Pomfrey. Prefectos, cuando os avise, organizad a vuestras casas y llevad a los estudiantes a vuestro cargo de forma ordenada al punto de evacuación.
Muchos de los estudiantes parecían petrificados. Sin embargo, mientras Harry bordeaba las paredes, examinando la mesa de Gryffindor en busca de Ron y Hermione, Ernie Macmillan se levantó en la mesa de Hufflepuff y gritó: —¿Y si queremos quedarnos y luchar?
Hubo un puñado de aplausos.
—Si sois mayores de edad, podéis quedaros —dijo la profesora McGonagall.
—¿Y qué pasa con nuestras cosas? —habló una chica en la mesa de Ravenclaw—. ¿Nuestros baúles, nuestras lechuzas?
—No tenemos tiempo de recoger posesiones —dijo la profesora McGonagall—. Lo importante es sacaros de aquí sin contratiempos.
—¿Dónde está el Profesor Snape? —gritó una chica desde la mesa de Slytherin.
—Se ha, por decirlo de forma coloquial, largado —respondió la Profesora McGonagall, y un gran vitoreo estalló entre los Gryffindors, Hufflepuffs, y Ravenclaws.
Harry se desplazó por el Comedor junto a la mesa de Gryffindor, todavía buscando a Ron y Hermione. Mientras pasaba, muchas caras se giraron en su dirección y una gran cantidad de susurros estalló tras su estela.
—Ya hemos colocado protección alrededor del castillo —estaba diciendo la Profesora McGonagall—, pero es poco probable que aguante durante mucho tiempo si no la reforzamos. Por tanto, debo pediros que os mováis rápido y con calma, y que hagáis lo que los prefectos os…
Pero sus palabras finales fueron ahogadas por una voz diferente que resonó por todo el Comedor. Era alta, fría y clara. No se podía decir de dónde venía. Parecía emitirse desde las mismas paredes. Como el monstruo al que una vez había dado órdenes, podía haber permanecido latente allí durante siglos.
—Sé que os estáis preparando para luchar —hubo gritos entre los estudiantes; algunos de ellos se agarraron a otros, mirando alrededor aterrados en búsqueda de la fuente del sonido—. Vuestros esfuerzos son inútiles. No podéis luchar contra mí. No quiero mataros. Tengo un gran respeto por los profesores de Hogwarts. No quiero derramar sangre mágica.
Ahora hubo silencio en el Comedor, el tipo de silencio que presionaba contra los tímpanos, que parecía demasiado enorme para ser contenido por las paredes.
—Entregadme a Harry Potter —dijo la voz de Voldemort—, y no se os hará daño. Entregadme a Harry Potter y dejaré la escuela intacta. Entregadme a Harry Potter y seréis recompensados.
—Tenéis hasta medianoche.
El silencio se los tragó de nuevo. Cada cabeza se giró, cada ojo de la habitación pareció posarse en Harry, sujetándole para siempre en el resplandor de miles de rayos invisibles. Entonces una figura se levantó de la mesa de Slytherin, y Harry reconoció a Pansy Parkinson cuando levantó un brazo tembloroso y gritó:
—¡Pero está allí! Potter está allí. ¡Que alguien lo coja!
Antes de que Harry pudiera hablar, hubo un movimiento generalizado. Los Gryffindors que tenía delante se habían levantado y se enfrentaban a los Slytherins, no a Harry. Entonces los Hufflepuffs se levantaron, y casi al mismo tiempo los Ravenclaws, todos con la espalda hacia Harry, todos mirando a Pansy. Y Harry, asombrado y abrumado, vio salir varitas de todas partes, sacadas de debajo de las capas y de las mangas.
—Gracias, señorita Parkinson —dijo la Profesora McGonagall con voz cortante—. Abandonará el Comedor la primera con el señor Filch. El resto de su Casa puede seguirla.
Harry oyó el chirrido de los bancos y luego el sonido de los Slytherin saliendo en tropel por el otro lado del Comedor.
—¡Ravenclaw, seguidlos! —gritó la Profesora McGonagall.
Co
n lentitud las cuatro mesas se vaciaron. La mesa de Slytherin estaba completamente vacía, pero bastantes Ravenclaw de los últimos cursos permanecieron sentados mientras sus compañeros salían; incluso más Hufflepuff se quedaron, y la mitad de los Gryffindors permanecieron en sus asientos, de modo que fue necesario que la Profesora McGonagall bajase de la plataforma de los profesores para obligar a los menores de edad a ponerse de camino.
—¡Absolutamente no, Creevey, váyase! ¡Y usted, Peakes!
Harry se acercó apresurado hacia los Weasley, todos sentados juntos en la mesa de Gryffindor.
—¿Dónde están Ron y Hermione?
—¿No los has encontrado…? —empezó el Señor Weasley, con expresión preocupada.
Pero se interrumpió cuando Kingsley dio un paso adelante en la plataforma elevada para dirigirse a los que se habían quedado.
—Sólo tenemos media hora hasta la medianoche, así que tenemos que actuar con rapidez. Ya se ha aceptado un plan de batalla entre los profesores de Hogwarts y la Orden del Fénix. Los profesores Flitwick, Sprout y McGonagall van a llevar a grupos de luchadores a la parte de arriba de las tres torres más altas —Ravenclaw, Astronomía y Gryffindor— donde tendrán una buena visión general, excelentes posiciones desde donde lanzar hechizos. Mientras tanto Remus —señaló a Lupin—, Arthur —apuntó hacia el señor Weasley, sentado en la mesa de Gryffindor—, y yo, llevaremos grupos a los terrenos. Necesitaremos a alguien que organice la defensa de las entradas o de los pasadizos hacia el colegio…
—Eso suena a un trabajo para nosotros —gritó Fred, indicándose a George y a sí mismo, y Kingsley asintió con aprobación.
—Muy bien, ¡que vengan aquí los líderes y dividiremos las tropas!
—Potter —dijo la Profesora McGonagall, apresurándose hacia él mientras los estudiantes inundaban la plataforma, empujándose por alcanzar una mejor posición, recibiendo instrucciones—. ¿No se supone que tienes que estar buscando algo?
—¿Qué? Oh —dijo Harry—, ¡oh, sí!
Casi se había olvidado del Horrocrux, casi se había olvidado de que se estaba presentando esta batalla para que pudiese buscarlo, la inexplicable ausencia de Ron y Hermione había apartado momentáneamente de su mente el resto de pensamientos.
—¡Entonces vete Potter, vete!
—Cierto… sí…
Sintió que muchos ojos le seguían cuando de nuevo salió corriendo del Gran Comedor, hacia el vestíbulo de entrada todavía lleno de estudiantes que estaban siendo evacuados. Se dejó arrastrar con ellos subiendo la escalera de mármol, pero al llegar arriba se apresuró por un pasillo vacío. Miedo y pánico nublaban sus procesos mentales. Intentó calmarse, concentrarse en encontrar el Horrocrux, pero sus pensamientos zumbaban tan frenéticos e infructuosos como avispas atrapadas bajo un cristal. Sin Ron y Hermione para ayudarle, no parecía ser capaz de ordenar sus ideas. Empezó a avanzar más despacio, deteniéndose a mitad de un pasillo. Se sentó en el pedestal de una estatua que se había ido y sacó el Mapa del Merodeador de la bolsita que llevaba colgada al cuello. No pudo ver por ninguna parte el nombre de Ron o el de Hermione, aunque pensó que la densidad de la multitud de puntos que ahora se dirigían a la Sala de los Menesteres podría estar ocultándolos. Apartó el mapa, se apretó las manos contra la cara y cerró los ojos, intentando concentrarse.
Voldemort creyó que iría a la torre de Ravenclaw.
Ahí estaba, un hecho sólido, un lugar por donde empezar. Voldemort había colocado a Alecto Carrow en la sala común de Ravenclaw, y sólo podía haber una explicación: Voldemort temía que Harry ya supiese que su Horrocrux estaba conectado a esa Casa.
Pero el único objeto que alguien parecía asociar con Ravenclaw era la diadema perdida… ¿y cómo podía ser el Horrocrux la diadema? ¿Cómo era posible que Voldemort, un Slytherin, hubiera encontrado la diadema que había esquivado a generaciones de Ravenclaws? ¿Quién le habría dicho dónde mirar, cuando nadie que hubiese visto la diadema estaba vivo para contarlo?
Nadie estaba vivo para contarlo…
Bajo sus dedos, los ojos de Harry se abrieron de golpe. Saltó del pedestal y se apresuró por donde había venido, ahora en persecución de su última esperanza. El sonido de cientos de personas avanzando hacia la Sala de los Menesteres fue haciéndose más elevado mientras regresaba hacia las escaleras de mármol. Los prefectos estaban gritando instrucciones, intentando llevar la cuenta de los estudiantes de sus propias casas; había muchos empujones y gritos. Harry vio a Zacharias Smith derribando a estudiantes de primer año para llegar al principio de la cola. Aquí y allá estudiantes más jóvenes estaban llorando, mientras los mayores llamaban desesperados a amigos o hermanos.
Harry avistó una figura de un blanco perlado deslizándose por el vestíbulo de entrada hacia abajo, y gritó tan fuerte como pudo por encima del clamor.
—¡Nick! ¡NICK! ¡Necesito hablar con usted!
Se abrió paso entre la marea de estudiantes, finalmente alcanzando la base de las escaleras, donde Nick Casi Decapitado, fantasma de la torre de Gryffindor, estaba esperándole.
—¡Harry! ¡Mi querido muchacho!
Nick intentó agarrar las manos de Harry con las suyas. Harry sintió como si las hubieran metido en agua congelada.
—Nick, tiene que ayudarme. ¿Quién es el fantasma de la torre de Ravenclaw?
Nick Casi Decapitado pareció sorprendido y un poco ofendido.
La Dama Gris, por supuesto; pero si son servicios fantasmales lo que necesitas…
—Tiene que ser ella… ¿sabe donde está?
—Veamos…
La cabeza de Nick se tambaleó un poco en su gorguera al girar de aquí a allá, mirando por encima de las cabezas del tropel de estudiantes.
—Es esa de allí, Harry, la joven con el pelo largo.
Harry miró en la dirección que indicaba el dedo transparente de Nick y vio un fantasma alto, que pilló a Harry mirándola, levantó las cejas y se alejó por una pared sólida.
Harry corrió tras ella. Una vez en la puerta del pasillo por el había desaparecido, la vio llegando al final, todavía deslizándose con fluidez, alejándose.
—¡Eh… espere… vuelva!
Ella accedió a parar, flotando a unos centímetros del suelo. Harry notó que era hermosa, con el pelo largo hasta las caderas y capa hasta los pies, pero también parecía altiva y orgullosa. Al acercarse, la reconoció como el fantasma junto al que había pasado varias veces por los pasillos, pero con quien nunca había hablado.
—¿Usted es la Dama Gris?
Ella asintió, pero no habló.
—¿El fantasma de la torre de Ravenclaw?
—Eso es correcto.
Su tono no era alentador.
—Por favor, necesito algo de ayuda. Necesito saber cualquier cosa que pueda contarme sobre la diadema perdida.
Una sonrisa fría curvó sus labios.
—Me temo —dijo, girándose para marcharse—, que no puedo ayudarte.
—¡ESPERE!
No había tenido intención de gritar, pero el enfado y el pánico amenazaban con abrumarlo. Miró a su reloj mientras ella estaba suspendida delante. Faltaba un cuarto de hora para la medianoche.
—Es urgente —dijo con fiereza—. Si esa diadema está en Hogwarts, tengo que encontrarla, rápido.
—No eres el primer estudiante que codicia la diadema —dijo desdeñosa—. Generaciones de estudiantes me han importunado…
—¡Esto no tiene que ver con sacar mejores notas! —le gritó Harry—. Es sobre Voldemort, derrotar a Voldemort, ¿o es que eso no le interesa?
Ella no se podía sonrojar, pero sus transparentes mejillas se volvieron más opacas, y su voz sonó acalorada cuando respondió: —Por supuesto, ¿cómo te atreves a sugerir…?
—Bueno, ¡entonces ayúdeme!
La compostura el fantasma se estaba resquebrajando.
—No… no es un asunto de… —tartamudeó—. La diadema de mi madre…
—¿Su madre?
Ella pareció enfadada consigo misma.
—Cuando vivía —dijo con rigidez—. Era Helena Ravenclaw.
—¿Usted es su hija? Pero entonces, debe saber lo que pasó con ella.
—Aunque la diadema otorga sabiduría —dijo con un obvio esfuerzo de recuperar la compostura—, dudo que aumente mucho tus posibilidades de derrotar al mago que se hace llamar Lord…
—¡Ya se lo he dicho, no me interesa llevarla! —dijo Harry con fiereza—. No hay tiempo de explicarlo, pero si Hogwarts le importa, si quiere ver a Voldemort acabado, ¡tiene que decirme todo lo que sepa sobre la diadema!
Ella se quedó totalmente inmóvil, flotando en medio del aire, mirándole fijamente, y un sentimiento de desesperación engulló a Harry. Por supuesto, si ella hubiese sabido algo, se lo habría contado a Flitwick o Dumbledore, que seguramente le habrían hecho la misma pregunta. Sacudió la cabeza y empezó a girar para marcharse cuando ella habló en voz baja.
—Le robé la diadema a mi madre.
—¿Usted… hizo qué?
—Robé la diadema —repitió Helena Ravenclaw en un susurro—. Buscaba hacerme más lista, más importante que mi madre. Huí con ella.
No sabía cómo había conseguido ganarse su confianza y no preguntó, simplemente escuchó, firme, mientras ella continuaba.
—Dicen que mi madre nunca admitió que la diadema se había perdido, sino que pretendió que todavía la tenía. Ocultó la pérdida, mi espantosa traición, incluso a los demás fundadores de Hogwarts.
»Entonces mi madre cayó enferma… de muerte. A pesar de mi traición, estaba desesperada por verme una vez más. Envió a un hombre que hacía mucho me había amado, aunque yo había desdeñado sus atenciones, a que me encontrase. Sabía que él no descansaría hasta haberme encontrado.
Harry esperó. Ella respiró profundamente y echó la cabeza hacia atrás.
—Me rastreó hasta el bosque en el que me ocultaba. Cuando rechacé volver con él, se puso violento. El Barón siempre fue un hombre de temperamento fuerte. Furioso ante mi rechazo, celoso de mi libertad, me apuñaló.
—¿El Barón? ¿Quiere decir…?
—El Barón Sanguinario, sí —dijo la Dama Gris, y apartó la capa que llevaba para descubrir una herida oscura en su pecho blanco—. Cuando vio lo que había hecho, se vio abrumado por los remordimientos. Cogió el arma que se había llevado mi vida, y la usó para matarse. Después de todos estos siglos, aún lleva sus cadenas como un acto de penitencia… como debe ser —añadió amargamente.
—¿Y… y la diadema?
—Se quedó donde yo la había escondido cuando oí al Barón avanzar tropezando por el bosque, yendo hacia mí, oculta en el interior de un árbol hueco.
—¿Un árbol hueco? —repitió Harry— ¿Qué arbol? ¿Dónde fue eso?
—Un bosque en Albania. Un lugar solitario que creí fuera del alcance de mi madre.
—Albania —repitió Harry. El sentido estaba surgiendo milagrosamente de la confusión, y ahora entendió porqué le estaba contando lo que le había negado a Dumbledore y Flitwick—. Ya le ha contado a alguien esta historia, ¿verdad? ¿Otro estudiante?
Ella cerró los ojos y asintió.
—No tenía… ni idea… Era adulador. Parecía… entender… comprender…
Sí, pensó Harry. Tom Ryddle ciertamente había entendido el deseo de Helena Ravenclaw de poseer fabulosos objetos sobre los que tenía pocos derechos.
—Bueno, no es la primera persona a la que Ryddle le sonsaca cosas —murmuró Harry—. Podía ser encantador cuando quería…
Así que Voldemort había sido capaz de sonsacarle la localización de la diadema perdida a la Dama Gris. Había viajado a aquel bosque remoto y recuperado la diadema de su escondite, quizás tan pronto como abandonó Hogwarts, antes incluso de haber empezado a trabajar en Borgin y Burkes.
¿Y no le habrían parecido aquellos retirados bosques albaneses un excelente refugio cuando, mucho después, Voldemort había necesitado un lugar donde esconderse, sin ser molestado, durante diez largos años?
Pero la diadema, una vez se convirtió en su valioso Horrocrux, no había sido abandonada en ese modesto árbol… No, la diadema había vuelto en secreto a su verdadero hogar, y Voldemort debía haberla puesto allí…
—…la noche que vino a pedir trabajo! —dijo Harry, acabando su pensamiento.
—¿Perdón?
—¡Ocultó la diadema en el castillo, la noche que le pidió a Dumbledore que le dejara dar clase! —dijo Harry. Decirlo en voz alta le permitió darle sentido a todo—. ¡Debió esconder la diadema al ir, o volver, al despacho de Dumbledore! Pero merecía la pena intentar obtener el trabajo, de lograrlo podría haber tenido oportunidad de robar también la espada de Gryffindor… ¡gracias, gracias!
Harry la dejó allí flotando, con expresión absolutamente desconcertada. Al girar en una esquina para volver al vestíbulo de entrada, comprobó su reloj. Faltaban cinco minutos para la medianoche, y aunque sabía lo qué era el último Horrocrux, no estaba más cerca de descubrir dónde estaba…
Generaciones de estudiantes habían fallado en la búsqueda de la diadema; eso sugería que no estaba en la torre de Ravenclaw… pero si no estaba allí, ¿dónde? ¿Qué escondite había encontrado Tom Ryddle dentro del castillo de Hogwarts, que creía que permanecería secreto para siempre?
Perdido en desesperada especulación, Harry giró en una esquina, pero había dado sólo unos pocos pasos en el nuevo pasillo cuando la ventana a su izquierda se rompió en añicos con un estrépito ensordecedor. Cuando saltó a un lado, un cuerpo gigante voló a través de la ventana y golpeó la pared opuesta.
Algo grande y peludo se separó, gimoteando, de lo que había llegado y se lanzó hacia Harry.
—¡Hagrid! —bramó Harry, rechazando las atenciones de Fang, el gran danés, cuando la enorme figura barbuda se puso en pie—. ¿Qué…?
—¡Harry, estás aquí! ¡Estás aquí!
Hagrid se agachó, le dio a Harry un rápido abrazo que casi le parte las costillas, y corrió de vuelta hacia la ventana hecha añicos.
—¡Buen chico, Grawpy! —bramó a través del agujero en la ventana—. ¡Te veo en un momento, qué buen chico!
Detrás de Harry, en la noche oscura, Harry vio ráfagas de luz en la distancia y oyó un extraño grito agudo. Bajó la mirada a su reloj: era medianoche. La batalla había empezado.
—Caray, Harry —jadeó Hagrid—, este es, ¿eh? El momento de luchar.
—Hagrid, ¿de dónde vienes?
—Escuché a quién-tú-ya-sabes en la cueva —dijo Hagrid ceñudo—. La voz se oye lejos, ¿sabes? "Tenéis hasta medianoche para entregarme a Potter". Supe que debía estar allí, imaginé lo que debería estar sucediendo. Baja, Fang. Así que hemos venido a unirnos, Grawpy, Fang y yo. Nos abrimos paso por el linde del bosque, Grawpy nos llevaba, a mí y Fang. Le dije que me dejase en el castillo, así que me tiró por la ventana, bendito sea. No es exactamente lo que quería decir, pero… ¿dónde están Ron y Hermione?
—Esa —dijo Harry—, es realmente una buena pregunta. Vamos.
Se movieron a prisa por el pasillo, con Fang siguiéndolos patoso. Harry podía oír movimientos a lo largo del pasillo: pasos de gente corriendo, gritos; a través de las ventanas, podía ver más destellos de luz en los oscuros terrenos.
—¿A dónde vamos? —dijo Hagrid sin aliento, sus pasos resonaban, pegados a los talones a Harry, haciendo temblar las tablas.
—No lo sé exactamente —dijo Harry, haciendo otro giro aleatorio—, pero Ron y Hermione deben estar por aquí en algún sitio…
Las primeras bajas de la batalla ya estaban desparramadas en el siguiente pasillo: dos gárgolas de piedra que normalmente guardaban la entrada a la sala de profesores habían sido destrozadas por una maldición que había entrado por una ventana rota. Sus restos se arrastraban débilmente en el suelo, y cuando Harry saltó sobre una de las cabezas sin cuerpo, esta gimió ligeramente.
—Oh, no te preocupes por mí… simplemente me quedaré aquí desmenuzada…
Su fea cara de piedra hizo pensar a Harry en el busto de mármol de Rowena Ravenclaw en la casa de Xenophilius, adornado con ese alocado tocado… y después en la estatua de la torre de Ravenclaw, con la diadema de piedra sobre los rizos blancos…
Y cuando llegó al final del pasillo, el recuerdo de una tercera figura de piedra volvió a él, una de un viejo brujo, uno en cuya cabeza el mismo Harry había colocado una peluca y un destrozado sombrero viejo. La conmoción recorrió a Harry con el calor del whisky de fuego, y casi tropezó.
Sabía, por lo menos, dónde le estaba esperando el Horrocrux.
Tom Ryddle, que no confiaba en nadie y trabajaba sólo, podía haber sido tan arrogante como para asumir que él, y sólo él, había penetrado en los misterios más profundos del castillo de Hogwarts. Por supuesto, Dumbledore y Flitwick, esos estudiantes modelo, nunca habían puesto un pie ese lugar concreto, pero él, Harry, se había desviado del camino habitual en sus días de colegio… había al menos un lugar secreto que él y Voldemort conocían, que Dumbledore nunca había descubierto…
Fue devuelto a la realidad por la profesora Sprout, que pasó con estruendo llevando detrás a Neville y a una media docena más de alumnos, todos con orejeras y lo que parecían ser grandes plantas en macetas.
—¡Mandrágoras! —bramó Neville a Harry por encima del hombro mientras corría—. Vamos a lanzarlas por las paredes… ¡no les va a gustar!
Harry sabía a donde ir. Avanzó más rápido, con Hagrid y Fang corriendo tras él. Pasaron retrato tras retrato, y las figuras pintadas corrieron lateralmente con ellos, brujas y magos con gorgueras y calzones, con armaduras y capas, apretándose en los lienzos de los otros, gritando noticias de otras partes del castillo. Cuando alcanzaron el final de ese pasillo, todo el castillo se sacudió, y Harry supo, cuando un jarrón gigante salió volando de su pedestal con fuerza explosiva, que era por la presión de encantamientos más siniestros que los de los profesores y la Orden.
—¡Todo está bien, Fang, todo está bien! —gritó Hagrid, pero el enorme gran danés se había dado a la fuga cuando astillas de vajilla volaron como metralla por el aire. Hagrid corrió pesadamente tras el aterrorizado perro, dejando a Harry solo.
Siguió adelante por los pasillos temblorosos, con la varita alerta, y recorriendo la longitud del pasillo, el pequeño caballero pintado, Sir Cardigan, se lanzaba de cuadro en cuadro junto a Harry, con la armadura resonando con un ruido metálico, gritando con ánimo, con su pequeño y gordo pony a medio galope por detrás.
—¡Fanfarrones y granujas, perros y bribones, sácalos de aquí, Harry Potter, échalos!
Harry se lanzó por una curva y encontró a Fred y a un pequeño grupo de estudiantes, incluyendo a Lee Jordan y Hannah Abbott, en pie delante de otro pedestal vacío, cuya estatua había ocultado un pasadizo secreto. Sus varitas estaban listas y estaban escuchando en el oculto agujero.
—¡Una buena noche para eso! —gritó Fred cuando el castillo se sacudió otra vez, y Harry pasó a toda velocidad, eufórico y aterrorizado en igual medida. Se lanzó por otro pasillo y entonces vio lechuzas por todas partes, y la señora Norris estaba siseando e intentando espantarlas con las zarpas, sin duda para devolverlas a su lugar apropiado…
—¡Potter!
Aberforth Dumbledore estaba bloqueando el siguiente pasillo, con la varita lista.
—¡Tengo a cientos de chicos haciendo escándalo en mi bar, Potter!
—Lo sé, estamos evacuando —dijo Harry—. Voldemort está…
—… atacando porque no te han entregado, sí —dijo Aberforth—, no estoy sordo, todo Hogsmeade lo oyó. ¿Y no se os ocurrió a ninguno tomar a algunos Slytherins como rehenes? Hay hijos de los mortífagos a los que habéis mandado a ponerse a salvo. ¿No habría sido un poco más inteligente dejarlos aquí?
—Eso no habría detenido a Voldemort —dijo Harry—, y su hermano nunca lo habría hecho.
Aberforth gruñó y se encaminó en dirección contraria.
Su hermano nunca lo habría hecho… Bueno, era la verdad, pensó Harry mientras volvía a correr: Dumbledore, que había defendido a Snape durante tanto tiempo, nunca habría exigido rescate por los prisioneros…
Y entonces derrapó en una última curva y con un grito de alivio mezclado con furia, los vio. Ron y Hermione, ambos con los brazos llenos de grandes objetos curvados, sucios y amarillos, y Ron con una escoba bajo el brazo.
—¿Dónde demonios habéis estado? —gritó Harry.
La Cámara de los Secretos —dijo Ron.
—Cámara… ¿qué? —dijo Harry.
—¡Fue Ron, todo idea de Ron! —dijo Hermione sin aliento—. ¿No fue absolutamente brillante? Ahí estábamos, después de irnos, y le dije a Ron que aunque encontrásemos otro, ¿cómo nos íbamos a deshacer de él? ¡Todavía no nos habíamos ocupado de la copa! ¡Y entonces se acordó de él! ¡En el basilisco!
—¿Qué dem…?
—Algo para terminar con los Horrocruxes —dijo Ron simplemente,
Los ojos de Harry bajaron a los objetos en brazos de Ron y Hermione, grandes colmillos curvados; arrancados, se dio cuenta ahora, de la calavera de un basilisco muerto.
—¿Pero cómo entrasteis allí? —preguntó, mirando de los colmillos a Ron—. ¡Se necesita hablar lengua pársel!
—¡Lo hizo! —susurró Hermione—. ¡Enséñaselo, Ron!
Ron hizo un horrible y estrangulado sonido siseante.
—Es lo que hiciste para abrir el guardapelo —le dijo a Harry disculpándose—. Tuve que probar varias veces hasta que sonó bien, pero —se encogió de hombros con modestia—, al final entramos.
—¡Estuvo increíble! —dijo Hermione—. ¡Increíble!
—Entonces… —Harry estaba luchando para seguir el hilo de la historia—. Entonces…
—Entonces ya queda un Horrocrux menos —dijo Ron, y sacó los restos destrozados de la copa de Hufflepuff de debajo de su chaqueta—. Hermione le clavó el colmillo. Me pareció que debía ser ella. Todavía no había tenido el placer.
—¡Qué genio! —gritó Harry.
—No fue nada —dijo Ron, aunque parecía encantado consigo mismo—. Así que, ¿qué novedades tienes?
Al decirlo, hubo una explosión por encima de sus cabezas. Los tres miraron hacia arriba mientras caía polvo del techo y se escuchaba un grito lejano.
—Sé cómo es la diadema, y dónde está —dijo Harry, hablando con rapidez—. La escondió exactamente donde yo tenía mi viejo libro de Pociones, donde todo el mundo lleva siglos escondiendo cosas. Creyó que era el único que lo había encontrado. Vamos.
Mientras las paredes temblaban otra vez, Harry los llevó de vuelta hacia la entrada tapiada y por la escalera que bajaba a la Sala de los Menesteres. Estaba vacía salvo por tres personas: Ginny, Tonks y una bruja muy anciana que llevaba un apolillado sombrero, a quien Harry reconoció de inmediato como la abuela de Neville.
—Ah, Potter —dijo ella con sequedad como si hubiera estado esperando por él—. ¿Puedes decirnos lo que está sucediendo?.
—¿Están todos bien? —dijeron Ginny y Tonks a la vez.
—Que yo sepa —dijo Harry—. ¿Todavía hay gente en el pasadizo que lleva a La Cabeza de Cerdo?
Sabía que la habitación no sería capaz de transformarse mientras todavía hubiese usuarios en ella.
—Yo fui la última en entrar —dijo la señora Longbottom—. Lo sellé. Creo que no es muy inteligente dejarlo abierto ahora que Aberforth ha abandonado su bar. ¿Habéis visto a mi nieto?
—Está luchando —dijo Harry.
—Naturalmente —dijo la anciana señora con orgullo—. Perdonadme, debo ir y ayudarle.
Con sorprendente rapidez se marchó hacia las escaleras de piedra.
Harry miró a Tonks.
—Creía que se suponía que estabas con Teddy en la casa de tu madre.
—No podía aguantar no saber… —Tonks parecía angustiada—. Ella le cuidará… ¿has visto a Remus?
—Tenía planeando liderar un grupo de luchadores en los terrenos…
Sin decir otra palabra, Tonks se marchó con rapidez.
—Ginny —dijo Harry—, lo siento, pero necesitamos que tú también te vayas. Sólo un momento. Después puedes volver a entrar.
—¡Y después puedes volver! —le gritó mientras la veía echar a correr por los escalones detrás de Tonks—. ¡Tienes que volver!
—¡Espera un momento! —dijo Ron abruptamente—. ¡Nos hemos olvidado de alguien!
—¿Quiénes? —preguntó Hermione.
—Los elfos domésticos. Estarán todos abajo en las cocinas, ¿no?
—¿Quieres decir que deberíamos ordenarles luchar? —preguntó Harry.
—No —dijo Ron serio—. Quiero decir que deberíamos decirles que se marcharan. No queremos más Dobbys, ¿verdad? No podemos ordenarles que mueran por nosotros…
Se oyó estruendo cuando los colmillos de basilisco cayeron en cascada de los brazos de Hermione. Corriendo hacia Ron, le lanzó los brazos al cuello y le besó de lleno en la boca. Ron arrojó los colmillos y la escoba que estaba sujetando y respondió con tanto entusiasmo que levantó a Hermione del suelo.
—¿En este momento? —preguntó Harry débilmente, y cuando no ocurrió nada excepto que Ron y Hermione se abrazaron el uno al otro con más firmeza y se tambalearon, elevó la voz—. ¡Eh! ¡Que estamos en medio de una guerra!
Ron y Hermione se separaron, con los brazos todavía alrededor del otro.
—Lo sé, tío —dijo Ron, que parecía que acababa de recibir un golpe en la parte de atrás de la cabeza con una bludger—, es que es ahora o nunca, ¿no?
—No importa, ¿qué pasa con el Horrocrux? —gritó Harry—. ¿Creéis que podréis… conteneros hasta que tengamos la diadema?
—Sí… de verdad… lo siento —dijo Ron, y él y Hermione empezaron a recoger los colmillos, los dos ruborizados.
Cuando los tres volvieron al pasillo escaleras arriba, quedó claro que en los minutos que habían pasado en la Sala de los Menesteres la situación del castillo se había deteriorado severamente. Las paredes y el techo temblaban más que nunca; el polvo llenaba el aire, y a través de la ventana más cercana, Harry vio ráfagas de luz verde y roja tan cerca de la base del castillo que supuso que los mortífagos debían estar a punto de entrar en él. Mirando hacia abajo, Harry vio al gigante Grawp serpenteando entre ellos, balanceando lo que parecía ser una gárgola de piedra arrancada del techo y rugiendo su disgusto.
—¡Esperemos que pise a algunos! —dijo Ron mientras más gritos resonaban en las cercanías.
—¡Mientras no sea ninguno de los nuestros! —dijo una voz. Harry se giró y vio a Ginny y Tonks, ambas con las varitas apuntadas a la siguiente ventana, a la que le faltaban varios cristales. Incluso mientras miraba, Ginny lanzó una maldición con buena puntería a la multitud de combatientes más abajo.
—¡Buena chica! —rugió una figura corriendo entre el polvo hacia ellos, y Harry vio de nuevo a Aberforth, con su cabello gris volando mientras guiaba a un pequeño grupo de estudiantes—. Es posible que atraviesen las almenas de la parte norte. Tienen sus propios gigantes.
—¿Has visto a Remus? —le gritó Tonks cuando él se marchaba.
—Estaba en un duelo con Dolohov —gritó Aberforth—, ¡no lo he visto desde entonces!
—Tonks —dijo Ginny—, Tonks, estoy segura de que está bien…
Pero Tonks se había marchado corriendo entre el polvo siguiendo a Aberforth.
Ginny se giró, impotente, hacia Harry, Ron, y Hermione.
—Estarán bien —dijo Harry, aunque sabía que eran palabras vacías—. Ginny, volveremos en un momento. Solo quédate a un lado, mantente a salvo… ¡Vamos! —le dijo a Ron y Hermione, y echaron a correr de vuelta a la extensión de pared donde la que la Sala de los Menesteres esperaba recibir las órdenes del siguiente que entrase.
Necesito el lugar donde se esconde todo, rogó Harry en el interior de su cabeza, y una puerta se materializó a la tercera pasada.
El furor de la batalla murió en el momento que cruzaron el umbral y cerraron la puerta tras ellos. Todo estaba en silencio. Estaban en un lugar del tamaño de una catedral con la apariencia de una ciudad, sus altísimas paredes estaban cubiertas de objetos escondidos por miles de estudiantes hacía mucho tiempo.
—¿Y nunca se dio cuenta de que cualquiera podía entrar? —preguntó Ron, su voz resonó en el silencio.
—Pensó que era el único —dijo Harry—. Qué lástima que yo tuviera que esconder cosas en mis tiempos… por aquí —añadió—. Creo que está por aquí abajo…
Pasó delante del trol disecado y el armario evanescente que Draco Malfoy había arreglado el año anterior con consecuencias tan desastrosas. Entonces dudó, mirando arriba y abajo las pilas de trastos; no podía recordar por dónde ir después…
—¡Accio diadema! —gritó Hermione en desesperación, pero nada voló por el aire hacia ellos. Parecía que, como en la cámara de Gringotts, la habitación no cedería los objetos ocultos tan fácilmente,
—Separémonos —le dijo Harry a los otros dos—. ¡Buscad un busto de piedra de un anciano con una peluca y una diadema! Está sobre un armario y definitivamente en algún lugar cerca de aquí…
Se apuraron por los pasillos contiguos. Harry podía escuchar los pasos de los otros resonando sobre las elevadas pilas de trastos, de libros, sombreros, cajas, sillas, libros, armas, escobas, bates…
—En algún lugar cerca de aquí —murmuró Harry para sí—. En algún lugar… En algún lugar…
Se adentró cada vez con más profundidad en el laberinto, buscando objetos que reconocía de su anterior viaje a la habitación. La respiración le retumbaba en sus oídos, y su misma alma parecía temblar. Ahí estaba, justo enfrente, el viejo armario con la superficie llena de ampollas en el que había escondido su viejo libro de pociones, y arriba de todo, el picado brujo de piedra que llevaba un viejo sombrero polvoriento y lo que parecía ser una antigua diadema opaca.
Ya había estirado la mano, aunque estaba a unos metros de distancia, cuando una voz atrás de él dijo:
—Quieto, Potter.
Resbaló hasta detenerse y se dio la vuelta. Crabbe y Goyle estaban detrás de él, hombro con hombro, con las varitas directamente apuntadas hacia Harry. A través del pequeño espacio entre sus caras burlonas, vio a Draco Malfoy.
—Es mi varita la que estás sujetando, Potter —dijo Malfoy, apuntando la suya a través del hueco entre Crabbe y Goyle.
—Ya no —jadeó Harry, apretando con más fuerza la varita de endrino—. Él que gana se la queda, Malfoy. ¿Quién te ha dejado la suya?
—Mi madre —dijo Draco.
Harry se rió, aunque no había nada demasiado divertido en la situación. Ya no podía oír a Ron o a Hermione. Parecían haber corrido lejos del alcance de su oído, buscando la diadema.
—¿Entonces cómo es que los tres no estáis con Voldemort? —preguntó Harry.
—Vamos a ser recompensados —dijo Crabbe. Su voz era sorprendentemente suave, para ser la de una persona tan enorme. Harry apenas le había oído hablar antes. Crabbe hablaba como un niño pequeño al que le hubiesen prometido una bolsa de caramelos—. Nos quedamos, Potter. Decidimos no irnos. Decidimos entregarte.
—Buen plan —dijo Harry con fingida admiración. No podía creer que estando tan cerca se lo fuesen a impedir Malfoy, Crabbe, y Goyle. Empezó a retroceder lentamente hacia el lugar donde el Horrocrux estaba ladeado sobre el busto. Si sólo pudiese ponerle las manos encima antes de que estallase la pelea…
—¿Entonces cómo entrasteis aquí? —preguntó, intentando distraerlos.
—Prácticamente viví en la Habitación de las Cosas Escondidas todo el año pasado —dijo Malfoy, con voz crispada—. Sé cómo entrar en ella.
—Estábamos escondidos en el pasillo de fuera —gruñó Goyle—. ¡Ahora podemos hacer Encantamientos Desilusionadores! Y entonces —en su cara se formó una sonrisa estúpida—, ¡apareciste justo delante de nosotros buscando una dia-dum! ¿Qué es una dia-dum?
—¿Harry? —la voz de Ron sonó de repente del otro lado de la pared, a la derecha de Harry—. ¿Estás hablando con alguien?
Con un movimiento rápido, Crabbe apuntó su varita hacia la montaña de quince metros de muebles viejos, baúles rotos, viejos libros, ropa y trastos imposibles de identificar, y gritó: —¡Descendo!
La pared empezó a tambalearse, y entonces el tercio superior cayó en el pasillo de al lado, en el que estaba Ron.
—¡Ron! —bramó Harry, cuando en algún lugar que no estaba a la vista Hermione gritó, y Harry oyó innumerables objetos caer al suelo al otro lado de la desestabilizada pared. Apuntó su varita a la muralla y gritó: —¡Finite! —y se estabilizó.
—¡No! —gritó Malfoy, agarrando el brazo de Crabbe cuando esté hizo amago de repetir el hechizo—. ¡Si destrozas la habitación puede que entierres esa cosa, esa diadema!
—¿Importa eso? —dijo Crabbe, liberándose—. Es a Potter a quien quiere el Señor Tenebroso, ¿a quién le importa una dia-dum?
—Potter vino hasta aquí para cogerla —dijo Malfoy, con impaciencia poco disimulada ante la lentitud de sus compañeros—, así que debe significar…
—¿"Debe significar"? —Crabbe se giró hacia Draco sin disimular su ferocidad—. ¿A quién le importa lo que tú creas? Ya no recibo órdenes tuyas, Draco. Tú y tu padre estáis acabados.
—¿Harry? —gritó Ron de nuevo, desde el otro lado del montón de trastos—. ¿Qué está pasando?
—¿Harry? —imitó Crabbe—. ¿Qué está pasando…?
-¡No, Potter! ¡Crucio!
Harry se había lanzado hacia la diadema. La maldición de Crabbe no le alcanzó, pero golpeó al busto de piedra, que voló por los aires. La diadema se elevó y luego cayó fuera de la vista sobre la masa de objetos en los que el busto había estado apoyado.
—¡ALTO! —gritó Malfoy a Crabbe, su voz resonó por la habitación—. El Señor Tenebroso lo quiere vivo…
—¿Y? No le he matado, ¿verdad? —gritó Crabbe, empujando el brazo de Malfoy que le retenía—. Pero si puedo, lo haré. De todas formas el Señor Tenebroso le quiere muerto, ¿cuál es la difer…
Un chorro de luz escarlata pasó a centímetros de Harry. Hermione había doblado la esquina y lanzado un encantamiento aturdidor a la cabeza de Crabbe. Sólo falló porque Malfoy le apartó.
—¡Es esa sangre sucia! ¡Avada Kedavra!
Harry vio a Hermione lanzarse a un lado, y la furia de ver que Crabbe había apuntado a matar, borró todo lo demás de su mente. Le lanzó a Crabbe un Hechizo Aturdidor, este se hizo a un lado, tirando la varita de Malfoy fuera de su mano, esta rodó fuera de la vista bajo una montaña de muebles y huesos rotos.
—¡No lo matéis! ¡NO LO MATÉIS! —gritaba Malfoy a Crabbe y Goyle, que estaban apuntando a Harry. Su vacilación durante esa fracción de segundo fue todo lo que Harry necesitó.
—¡Expelliarmus!
La varita de Goyle salió volando de su mano y desapareció en el baluarte de objetos que había a su lado. Goyle saltó tontamente donde estaba, intentado recuperarla. Malfoy saltó fuera del alcance del segundo Hechizo Aturdidor de Hermione, y Ron, apareciendo de repente al final del pasillo, lanzó un hechizo de Inmovilización Total a Crabbe, que no le alcanzó por poco.
Crabbe se dio la vuelta y gritó: —¡Avada Kedavra! —de nuevo. Ron saltó fuera de vista para eludir el chorro de luz verde. Malfoy, que estaba sin varita, se ocultó detrás de un armario de tres patas cuando Hermione cargó contra ellos, golpeando a Goyle con un Hechizo Aturdidor al avanzar.
—¡Está por aquí, en algún lugar! —le gritó Harry, apuntando a la pila de trastos en los que la vieja diadema había caído—. Búscala mientras yo voy a ayudar a Ron…
—¡HARRY! —gritó ella.
Un sonido crepitante y humeante a su espalda le advirtió. Se giró y vio a Ron y Crabbe corriendo por el pasillo hacia él, tan rápido como podían.
—¿Te gusta caliente, escoria? —rugía Crabbe mientras corría.
Pero no parecía tener control sobre lo que había hecho. Llamas de un tamaño anormal los estaban persiguiendo, lamiendo los laterales de las murallas de trastos, que se estaban desmenuzando convertidos en hollín ante su contacto.
—¡Aguamenti! —chilló Harry, pero el chorro de agua que salió de la punta de su varita se evaporó en el aire.
—¡CORRED!
Malfoy agarró al aturdido Goyle y lo arrastró. Crabbe los adelantó a todos, ahora con aspecto aterrorizado. Harry, Ron y Hermione iban a todo correr tras su estela, y el fuego los persiguía. No era un fuego normal. Crabbe había usado una maldición que Harry no conocía. Cuando giraron en una curva las llamas los persiguieron como si estuvieran vivas, sensibles, decididas a matarlos. Ahora el fuego estaba mutando, formando una manada gigante de bestias ardientes: serpientes llameantes, quimeras y dragones se elevaban y caían, y se elevaban de nuevo, y los detritus de siglos de los que se estaban alimentando, fueron lanzados al aire y hacia sus bocas con colmillos, sacudidos en lo alto de pies con garras, antes de ser consumidos por el infierno.
Malfoy, Crabbe y Goyle habían desaparecido fuera de vista; Harry, Ron y Hermione se pararon en seco: los ardientes monstruos estaban rodeándolos, acercándose cada vez más, moviendo garras, cuernos y colas, y el calor a su alrededor era tan sólido como una pared.
—¿Qué podemos hacer? —gritó Hermione por encima de los rugidos ensordecedores del fuego—. ¿Qué podemos hacer?
—¡Aquí!
Harry agarró un par de escobas de aspecto sólido de la pila más cercana de trastos y le lanzó una a Ron, que puso a Hermione detrás. Harry pasó la pierna por encima de la segunda escoba y, con fuertes golpes en el suelo, se elevaron en el aire, esquivando por centímetros el pico cornudo de una llameante ave de rapiña que cerró la mandíbula con fuerza. El calor y el humo se estaban volviendo insoportables. Bajo ellos el fuego maldito estaba consumiendo el contrabando de generaciones de estudiantes perseguidos, los resultados culpables de miles de experimentos prohibidos, los secretos de incontables almas que habían buscado refugio en la habitación. Harry no podía ver ni rastro de Malfoy, Crabbe o Goyle por ninguna parte. Descendió en picado tan bajo como se atrevió sobre los merodeadores monstruos llameantes para intentar encontrarlos, pero no había nada más que fuego. Qué terrible manera de morir… nunca había querido esto…
—¡Harry, salgamos, salgamos! —bramó Ron, aunque a través del humo negro era imposible ver dónde estaba la puerta.
Y entonces Harry escuchó un débil y lastimoso grito humano en el medio de la terrible conmoción, del estruendo de las llamas devoradoras.
—¡Es… demasiado… peligroso! —gritó Ron, pero Harry se giró en el aire. Con las gafas proporcionándole una pequeña protección en los ojos contra el humo, rastreó la tormenta de fuego que había debajo, buscando un signo de vida, una extremidad o una cara que todavía no estuviese carbonizada como la madera…
Y entonces les vio. Malfoy con los brazos alrededor del inconsciente Goyle, ambos colocados sobre una frágil torre de carbonizados pupitres, y Harry bajó en picado. Malfoy le vio acercarse y elevó un brazo, pero incluso cuando Harry lo cogió, supo al momento que no servía de nada. Goyle era demasiado pesado y la mano de Malfoy, cubierta de sudor, resbaló al instante de la mano de Harry…
—¡SI MORIMOS POR ELLOS, TE MATARÉ, HARRY! —rugió la voz de Ron, y, mientras una gran quimera llameante se lanzaba hacia ellos, él y Hermione arrastraron a Goyle a su escoba y se elevaron de nuevo en el aire, girando y tambaleándose, mientras Malfoy se encaramaba detrás de Harry.
—¡La puerta, llega hasta la puerta, la puerta! —gritó Malfoy al oído de Harry, y Harry aceleró, siguiendo a Ron, Hermione y Goyle a través del ondeante humo negro, apenas capaces de respirar. A su alrededor los últimos objetos sin quemar por las llamas devoradoras fueron lanzados en el aire, cuando las criaturas del fuego maldito las lanzaron a lo alto en celebración: copas y escudos, un collar centelleante y una vieja diadema opaca…
—¡Qué estás haciendo, qué estás haciendo, la puerta está por ese lado! —gritó Malfoy, pero Harry realizó un giro cerrado y se lanzó en picado. La diadema parecía caer a cámara lenta, girando y brillando mientras bajaba hacia las fauces de una serpiente con la boca abierta, y entonces la cogió, se la puso alrededor de la muñeca…
Harry volvió a virar bruscamente cuando la serpiente se lanzó hacia él; se elevó hacia arriba, directo al lugar donde, rezaba, estuviera la puerta abierta. Ron, Hermione y Goyle habían desaparecido. Malfoy estaba gritando y agarrándose tan fuerte a Harry que le hacía daño. Entonces, a través del humo, Harry vio una mancha rectangular en la pared y dirigió la escoba hacia ella. Momentos después el aire limpio le llenó los pulmones y colisionaron contra la pared del pasillo de enfrente.
Malfoy cayó de la escoba bocabajo, jadeando, tosiendo y con arcadas.
Harry se dio la vuelta y se sentó. La puerta de la Sala de los Menesteres se había desvanecido, y Ron y Hermione estaban sentados sin aliento junto a Goyle, que todavía estaba inconsciente.
—C-Crabbe —dijo Malfoy con voz ahogada tan pronto como pudo hablar—. C-Crabbe…
—Está muerto —dijo Ron con severidad.
Se hizo el silencio, sólo roto por los gemidos y toses. Entonces un gran número de enormes explosiones sacudió el castillo, y una gran cabalgata de figuras transparentes pasó galopando en sus caballos, con las cabezas gritando con sed de sangre bajo sus brazos. Harry se levantó tambaleándose cuando el Cazador sin Cabeza pasó y miró alrededor: la batalla todavía tenía lugar a su alrededor. Podía oír más gritos que aquellos de los fantasmas que acababan de pasar. El pánico lo invadió.
—¿Dónde está Ginny? —dijo bruscamente—. Estaba aquí. Se suponía que tenía que volver a la Sala de los Menesteres.
—Caray, ¿crees que todavía funcionará después de ese fuego? —preguntó Ron, mientras se ponía en pie, frotándose el pecho y mirando de derecha a izquierda—. ¿Deberíamos dividirnos y mirar…?
—No —dijo Hermione, también levantándose. Malfoy y Goyle permanecieron inútilmente desplomados en el suelo del pasillo; ninguno tenía varita—. Permanezcamos juntos. Digo que vayamos… Harry, ¿qué es eso en tu brazo?
—¿Qué? Oh, sí…
Se sacó la diadema de la muñeca y la levantó. Todavía estaba caliente, ennegrecida de hollín, pero cuando la examinó más cerca fue capaz de ver las pequeñas letras que tenía grabadas: Una inteligencia sin límites es el mayor tesoro de los hombres.
Una sustancia como sangre, oscura y alquitranada, parecía estar manado de la diadema. De repente Harry la sintió vibrar con violencia, después romperse entre sus manos, y al hacerlo, le pareció oír un débil y distante grito de dolor, resonando no sólo en los terrenos del castillo, si no en el objeto que acababa de fragmentarse entre sus dedos.
—¡Debe de haber sido Fiendfyre! —dijo Hermione con un quejido, con los ojos en la pieza rota.
—¿Cómo dices?
—Fiendfyre —fuego maldito— es una de las sustancias que destruyen Horrocruxes, pero yo nunca, nunca me habría atrevido a usarlo, por lo peligroso que es… ¿cómo supo Crabbe cómo…?
—Debió de aprenderlo de los Carrow —dijo Harry severamente.
—Una pena que no estuviese concentrado cuando le mencionaron cómo pararlo, la verdad —dijo Ron, cuyo pelo, al igual que el de Hermione, estaba chamuscado, y cuya cara estaba ennegrecida—. Si no hubiese intentado matarnos a todos, lamentaría bastante que estuviese muerto.
—¿Pero no te das cuenta? —susurró Hermione—. Esto quiere decir, que si podemos pillar a la serpiente…
Pero se interrumpió cuando gritos y alaridos y los inconfundibles sonidos de duelos llenaron el pasillo. Harry miró alrededor y su corazón pareció fallar. Los mortífagos habían entrado en Hogwarts. Fred y Percy acababan de aparecer a la vista, ambos peleando contra hombres enmascarados y con capuchas.
Harry, Ron y Hermione corrieron para ayudarlos. Chorros de luz volaron en todas direcciones y el hombre que peleaba con Percy retrocedió con rapidez, entonces la capucha se deslizó y vieron una alta frente y cabello veteado…
—¡Hola, Ministro! —bramó Percy, lanzando una limpia maldición directamente hacia Thicknesse, que dejó caer la varita y se empezó a arañarse las ropas por delante, aparentemente con tremendo malestar—. ¿Le he mencionado que renuncio?
—¡Estás de coña, Perce! —gritó Fred cuando el mortífago con el que estaba luchando se derrumbó bajo el efecto de tres Hechizos Aturdidores distintos. Thicknesse había caído al suelo con pequeños pinchos saliéndole por todas partes, parecía estarse convirtiendo en una especie de erizo de mar. Fred miró a Percy con regocijo.
—Realmente estás bromeando, Perce… no creo haberte oído bromear desde que tenías…
El aire explotó. Habían estado agrupados todos juntos, Harry, Ron, Hermione, Fred, y Percy, con los dos mortífagos a sus pies, uno aturdido y el otro transformado; y en esa fracción de segundo, cuando el peligro parecía temporalmente a raya, el mundo se desgarró. Harry se sintió volar por el aire, y todo lo que pudo hacer fue agarrarse lo más fuerte posible a esa fina ramita de madera que era su única arma, y protegerse la cabeza con las manos. Escuchó los gritos y alaridos de sus compañeros, sin esperanza de saber lo que les había pasado…
Y entonces el mundo se volvió todo dolor y penumbra. Estaba medio enterrado en las ruinas de un pasillo que había sido objeto de un terrible ataque. El aire frío le dijo que esa parte del castillo había volado, y algo caliente y pegajoso en su mejilla le indicó que estaba sangrando abundantemente. Entonces escuchó un grito terrible que le retorció las entrañas, que expresaba agonía de un tipo que ninguna llama o maldición podía causar, y se levantó, tambaleándose, más asustado de lo que había estado en todo el día, más asustado, quizás, de lo que había estado en toda su vida…
Hermione estaba luchando por ponerse en pie entre las ruinas, y tres hombres pelirrojos estaban juntos en el suelo donde la pared había explotado. Harry agarró la mano de Hermione al tambalearse y tropezar contra piedra y madera.
—¡No… no… no…! —estaba gritando alguien—. ¡No! ¡Fred! ¡No!
Percy estaba sacudiendo a su hermano, y Ron estaba arrodillado a su lado. Los ojos de Fred miraban sin ver, con el fantasma de su última sonrisa todavía grabada en la cara.



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23 Septiembre 2007

Capítulo 30 La Destitución de Severus Snape

En el momento que su dedo tocó la Marca, la cicatriz de Harry ardió salvajemente, la estrellada habitación desapareció de la vista, y se encontró de pie sobre el saliente de una roca bajo un acantilado, el mar moviéndose a su alrededor y había triunfo en su corazón. Tenían al chico.
Un fuerte golpe trajo a Harry de vuelta a la realidad. Desorientado, alzó la varita, pero la bruja que tenía ante él ya estaba cayendo, golpeó contra el suelo, tan fuerte que los cristales de la librería tintinearon.
-Nunca he Aturdido a nadie excepto en nuestras lecciones del E.D., -dijo Luna, sonando medianamente interesada-. Hizo más ruido del que pensé que haría.
Y efectivamente, el techo empezó a temblar con carreras apresuradas, el eco de pasos crecía en intensidad tras la puerta que se dirigía a los dormitorios. El hechizo de Luna había despertado a los Rawenclaws que dormían arriba.
-¿Luna, dónde estás? ¡Tengo que meterme bajo la Capa!
Los pies de Luna aparecieron de ninguna parte, corrió a su lado y dejó caer la Capa sobre ellos cuando la puerta se abrió y una riada de Ravenclaw, todos ellos en pijama, inundaron la sala común. Hubo jadeos y gritos de sorpresa cuando vieron a Alecto yaciendo allí inconsciente. La rodearon lentamente, una bestia salvaje que podía despertar en cualquier momento y atacarles. Entonces un valiente pequeño de primero se adelantó y la pinchó en el trasero con el dedo gordo.
-¡Creo que puede estar muerta! –gritó con deleite.
-Oh mira, -susurró Luna felizmente, mientras los Ravenclaw se apiñaban alrededor de Alecto-. !Están encantados!
-Bravo... genial...
Harry cerró los ojos, y cuando la cicatriz latió eligió hundirse de nuevo en la mente de Voldemort. Se movía a lo largo de un túnel en la primera cueva. Había escogido asegurarse de que el guardapelo estaba bien antes de ir a... pero no le llevaría mucho tiempo...
Se oyó un golpe en la puerta de la sala común y cada uno de los Ravenclaw se quedó helado. Desde el otro lado, Harry oyó la suave y musical voz que surgía del picaporte en forma de águila.
-¿Adónde van los objetos Desaparecidos?
-¿Y yo que sé? !Cállate! –gruñó una voz inculta que Harry conocía como la del hermano de Carrow, Amycus-, ¿Alecto? ¿Alecto? ¿Estás allí? ¿Le tienes? !Abran la puerta!
Los Ravenclaw susurraban entre ellos, aterrorizados. Luego sin ninguna advertencia, hubo una serie de fuertes golpes, como si alguien disparara un arma contra la puerta.
-¡ALECTO! Si viene, y no tenemos a Potter. ¿Quieres seguir el mismo camino que los Malfoy? !CONTÉSTAME! –bramó Amycus, sacudiendo la puerta con todas sus fuerzas, pero ni aun así la puerta se abrió. Los Ravenclaw estaban todos en la parte de atrás, y algunos de los más asustados echaron a correr por las escaleras hacia sus camas. Luego, justo cuando Harry se estaba preguntando si debía o no abrir la puerta de golpe y Aturdir a Amycus antes de que el mortífago pudiera hacer algo más, una segunda voz mucho más familiar se oyó detrás de la puerta.
-¿Puedo preguntar que está usted haciendo, Profesor Carrow?
-!Intento... conseguir... traspasar esta maldita... puerta! –gritó Amycus-. !Ve y traéme a Flitwick! !Obligueles a abrirla, ahora mismo!
-¿Pero no está su hermana ahí? -preguntó la Profesora McGonagall-. ¿No Profesor? Flitwick la dejó ahí esta tarde más temprano, ante su urgente petición ¿Quizás ella podría abrirle la puerta? Entonces no necesitaría despertar a medio castillo.
-!No contesta, vieja escoba! !Abrala! !Demonios! !Hágalo ahora!.
-Si de verdad lo desea -dijo la profesora McGonagall, con gran frialdad. Se oyó un geltil golpe de la aldaba y la voz musical preguntó otra vez.
-¿Adónde van los objetos Desaparecidos?
-A la no existencia, lo que quiere decir, al todo, -replicó la profesora McGonagall.
-Muy bien expresado -respondió la aldaba en forma de águila, y la puerta se abrió suavemente.
Los pocos Ravenclaw que se habían quedado atrás corrieron rápidamente hacia las escaleras cuando Amycus apareció en el umbral, blandiendo su varita. Encorvado como su hermana, tenía una cara pálida y fofa y ojos diminutos, que cayeron de inmediato sobre Alecto, extendida inmóvil en el suelo.
Dejó escapar un grito de furia y miedo.
-¿Qué habéis hecho, jovencitos? –gritó-. Voy a imponer la Maldición Cruciatus a un buen montón de ellos hasta que me digan quién lo hizo… ¿y qué voy a decirle al Señor Oscuro? –chilló, de pie sobre su hermana y golpeándose la frente con el puño-, ¡No lo tenemos, se han ido y la han matado!
-Sólo está Aturdida, -dijo impaciente la profesora McGonagall que se había inclinado para examinar a Alecto-. Se pondrá bien.
-¡No lo creo! –bramó Amycus-. ¡No después de que el Señor Oscuro acabe con ella! Está acabada y borrada para él, siento arder mi Marca. ¡Y cree que tenemos a Potter!
-¿Tienen a Potter? –dijo la profesora McGonagall bruscamente-, ¿Qué quiere decir, "tienen a Potter"?
-Él nos dijo que Potter intentaría entrar en la Torre de Ravenclaw, ¡y nos envió aquí para atraparle!
-¿Por qué trataría Harry Potter de entrar en la Torre de Ravenclaw? ¡Potter pertenece a mi Casa!
Bajo la incredulidad y la cólera, Harry oyó un pequeño dejo de orgullo en su voz y el afecto que sentía hacia Minerva McGonagall brotó en su interior.
-¡Nos informaron de que podría presentarse aquí! –dijo Carrow-. No se por qué.
La profesora McGonagall se levantó y sus pequeños ojos brillantes recorrieron la habitación. Dos veces pasaron por encima del lugar dónde estaban Harry y Luna.
-Podemos cargárselo a los chicos, -dijo Amycus, su cara de cerdo repentinamente astuta-. Bravo, eso es lo que haremos. Le diremos que Alecto fue emboscada por los niños, los niños de arriba -se quedó mirando el techo estrellado hacia el dormitorio- y le diremos que ellos la obligaron a tocarse la Marca, y así fue como se produjo la falsa alarma… No puede castigarlos a ellos. Una par de chicos más o menos, ¿Cuál es la diferencia?
-La única diferencia es la que hay entre la verdad y la mentira, el valor y la cobardía, -dijo la profesora McGonagall, que se puso pálida-, una diferencia, en resumen, que usted y su hermana parecen incapaces de apreciar. Pero déjeme dejarle una cosa muy clara. No va a cargar las culpas de sus numerosas ineptitudes a los estudiantes de Hogwarts. No lo permitiré.
-¿Perdón?
Amycus se movió hasta que estuvo ofensivamente cerca de la profesora McGonagall, la cara a pocas pulgadas de la de ella. McGonagall se negó a dar un pasó atrás, en lugar de eso bajó la mirada hacia él como si fuera algo repugnante que hubiera encontrado pegado al retrete.
-La cuestion no es que lo permitas, Minerva McGonagall. Tu tiempo se acabó. Nosotros estamos al cargo ahora, y me respaldarás o pagarás el precio.
Y le escupió en la cara.
Harry se sacó la Capa de encima, alzando la varita, y dijo,
-No deberías haber hecho esto.
Cuando Amycus se giraba, Harry gritó,
-¡Crucio!
El mortífago se levanto sobre sus pies. Se contorsionó en el aire como un ahogado, azotado y aullando de dolor, y entonces, con un crujido y un estallido de cristales, y se estrelló contra la librería y cayó acurrucado e insensible, en el suelo.
-Ya veo lo que quería decir Bellatrix, -dijo Harry, con la sangre tronando a través de su cerebro-, es necesario desearlo realmente.
-¡Potter! –susurró la profesora McGonagall, aferrándose al corazón- ¡Potter… estás aquí! ¿Qué…? ¿Cómo…? –Luchó para recobrar la compostura-. ¡Potter, eso ha sido una locura!
-Le escupió, -dijo Harry.
-Potter, yo… eso es muy… galante de tu parte… ¿pero no te das cuenta…?
-Sí, me doy cuenta, -le aseguró Harry. En cierta forma su pánico le estabilizó-. Profesora McGonagall, Voldemort está en camino.
-¿Oh, ahora se nos permite decir el nombre? –preguntó Luna con un aire de interés, quitándose la Capa de Invisibilidad. La aparición de un segundo proscrito pareció abrumar a la profesora McGonagall, que se tambaleó hacia atrás y cayó en una silla cercana, aferrándose al cuello de su viejo camisón de tartán.
-No creo que haya ninguna diferencia en como le llamemos, -dijo Harry a Luna-. Siempre sabe dónde estoy.
Una parte distante del cerebro de Harry, esa parte conectada a la inflamada y ardiente cicatriz, podía ver a Voldemort navegando rápidamente sobre el oscuro lago en un fantasmagórico bote verde… Casi había alcanzado la isla en dónde estaba la vasija de piedra…
-Debéis escapar, -susurró la profesora McGonagall-, ¡Ahora Potter, tan rápido como podáis!
-No puedo, -dijo Harry-. Hay algo que necesito hacer. Profesora, ¿Sabe dónde está la diadema de Ravenclaw?
-¿La d-diadema de Ravenclaw? Por supuesto que no… ha estado perdida durante siglos. –Se sentó un poco más derecha-. Potter, es una locura, una completa locura para ti entrar en este castillo…
-Tenía que hacerlo, -dijo Harry-. Profesora, hay algo escondido aquí que se supone que debo encontrar, y podría ser la diadema… si al menos pudiera hablar con el profesor Flitwick…
Se oyó un movimiento, un tintineo de cristal. Amycos se estaba dando la vuelta.
Antes de que Harry o Luna pudieran actuar, la profesora McGonagall se levantó, apuntando la varita hacia el atontado mortífago, dijo,
-Imperio.
Amycus se levantó, caminó hacia su hermana, recogió la varita, luego se encaminó obedientemente hacia la profesora McGonagall y se la dio junto con la suya. Luego se echó en el suelo junto a Alecto. La profesora McGonagall agitó su varita otra vez, y una cuerda brillante de plata apareció por arte de magia y reptó alrededor de los Carrows, atándolos juntos apretadamente.
-Potter, -dijo la profesora McGonagall, volviendo de nuevo la cara hacia él con soberbia indiferencia hacia el apuro de los Carrows-. Si El Que No Debe ser Nombrado se entera de que estás aquí…
Mientras decía esto, un arranque de cólera, como un dolor físico, atravesó a Harry dejando ardorosa su cicatriz, y por un segundo bajó la mirada a una vasija cuya poción se había vuelto clara, y veía que ningún guardapelo de oro yacía seguro bajo la superficie.
-Potter, estás bien. –dijo una voz, y Harry regresó. Estaba aferrado al hombro de Luna para estabilizarse.
-El tiempo corre, Voldemort se está acercando, profesora, actuo bajo las ordenes de Dumbledore, ¡debo encontrar lo que quería que encontrara! Pero tengo que mantener a los estudiantes fuera mientras registro el castillo. Es a mí a quien Voldemort quiere, pero no le importará matar a unos pocos más o menos, no ahora… -no ahora que sabe que estoy acabando con los Horrocruxes, Harry terminó la frase en su cabeza.
-¿Actúas bajo las órdenes de Dumbledore? –repitió ella con una mirada naciente de asombro. Luego se alzó en su altura completa-. Debemos asegurar la escuela contra el Que No Debe ser Nombrado mientras buscas ese… ese objeto.
-¿Eso es posible?
-Creo que sí, -dijo la profesora McGonagall secamente-, los profesores somos bastante hábiles con la magia, sabes. Estoy segura que seremos capaces de mantenerle alejado un rato si ponemos todo nuestro empeño en ello. Por supuesto, tendremos que hacer algo con el profesor Snape…
-Dejeme…
-…y si Hogwarts está a punto de entrar en un estado de sitio, con el Señor Oscuro a sus puertas, ciertamente sería aconsejable apartar a cuanta más gente inocente sea posible del camino. Con las comunicaciones Flu bajo su control y la Aparición imposible siquiera en los terrenos…
-Hay un camino, -dijo Harry rápidamente, y le habló del pasadizo que cuya entrada se escondía en La Cabeza del Cerdo.
-Potter, estamos hablando de cientos de estudiantes…
-Lo sé, profesora, pero si Voldemort y los mortífagos se concentran en los límites de la escuela no se interesarán en nadie que se Desaparezca fuera de La Cabeza del Cerdo
-Hay algo de razón eso, -estuvo ella de acuerdo. Apuntó la varita hacia los Carrows, y una red plateada cayó sobre sus cuerpos unidos, se ató a su alrededor, y los alzó en el aire, dónde quedaron suspendidos bajo el techo azul y dorado como dos grandes y feas criaturas marinas-. Vamos. Tenemos que alertar a los otros Jefes de Casas. Mejor te vuelves a poner la Capa.
March
ó hacia la puerta, y mientras lo hacía alzó la varita. De la punta salieron tres gatos plateados con espectaculares marcas alrededor de los ojos. Los Patronus corrían lustrosos delante, llenando la escalera de caracol de luz plateada, mientras la profesora MacGonagall, Harry y Luna bajaban corriendo.
Recorrieron los pasillos velozmente, y uno a uno los Patronus les abandonaron. El camisón de tartán de la profesora McGonagall susurraba contra el suelo, y Harry y Luna trotaban tras ella bajo la Capa.
Había
n descendido dos pisos más cuando tropezaron con alguien.
Harry, cuya cicatriz todavía picaba, lo oyó primero. Rebuscó la bolsa que llevaba alrededor del cuello, buscando el Mapa del Merodeador, pero antes de que pudiera hacerse cargo del asunto, McGonagal también pareció caer en la cuenta de que tenían compañía. Se detuvo, alzó la varita preparada para un duelo, y dijo,
-¿Quién anda ahí?
-Soy yo, -dijo una voz grave.
Desde detrás de una armadura salió Severus Snape.
El odio hirvió en Harry ante su visión. Había olvidado los detalles de la apariencia de Snape ante la magnitud de sus crímenes, olvidando cuan grasiento era su cabello negro colgando en cortinas alrededor de su delgada cara, cuan fría y mortífera la mirada de sus negros ojos. No llevaba pijama, pero estaba vestido con su habitual capa negra, y también sujetaba la varita preparado para una pelea.
-¿Dónde están los Carrows? –preguntó con tranquilidad.
-Donde quiera que les dijeras que fueran, supongo, Severus, -dijo la profesora McGonagall.
Snape se acercó unos pasos, y sus ojos revolotearon de la profesora McGonagall al aire a su alrededor, como si supiera que Harry estaba allí. Harry sostenía la varita en alto también, preparado para el ataque.
-Me dio la impresión, -dijo Snape- de que Alecto había detenido a un intruso.
-¿De verdad? –dijo la profesora McGonagall-. ¿Y que te dio esa impresión?
Snape hizo una leve flexión con su brazo izquierdo, dónde la Marca Oscura estaba grabada en su piel.
-Oh, pero naturalmente, -dijo la profesora McGonagall-. Vosotros los mortífagos tenéis vuestras formas de comunicaros, lo olvidaba.
Snape fingió no haberla oido. Sus ojos todavía sondeaban el aire a alrededor de McGonagall, y se acercaba gradualmente, como sin darse cuenta de lo que estaba haciendo.
-No sabía que era tu turno de patrullar los pasillos Minerva.
-¿Alguna objección?
-Me pregunto qué te ha sacado de la cama a estas horas tardías
-Creía haber oido un alboroto, -dijo la profesora McGonagall.
-¿De verdad? Pues todo parece en calma.
Snape la miró a los ojos.
-¿Ha visto a Harry Potter, Minerva? Porque si lo ha visto. Tengo que insistir…
La profesora McGonagall se movió más rápido de lo que Harry la hubiera creído capaz. Su varita cortó el aire y durante una fracción de segundo Harry creyó que Snape se arrugaría, inconsciente, pero la rapidez de su Hechizo Protego fue tal que McGonagall perdió el equilibrio. Blandió su varita en una floritura y a un toque de la misma con la pared la voló de su soporte. Harry, a punto de maldecir a Snape, se vio forzado a apartar a Luna del camino de las llamas descendentes, las cuales se convirtieron en un anillo de fuego que llenó el pasillo y volvió volando como un lazo hacia Snape…
Entonces ya no fue fuego, sino una gran serpiente negra que McGonagall hizo estallar en humo, y luego se reagrupó y solidificó en segundos para convertirse en un enjambre de dagas perseguidoras. Snape las evitó simplemente forzando a la armadura a ponerse frente a él, y con golpes resonantes, las dagas se hundieron, una tras otra, en su pecho.
-¡Minerva! –dijo una voz chirriante, y mirando tras de él, todavía escudando a Luna de los hechizos voladores, Harry vio al profesor Flitwick y a Sprout corriendo por el pasillo hacia ellos en pijama, con el enorme profesor Slughorn resollando en la retaguardia.
-¡No! –chilló Flitwick, alzando la varita-. ¡No matarás a nadie más en Hogwarts!
El hechizo de Flitwick golpeó la armadura tras la cual Snape se había escudado. Con un estrépito esta volvió a la vida. Snape luchó para liberarse de los aplastantes brazos y los envió volando hacia sus atacantes. Harry y Luna se lanzaron a un lado para evitarlos mientras se estrellaban contra la pared y se hacían añicos. Cuando Harry alzó la mirada, Snape estaba en pleana huída, y McGonagall, Flitwick y Sprout corrían tras él.
Se lanzó a traves de la puerta de una clase y, momentos más tarde, se oyó el grito de McGonagall,
-¡Cobarde! ¡COBARDE!
-¿Qué pasa, que está pasando? –preguntó Luna.
Harry la arrastró y corrieron rápidamente por el pasillo, arrastrando la Capa de Invisibilidad tras ellos, hasta el interior de la clase desierta dónde los profesores McGonagall, Flitwick y Sprout estaban de pie frente a la ventana rota.
-Ha saltado, -dijo la profesora McGonagall cuando Harry y Luna entraron corriendo en la habitación.
-¿Quiere decir que está muerto? –Harry corrió velozmente hacia la ventana, ignorando los gritos de sorpresa de Flitwick y Sprout por su repentina aparición.
-No, no está muerto, -dijo McGonagall con amargura-. A diferencia de Dumbledore, todavía llevaba una varita… y parece haber aprendido unos cuantos trucos de su maestro.
Con un matiz de horror, Harry vio en la distancia una enorme forma de murcielago volando a través de la oscuridad hacia los muros de Hogwarts.
Se oyeron pasos pesados tras ellos, y una gran cantidad de resoplidos. Slughorn los había alcanzado.
-¡Harry! –Resolló, masajeándose el inmenso pecho bajo el pijama de seda verde esmeralda-. Mi querido muchacho… qué sorpresa… Minerva, por favor explícate… Severus… ¿qué?
-Nuestro director se ha tomado un breve descanso, -dijo la profesora McGonagall, señalando hacia el agujero con la forma de Snape de la ventana.
-¡Profesora! –gritó Harry con la mano en la frente. Podía ver a los Inferi del lago deslizándose bajo él, y pudo sentir un fantasmagórico bote verde golpear el fondo en la orilla, y Voldemort salió de él con la muerte en su corazón…
-Profesora, tenemos que atrincherar la escuela. ¡Ya viene!
-Muy bien. El Que No Debe ser Nombrado está en camino -informó a los demás profesores.
Sprout y Flitwick ahogaron un grito. Slughorn dejó escapar un gemido por lo bajo.
–Potter tiene un trabajo que hacer en el castillo bajo las ordenes de Dumbledore. Necesitamos levantar cada protección de la que seamos capaces mientras Potter hace lo que necesita hacer.
-¿Te das cuenta, por supuesto, de que nada de lo que seamos capaces de hacer para mantener fuera a El Que No Debe Ser Nombrado será indefinido? –chilló Flitwick.
-Pero podemos retrasarle –dijo la profesora Sprout.
-Gracias, Pomona –dijo la profesora McGonagall, y entre las dos brujas pasó una corriente de entendimiento-. Sugiero que establezcamos una protección básica alrededor del lugar, luego congregaremos a los alumnos y nos reuniremos en el Gran Salón. La mayoría deben ser evacuados, sin embargo si cualquiera que sea mayor de edad desea quedarse y luchar, creo que deberíamos darle la oportunidad.
-De acuerdo, -dijo la profesora Sprout, apresurándose hacia la puerta-. Nos encontraremos en el Gran Salón en veinte minutos con los de mi Casa.
Y cuando se perdió de vista al trote, pudieron oir sus murmullos,
-Tentacula, Trampas malditas. Y Vainas de Snargaluff… sí, quiero ver a los Mortífagos peleando con eso.
-Yo puedo actuar desde aquí, -dijo Flitwick, y aunque apenas podía ver fuera, apuntó con la varita a través de la ventana rota y empezó a murmurar conjuros de enorme complejidad. Harry oyó un extraño ruido de precipitación, como si Flitwick hubiera desatado el poder del viento en los jardines.
-Profesor, -dijo Harry, que se acerba al pequeño Profesor de Encantamientos-. Profesor, siento interrumpirle, pero es importante. ¿Tiene alguna idea de dónde está la diadema de Ravenclaw?
-… Protego Horribilis… ¿la diadema de Ravenclaw? –chilló Flitwick-. Un pequeño extra de sabiduría nunca viene mal, Potter, pero no creo que pudiera ser de mucha utilidad en esta situación.
-Sólo quise decir… ¿sabe dónde está? ¿La ha visto alguna vez?
-Verla. ¡Nadie la ha visto desde que tengo memoria! Hace mucho que se perdió, chico.
Harry sintió una mezcla de decepción desesperada y pánico. ¿Qué es entonces, el Horrocrux?
-¡Nos reuniremos con usted y sus Ravenclaw en el Gran Vestíbulo, Filius! –dijo la profesora McGonagall, llamando por señas a Harry y Luna para que la siguieran.
Justo habían alcanzado la puerta cuando Slughorn habló con tono sordo.
-¡Dios mio!, -resopló, pálido y sudoroso, su bigote de morsa temblaba-. ¡Qué jaleo! No estoy del todo seguro de que esto esa inteligente, Minerva. Seguro que va a encontrar la forma, sabes, y todo el que haya intentado retrasarle estará en el más grave de los peligros…
-Les esperaré también a usted y a los de Slytherin en el Gran Vestíbulo en veinte minutos. –dijo la profesora McGonagall-. Si desea irse con sus alumnos, no le detendremos. Pero si hace algún intento de sabotaje a nuestra resistencia o de levantarse en armas en nuestra contra nosotros en el interior del castillo, entonces, Horacio, será un duelo a muerte.
-¡Minerva! –dijo, horrorizado.
-Ha llegado el momento de que la Casa de Slytherin decida sobre sus lealtades, -interrumpió la profesora McGonagall-. Vaya y despierte a los estudiantes, Horacio.
Harry no se quedó para observar el balbuceo de Slughorn. Él y Luna permanecieron detrás de la profesora McGonagall, quien había asumido una posición en medio del pasillo y alzado la varita.
-Piertotum… oh, por el amor de Dios, Filch, ahora no…
El anciano conserje había entrado en su campo de visión cojeando, y gritando
-¡Estudiantes fuera de sus camas! ¡Estudiantes en los pasillos!
-¡Se supone que tienen que estarlo, idiota balbuceante! –gritó McGonagall-. ¡Ahora váyase y haga algo constructivo! ¡Encuentre a Peeves!
-¿P-Peeves? –tartamudeó Filch como si no hubiera oído nunca antes el nombre.
-¡Sí, Peeves, no se haga el tonto, Peeves! ¿No se ha estado quejando de él durante un cuarto de siglo? Vaya y tráigalo, enseguida.
Filch evidentemente pensó que la profesora McGonagall se había vuelto loca, pero marchó cojeando, con los hombros caidos, murmurando por lo bajo.
-Y ahora… ¡Piertotum Locomator! –gritó la profesora McGonagall. Y a lo largo del pasillo las estatuas y armaduras saltaron de sus pedestales, y por el eco de los choques en los pisos de arriba y abajo, Harry supo que los miembros de todo el profesorado habían hecho lo mismo.
-¡Hogwarts está amenazada! –gritó la profesora McGonagall-. ¡Hombres a sus puestos, protegednos, cumplid vuestro deber para con nuestra escuela!
Hablándo rápidamente y a gritos, la horda de estatuas en movimiento se precipitaron pasando junto a Harry, algunos de ellos más pequeños, otros más altos que en vida. También había animales, y el sonido metálico de las armaduras blandiendo espadas y cadenas con bolas de púas.
-Ahora, Potter, -dijo McGonagall-, usted y la señorita Lovegood harán mejor en volver con sus amigos y traerlos Al Gran Salón… despertaré a los otros Gryffindors.
Partieron hacia lo alto de la siguiente escalera, Harry y Luna se dirigieron hacia la entrada oculta de la Sala de los Menesteres. Mientras corrían, se encontraron con tropeles de estudiantes, la mayoría llevaban capas de viaje sobre los pijamas, siendo guiados hacia el Gran Vestíbulo por los profesores y prefectos.
-¡Es Potter!
-¡Harry Potter!
-¡Era él, lo juro, acabo de verlo!
Pero Harry no miró hacia atrás, y al fin alcanzaron la entrada de la Sala de los Menesteres, Harry se apoyó en la pared encantada, la cual se abrió permitiéndoles entrada, y él y Luna bajaron rápidamente los escalones.
-¿Qu…?
Cuando la habitación estuvo a la vista, Harry resbaló unos pocos escalones del susto. Estaban apiñados, muchos más que cuando había estado allí la última vez. Kingsley y Lupin alzaron la vista hacia él, estaban Oliver Wood, Katie Bell, Angelina Johnson y Alicia Spinnet, Bill y Fleur, y el Señor y la Señora Weasley.
-¿Harry qué sucede? –dijo Lupin, reuniéndose con él al pie de las escaleras.
-Voldemort está en camino, están atrincherando la escuela… Snape ha huido… ¿Qué estais haciendo aquí? ¿Cómo lo habeis sabido?
-Enviamos mensajes al resto del Ejercito de Dumbledore, -explicó Fred-. No puedes esperar que todo el mundo se pierda la diversión, Harry, y el E.D. se lo hizo saber a la Orden del Fenix, y así sucesivamente.
-¿Qué hacemos primero, Harry? –llamó George-. ¿Qué pasa?
-Estan evacuando a los más pequeños y todo el mundo se está reuniendo en el Gran Salón para organizarse, -dijo Harry-. Vamos a luchar.
Se alzó un gran rugido y una oleada de gente se abalanzó hacia las escaleras, lo presionaron contra la pared al pasaron corriendo. Los miembros mezclados de la Orden del Fenix, el Ejercito de Dumbledore y el antiguo equipo de Quidditch de Harry, todos ellos sacando las varitas, se dirigían hacia el salón principal del castillo.
-Vamos, Luna, -la llamó Dean al pasar, tendiéndole la mano libre. Ella la tomó y le siguó escaleras arriba.
La multitud se disolvió. Sólo un pequeño núcleo de gente se quedó en la Sala de los Menesteres, y Harry se reunió con ellos. La Señora Weasley discutía con Ginny. A su alrededor estaban Lupin, Fred, George, Bill y Fleur.
-¡Eres menor de edad! –gritaba la Señora Weasley a su hija mientras Harry se aproximaba-. ¡No te lo voy a permitir! Los chicos, sí, ¡pero tú te vas a ir a casa!
-¡No quiero! -El pelo de Ginny ondeaba cuando liberó el brazo del apretón de su madre.
-Pertenezco al Ejercito de Dumbledore…
-¡Una pandilla de adolescentes!
-¡Una pandilla de adolescentes que se han enfrentado a él cuando nadie se atrevió a hacerlo! –dijo Fred.
-¡Tiene dieciseis años! –gritó la Señora Weasley-. ¡No es lo bastante mayor! En qué estabais pensando al traerla con vosotros…
Fred y George parecían algo avergonzados.
-Mamá tiene razón, Ginny. –dijo Bill suavemente-. No puedes hacer esto. Los menores de edad tienen que marcharse, es lo correcto.
-¡No puedo ir a casa! –gritó Ginny, lágrimas airadas brillanban en sus ojos. –toda mi familia está aquí, no puedo quedarme esperando allí sola y sin saber y …
Sus ojos se encontraron con los de Harry por primera vez. Le miró suplicante, pero él sacudió la cabeza y se dio media vuelta con amargura.
-Bien, -dijo, mirando hacia la entrada del túnel que regresaba a La Cabeza del Cerdo-. Diré adiós ahora, entonces, y…
Se oyó una escaramuza y un gran golpe. Alguien había salido a trompicones del tunel, perdiendo ligeramente el equilibrio y cayendo. Se levantó el solo apoyándose en la silla más cercana, miró alrededor a través de sus torcidas gafas de carey, y dijo,
-¿He llegado tarde? ¿Ya ha empezado?. Acabo de enterarme, yo… yo… -Balbuceó Percy en silencio. Evidentemente no había esperado chocar con la mayor parte de su familia. Hubo un largo momento de asombro, roto por Fleur que se volvió hacia Lupin y dijo, en un intento totalmente transparente de romper la tensión.
–Entonces… ¿como está el pequeño Teddy?
Lupin parpadeó asustado. El silencio entre los Weasleys parecía solidificarse, como el hielo.
-Yo… oh sí… ¡está bien! –dijo Lupin en voz alta-. Sí, Tonks está con él… y con su madre…
Percy y los otros Weasleys todavía se estaban mirando mutuamente con frialdad.
-Aquí, tengo una foto. –gritó Lupin, sacando una fotografía de su chaqueta y enseñándosela a Fleur y a Harry, que vieron a un pequeño bebé con un penacho de un brillante pelo turquesa, agitando sus puños regordetes hacia la cámara.
-¡Fui un tonto! –rugió Percy tan fuerte que Lupin casi dejó caer la fotografía- Fui un idiota, un gilipollas pomposo, fui un… un…
-Lameculos del Ministerio, repudiaste a la familia, idiota hambriento de poder, -dijo Fred.
Percy tragó saliva.
-¡Sí, lo fui!
-Bien, no podías decir nada más honesto que eso -dijo Fred, tendiéndole la mano a Percy.
La Señora Weasley estalló en lágrimas. Corrió hacia él, empujando a Fred a un lado, y envolviendo a Percy en un abrazo estrangulandor mientras él le palmeaba la espalda, con los ojos fijos en su padre.
-Lo siento, Papá. –dijo Percy.
El Señor Weasley parpadeó rápidamente, luego también corrió a abrazar a su hijo.
-¿Cómo te ha vuelto la cordura, Percy? –preguntó George.
-Ha estado llegando desde hace bastante, -dijo Percy, secándose los ojos bajo las gafas con el borde de su capa de viaje-. Pero tuve que encontrar una salida y no es tan fácil en el Ministerio, encarcelan a los traidores a cada momento. Me las arreglé para mantener contacto con Aberforth y él me sopló hace diez minutos que Hogwarts estaba a punto de entrar en batalla, así que aquí estoy.
-Bien, debemos buscar a nuestros prefectos para que nos dirijan en momentos como estos, -dijo George en una buena imitación de los modales más pomposos de Percy-. Ahora subamos las escaleras y luchemos, o todos los mortifagos buenos estarán cogidos.
-Así que, ¿eres mi cuñada? –dijo Percy, estrechando la mano a Fleur mientras corrían escaleras arriba con Bill, Fred y George.
-¡Ginny! –ladró la Señora Weasley.
Ginn
y había intentado, bajo la cobertura de las reconciliaciones, escabullirse también escaleras arriba.
-Molly, con respecto a eso, -dijo Lupin-. ¿Por qué no dejas que Ginny se quede aquí, al menos así estará en la escena y sabrá lo que está pasando pero sin estar en medio de la pelea.
-Yo…
-Es una buena idea, -dijo el Señor Weasley firmemente-, Ginny, quédate en esta habitación, ¿me has oído?
A Ginny no pareció gustarle mucho la idea, pero bajo la inusual mirada severa de su padre, asintió. El Señor y la Señora Weasley y Lupin se dirigieron hacia las escaleras también.
-¿Dónde está Ron? –preguntó Harry-, ¿Dónde está Hermione?
-Deben haber subido ya al Gran Salón, -gritó el Señor Weasley sobre su hombro.
-No los he visto pasar, -dijo Harry.
-Dijeron algo sobre un baño, -dijo Ginny-, no mucho después de que te fueras.
-¿Un baño?
Harry atravesó la habitación a zancadas para abrir la puerta de la Sala de los Menesteres e inspeccionó el baño de abajo. Estaba vacío.
-¿Estás segura que dijeron baño..?
Pero entonces su cicatriz ardió y la Sala de los Menesteres desapareció. Estaba inspeccionando las altas verjas de hierro forjado con aladas gárgolas en los pilares de cada lado, inspeccionando los oscuros jardines del castillo, que irradiaba luces. Nagini yacía cubriendo sus hombros. Estaba poseído por esa fría y cruel sensación de determinación que precedía al asesinato.

servido por Maiquez sin comentarios compártelo

23 Septiembre 2007

Capítulo 29 La Diadema Perdida



-Neville… que dem…. ¿Como?
Pero Neville había divisado a Ron y Hermione, y con gritos de alegría los estaba abrazando a ellos también. Cuanto más miraba a Neville, peor lo veía: uno de sus ojos estaba hinchado y de un tono violeta amarillento, tenía marcas de arañazos que le estropeaban el rostro, y el aire general de descuido sugería que había estado viviendo duramente. A pesar de su aspecto maltratado brillaba de felicidad al soltar a Hermione diciendo nuevamente,
-¡Sabía que vendríais! ¡Le dije a Seamus que era una cuestión de tiempo!
-¿Neville, que te ha ocurrido?
-¿Qué? ¿Esto? –Neville deshechó sus heridas con una sacudida de la cabeza-. Esto no es nada, Seamus está peor. Ya lo veras. ¿Nos vamos entonces? Oh, -se dio la vuelta-. Ab, puede que haya un par de personas más en camino.
-¿Un par más? –repitió Aberforth ominosamente-. ¿Que quieres decir con un par más, Longbottom? ¡Hay un toque de queda y un Encanto Aullador sobre todo el pueblo!
-Lo sé, por eso se van a Aparecer directamente dentro del bar, -dijo Neville-. Mándalos por el pasaje cuando lleguen, ¿quieres? Muchas gracias.
Neville le tendió la varita a Hermione y la ayudó a subir a la repisa de la chimenea y a entrar en el túnel; Ron subió a continuación y luego Neville. Harry se dirigió a Aberforth.
-No sé como agradecértelo. Nos has salvado la vida dos veces.
-Cuida de ellos entonces, -dijo Aberforth malhumorado-. Puede ser que no sea capaz de salvaros una tercera vez.
Harry se encaramó a la repisa de la chimenea y se metió en el agujero que había detrás del retrato de Ariana. Había peldaños de lisa piedra al otro lado: Parecía como si el pasadizo hubiera estado allí durante años. De las paredes colgaban lámparas de metal y el piso de tierra estaba desgastado y suave; mientras caminaban, sus sombras ondeaban sobre la pared formando un abanico.
-¿Cuanto tiempo ha estado esto aquí? –preguntó Ron mientras avanzaban-. No figura en el mapa del merodeador, ¿verdad Harry? Pensaba que solo había siete pasadizos que comunicaban con el colegio
-Todos esos fueron sellados antes de que comenzara el curso -dijo Neville-. Ahora no hay forma de pasar por ninguno de ellos, no con las maldiciones que colocaron en las entradas y los mortífagos y dementores esperando en las salidas. Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia atrás, radiante, bebiendo de ellos-. Eso no importa… ¿Es verdad? ¿Entrasteis en Gringotts? ¿Escapasteis a lomos de un dragón? Lo escuchas por todos lados, todo el mundo habla de ello, ¡Carrow golpeó a Terry Boot por gritarlo en el Gran Comedor durante la cena!
-Si, es verdad. –dijo Harry.
Neville se echó a reír alegremente.
-¿Qué hicisteis con el dragón?
-Lo dejamos en libertad, -dijo Ron-. Hermione quería quedárselo como mascota.
-No exageres, Ron…
-¿Pero que habéis estado haciendo? La gente decía que habías huido, Harry, pero yo no lo creí. Supuse que estabas planeando algo.
-Tenias razón, -dijo Harry-, pero cuéntanos algo de Hogwarts, Neville, no hemos oído nada.
-Ha sido… bueno, ya no es Hogwarts, -dijo Neville, la sonrisa desvaneciéndose del rostro mientras hablaba-. ¿Conoces a los Carrow?
-¿Esos dos mortífagos que enseñan aquí?
-Hacen más que enseñar, -dijo Neville-. Están a cargo de la disciplina. A los Carrow le gustan los castigos.
-¿Cómo a Umbridge?
-Nah, comparada con ellos es mansa. Se supone que los otros profesores deben recurrir a los Carrow si hacemos las cosas mal. Aunque no lo hacen, si pueden evitarlo. Se nota que todos los odian tanto como nosotros.
-Amycus, el hombre, enseña lo que antes solía ser Defensa Contra las Artes Oscuras, salvo que ahora es simplemente Artes Oscuras. Se supone que debemos practicar la Maldición Cruciato con las personas que han merecido una detención…
-¿Qué? –las voces de Harry, Ron y Hermione hicieron eco al mismo tiempo a lo largo del pasadizo.
-Si, -dijo Neville-. Así fue como me hicieron esto -dijo apuntando a un corte particularmente profundo que tenía en la mejilla-, No quise hacerlo. Aunque alguna gente lo hace; a Crabbe y Goyle les encanta. Supongo que es la primera vez que sobresalen en algo.
-Alecto, la hermana de Amycus, enseña Estudios Muggles, lo cual es obligatorio para todos. Todos tenemos que escuchar sus explicaciones de cómo los muggles son como animales, estúpidos y sucios, y como obligan a los brujos a permanecer escondidos, siendo despiadados con ellos, y como esta siendo restablecido el orden natural. Este me lo hicieron -dijo indicando otro corte en el rostro-, por preguntarle cuanta sangre de muggle tenían ella y su hermano
-Caramba, Neville, -dijo Ron-, hay momentos y lugares para hacerte el listo.
-No la has visto, -dijo Neville-. Tampoco lo hubieras soportado. Lo que pasa es que ayuda cuando la gente se pone firme, les da esperanzas a todos. Solía notar eso cuando tú lo hacías Harry.
-Pero te han usado como afilador de cuchillos, -dijo Ron, encogiéndose levemente cuando pasaron una lámpara y pudo ver las heridas de Neville en todo su esplendor.
Neville se encogió de hombros.
–No importa. No desean derramar demasiada sangre pura, así que si somos bocazas nos torturan un poco pero realmente no nos matan.
Harry no sabía que era peor, las cosas que estaba contando Neville o el tono de resignación en el que las decía.
-Las únicas personas que corren peligro son aquellas cuyos amigos y parientes están dando problemas fuera de aquí. Se los llevan como rehenes. El viejo Xeno Lovegood estaba siendo un demasiado franco en lo que publicaba en El Quisquilloso, por lo que a Luna la sacaron a rastras del tren cuando regresaba de las vacaciones de Navidad.
-Neville, ella está bien, la hemos visto…
-Si. Lo se, se las arreglo para enviarme un mensaje.
De su bolsillo sacó una moneda dorada, y Harry la reconoció como uno de los falsos galeones que el Ejército de Dumbledore había usado para mandarse mensajes entre ellos.
-Nos han venido genial, -dijo Neville, sonriéndole a Hermione-. Los Carrow nunca han sabido como nos comunicábamos, se volvían locos. Solíamos salir furtivamente por la noche y poníamos graffitis en las paredes: El Ejército de Dumbledore sigue reclutando, cosas como esa. Snape lo odiaba.
-¿Solían? –dijo Harry, que había notado el tiempo pasado utilizado en la oración.
-Bueno, se hizo cada vez más difícil, -dijo Neville-. Perdimos a Luna en Navidad, Ginny no regresó después de la Pascua, y nosotros tres éramos los supuestos líderes. Los Carrow parecieron darse cuenta de que yo estaba tras muchas de las cosas que estaban sucediendo, así que empezaron a lanzarse sobre mi despiadadamente, y luego atraparon a Michael Corner liberando a un alumno de primer año al que habían encadenado, y lo torturaron muy duramente. Eso asustó a la gente.
-No me digas -murmuró Ron, en el momento que el pasadizo comenzaba a elevarse formando una pendiente.
-Si, bueno, no podía pedirle a las personas que pasaran por lo mismo que había pasado Michael, así que dejamos de hacer ese tipo de cosas. Pero aún seguíamos luchando, haciendo cosas clandestinas justo hasta hace un par de semanas. Supongo que en ese momento fue cuando decidieron que había solo una manera detenerme, y fueron en busca de mi abuela.
-¿Qué hicieron que? –dijeron Harry, Ron y Hermione al mismo tiempo.
-Si, -dijo Neville, jadeando un poquito ahora, debido a que el pasadizo se había vuelto muy empinado, -Bueno, puedes adivinar su forma de pensar. El plan de secuestrar niños para forzar a sus familiares a comportarse había funcionado realmente bien. Supongo que era solo cuestión de tiempo antes de que lo hicieran al revés. El asunto fue que -se volvió hacia ellos, y Harry se quedó pasmado al ver que estaba sonriendo- mordieron un poco más de lo que podían masticar cuando fueron a buscar a la abuela. Probablemente pensaron que para atrapar a una pequeña y vieja bruja que vivía sola, no necesitarían mandar a alguien particularmente poderoso. Sin embargo -Neville se echó a reír-, Dawlish todavía está en St. Mungo y la abuela se dio a la fuga. Me mando una carta -Se palmeo el bolsillo superior de la túnica con la mano-, diciéndome que estaba orgullosa de mi, y que era digno hijo de mis padres, y que siguiera así.
-Genial, -dijo Ron.
-Si -dijo Neville alegremente-. El único problema fue que cuando se dieron cuenta de que no tenían por donde agarrarme, decidieron que después de todo, Hogwarts podría arreglárselas sin mi. No sé si planeaban matarme o enviarme a Azkaban, de cualquier manera, sabía que era el momento de desaparecer.
-Pero, -dijo Ron, viéndose completamente confundido-, ¿no vamos… no vamos directamente hacia Hogwarts?
-Por supuesto, -dijo Neville-. Ya veréis. Ya llegamos.
Doblaron en una esquina y allí delante de ellos estaba el final del pasadizo. Otro corto tramo de escalones llevaban a una puerta igual a la que estaba escondida detrás del retrato de Ariana. Neville la abrió y pasó a través de ella. Mientras Harry lo seguía, pudo oír a Neville gritándole a unas personas que estaban todavía fuera de su vista: -¡Mirad quien es! ¿No os lo había dicho?
Cuando Harry emergió del pasadizo adentrándose en la habitación, se oyeron varios gritos y alaridos: ¡HARRY! ¡Es POTTER! ¡Ron! ¡Hermione!
Tuvo una confusa impresión de colgaduras de colores, de lámparas y varios rostros. Al instante, él, Ron y Hermione fueron achuchados, abrazados, palmeados en la espalda, sus cabellos alborotados, sus manos estrechadas, por lo que parecían ser más de veinte personas. Bien podría haberse tratado de una celebración por haber ganado la final de Quidditch.
-¡Ok, Ok, calmaros! –gritó Neville, y mientras la multitud se alejaba, Harry fue capaz de apreciar lo que lo rodeaba.
No reconocía el dormitorio. Era enorme, y parecía más bien como el interior de una particularmente suntuosa casa de árbol, o tal vez un gigantesco camarote de barco.
Hamacas multicolores colgaban del techo y de la galería que corría a lo largo de las paredes cubiertas de paneles de madera y sin ventanas, que estaban cubiertas por brillantes tapices. Harry vio el león dorado de Gryffindor, engalanado de rojo; el tejón negro de Hufflepuff, contrastando sobre un fondo amarillo; y el águila color bronce de Ravenclaw, sobre fondo azul.
El plata y verde de Slytherin era el único que estaba ausente. Había estanterias repletas, unas pocas escobas apoyadas contra las paredes, y en una esquina una gran radio inalámbrica recubierta en madera.
-¿Dónde estamos?
La Sala de Menesteres, por supuesto! –dijo Neville-. Se supero a si misma, ¿verdad? Los Carrow me estaban persiguiendo, y sabía que tenía solo una oportunidad de encontrar un refugio: ¡Me las ingenié para encontrar la puerta y esto fue lo que encontré! Bueno, no era exactamente así cuando yo llegué, era mucho más chica, había solo una hamaca y los tapices eran todos de Gryffindor. Pero se fue expandiendo a medida que iban llegando más integrantes del ED.
-¿Y los Carrow no pueden entrar? –preguntó Harry, mirando alrededor buscando la puerta.
-No, -dijo Seamus Finnigan, a quien Harry no había reconocido hasta que habló: El rostro de Seamus estaba amoratado e hinchado-. Es un refugio apropiado, siempre y cuando uno de nosotros permanezca dentro, no pueden llegar a nosotros, la puerta no se abre. Todo gracias a Neville. Realmente entiende esta habitación. Tienes que pedir exactamente lo que necesitas… como por ejemplo, "No quiero que ningún partidario de los Carrow sea capaz de entrar"… ¡y lo hace para ti! Solo tienes que asegurarte de ser preciso y prestar atención a los detalles. ¡Neville es genial!
-En realidad es bastante sencillo, -dijo Neville modestamente-. Había estado aquí alrededor de un día y medio, estaba realmente hambriento, y deseando conseguir algo de comer, y ahí fue cuando el pasadizo hacia Hog’s Head se abrió. Lo atravesé y conocí a Aberforth. Nos ha estado abasteciendo de comida, porque por alguna razón, esa es realmente la única cosa que la habitación no fabrica.
-Si, bueno, la comida es una de las cinco excepciones a la Ley de Gamp sobre Transfiguración Elemental, -dijo Ron para asombro de todo el mundo.
-Así que nos hemos estado escondiendo aquí durante casi dos semanas, -dijo Seamus-, y simplemente fabrica más hamacas cada vez que necesitamos espacio, y hasta hizo brotar un baño bastante decente cuando empezaron a venir chicas…
-… ya que a ellas les gusta asearse, verdad, -añadió Lavender Brown, a quien Harry no había visto hasta ese momento. Ahora que miraba detenidamente a su alrededor, reconoció varios rostros familiares. Ambas mellizas Patil estaban allí, y Terry Boot, Ernie Macmillan, Anthony Goldstein, y Michael Corner.
-No obstante, cuéntanos que has estado haciendo, -dijo Ernie-. Ha habido tantos rumores, hemos tratado de seguirte el rastro con Potterwatch. -Dijo apuntando hacia la radio inalámbrica-. ¿No irrumpiste en Gringotts?
-¡Lo hicieron! –dijo Neville-. ¡Y lo del dragón también era cierto!
Hubo unos pocos aplausos e incluso algunos gritos; Ron hizo una reverencia.
-¿Qué estabais buscando? –preguntó Seamus ávidamente.
Antes de que alguno de ellos pudiera eludir la pregunta con una propia, Harry sintió un terrible dolor punzante en la cicatriz con forma de relámpago. Mientras le daba la espalda velozmente a los rostros curiosos y deleitados, la Sala de Menesteres se desvaneció, y se encontró de pie dentro de una ruinosa cabaña de piedra, las podridas tablas del piso que estaban a sus pies habían sido arrancadas, y una caja dorada que había sido desenterrada yacía abierta y vacía al lado del agujero, y el grito de furia de Voldemort vibraba dentro de su cabeza.
Con un enorme esfuerzo se arrancó de la mente de Voldemort nuevamente, regresando a la Sala de Menesteres donde permanecía de pie tambaleándose, el sudor corriéndole por el rostro mientras Ron lo sujetaba.
-¿Estás bien, Harry? –Estaba diciendo Neville-. ¿Quieres sentarte? Supongo que estarás cansado, ¿verdad…?
-No, -dijo Harry. Miro a Ron y a Hermione, tratando de decirles con la mirada que Voldemort acababa de descubrir la pérdida de uno de sus otros Horrocruxes. El tiempo corría deprisa: Si Voldemort elegía visitar Hogwarts a continuación, perderían su oportunidad.
-Es necesario que nos pongamos en marcha, -dijo, y sus expresiones le dieron a entender que habían comprendido.
-¿Entonces, que vamos a hacer, Harry? –preguntó Seamus-. ¿Cuál es el plan?
-¿Plan? –repitió Harry. Estaba empleando toda su fuerza de voluntad para evitar ser arrastrado nuevamente por la furia de Voldemort: Su cicatriz aún ardía-. Bueno, hay algo que -Ron, Hermione y yo- debemos hacer, y luego nos largaremos.
Ya nadie se reía ni alentaba. Neville se veía confundido.
-¿Qué quieres decir con "nos largaremos"?
-No hemos venido a quedarnos, -dijo Harry, frotándose la cicatriz, tratando de aliviar el dolor-. Hay algo importante que debemos hacer…
-¿Qué?
-No… no puedo decírtelo.
Ante esto se alzo un murmullo generalizado: Las cejas de Neville se contrajeron.
-¿Por qué no puedes decírnoslo? Tiene algo que ver con la lucha contra Tu-sabes-quien, ¿verdad?
-Bueno, si…
-Entonces te ayudaremos.
Los otros miembros del Ejercito de Dumbledore asentían, algunos con entusiasmo otros solemnemente. Un par de ellos se levantó de sus sillas para demostrar su disposición para entrar inmediatamente en acción.
-No lo entendéis -a Harry le parecía que había dicho lo mismo muchas veces en las pasadas horas.
-No… no podemos decíroslo. Debemos hacerlo… solos.
-¿Por qué? –preguntó Neville.
-Porque… -en su desesperación por empezar a buscar el Horrocrux que les faltaba o al menos tener una conversación privada con Ron y Hermione acerca de donde podían comenzar a buscar, Harry encontraba difícil coordinar sus pensamientos. La cicatriz todavía le quemaba-. Dumbledore nos dejó una tarea a nosotros tres, -dijo cuidadosamente-, y se supone que no debemos divulgarlo… quiero decir, deseaba que la hiciéramos nosotros, solamente nosotros tres.
-Nosotros somos su ejército -dijo Neville-. El Ejército de Dumbledore. Estábamos todos juntos en esto, lo mantuvimos funcionando mientras vosotros tres os fuisteis por vuestra cuenta…
-No ha sido exactamente un paseo por el campo, compañero, -dijo Ron.
-Nunca dije eso, pero no veo porque no podeis confiar en nosotros. Cada uno de nosotros ha estado luchando, y nos hemos visto forzados a venir aquí porque los Carrow nos estaban cazando. Todo el mundo aquí dentro ha probado su lealtad a Dumbledore… su lealtad a ti.
-Mira, -comenzó Harry, sin saber muy bien que iba a decir, pero no importó. La puerta que daba al túnel se acababa de abrir detrás de él.
-¡Recibimos tu mensaje, Neville! ¡Hola a vosotros tres, pensé que podrían estar aquí!
Eran Luna y Dean. Seamus soltó un gran rugido de felicidad y corrió a abrazar a su mejor amigo.
-¡Hola, a todo el mundo! –dijo Luna alegremente-. ¡Oh, es grandioso estar de vuelta!
-Luna, -dijo Harry distraído-, ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo supiste…?
-Yo la mande a buscar, -dijo Neville, sosteniendo el falso galeón-. Le prometí a Ginny y a ella que si aparecías se lo haría saber. Todos pensamos que si volvías, iba a significar la revolución. Que íbamos a derrotar a Snape y a los Carrow.
- Por supuesto que eso es lo que significa, -dijo Luna vivamente-. ¿No es así, Harry? ¿Lucharemos para expulsarlos de Hogwarts?
-Escuchad, -dijo Harry con un creciente sentimiento de pánico-. Lo siento, pero no he vuelto para eso. Hay algo que debemos hacer y después…
-¿Nos vas a dejar en este enredo? –reclamó Michael Corner.
-¡No! –dijo Ron-. Lo que estamos haciendo beneficiará a todo el mundo al final, se trata de intentar librarnos de Ya-sabes-quien…
-¡Entonces dejadnos ayudar! –dijo Neville enfadado-. ¡Queremos tomar parte en ello!
Hubo otro ruido detrás de ellos, y Harry se giró. Pensó que se le paraba el corazón: Ginny estaba saliendo del agujero en la pared, siguiéndola de cerca venían Fred, George y Lee Jordan. Ginny obsequió a Harry con una radiante sonrisa. Se había olvidado, o nunca había apreciado realmente lo guapa que era, pero nunca se había sentido menos contento de verla.
-Aberforth está un poco enfadado, -dijo Fred, levantando la mano en respuesta a varios gritos de bienvenida-. Quiere dormir un poco, y su bar se ha convertido en una estación de trenes.
Harry se quedó con la boca abierta. Justo detrás de Lee Jordan venía la antigua novia de Harry, Cho Chang. Le sonrió.
–Me llegó el mensaje, -dijo, sosteniendo en alto su propio galeón falso y avanzó para sentarse al lado de Michael Corner.
-¿Así que cual es el plan, Harry? –dijo George.
-No hay un plan, -dijo Harry, aún desorientado por la súbita aparición de toda esa gente, incapaz de absorberlo todo mientras la cicatriz continuaba ardiéndole fieramente.
-Lo haremos a medida que vayamos progresando, ¿verdad? Esos son mis preferidos, -dijo Fred.
-¡Teneis que detener todo esto! –le dijo Harry a Neville-. ¿Para que les has pedido que volvieran? Esto es una locura…
-Vamos a luchar, ¿verdad? –dijo Dean, sacando su falso galeón-. ¡El mensaje decía que Harry había regresado, y que íbamos a luchar! Aunque tengo que conseguir una varita…
-¿No tienes varita? –comenzó Seamus.
Repentinamente Ron se volvió hacia Harry.
-¿Por qué no pueden ayudarnos?
-¿Qué?
-Pueden ayudar. –bajo la voz, para que nadie aparte de Hermione, que estaba parada entre los dos, lo escuchara, y dijo-. No sabemos donde está. Debemos encontrarlo rápido. No tenemos que decirles que es un Horrocrux.
Harry miró de Ron a Hermione, que murmuró
-Creo que Ron tiene razón. Ni siquiera sabemos que es lo que estamos buscando, los necesitamos. –y como Harry no parecía muy convencido, añadió-, No tienes que hacerlo todo tú solo, Harry.
Harry pensó rápido, su cicatriz aún ardiendo, su mente amenazando con volver a dividirse. Dumbledore le había advertido que no le contara a nadie lo de los Horrocruxes exceptuando a Ron y Hermione. Secretos y mentiras, así era como había crecido, y en Albus… era innato… ¿Se estaba convirtiendo en Dumbledore, manteniendo secretos apretados en el pecho, temiendo confiar? Pero Dumbledore había confiado en Snape, y ¿Adonde lo había llevado eso? A ser asesinado en la cumbre de la torre más alta…
-Está bien, -dijo en voz baja a los otros dos-. Ok, -gritó hacia la totalidad de la habitación, y todo ruido cesó: Fred y George, que habían estado gastando bromas a aquellos que tenían más cerca, se quedaron en silencio y todos permanecían alerta, excitados.
-Hay algo que debemos encontrar, -dijo Harry-. Algo… algo que nos ayudara a derrocar a Ya-sabes-quien. Está aquí en Hogwarts, pero no sabemos donde. Puede haber pertenecido a Ravenclaw. ¿Alguien ha oído hablar acerca de un objeto como ese? ¿Por ejemplo, alguien ha visto algún objeto que llevara su águila?
Miro esperanzadamente hacia el pequeño grupo de Ravenclaws, a Padma, Michael, Terry y Cho, pero fue Luna, que estaba encaramada sobre el brazo de la silla de Ginny, la que contestó.
-Bueno, está su diadema perdida. Te hable sobre ello, ¿recuerdas Harry? ¿La diadema perdida de Ravenclaw? La que papá estaba tratando de duplicar.
-Si, pero la diadema perdida, -dijo Michael Corner, poniendo los ojos en blanco-, está perdida, Luna. Es lo malo.
-¿Cuándo se perdió? –preguntó Harry.
-Dicen que hace siglos, -dijo Cho, y Harry sintió que se le hundía el corazón-. El Profesor Filtwick dice que la diadema se desvaneció junto con la misma Ravenclaw. La gente la ha buscado, pero –apeló a sus compañeros de Ravenclaw-. Nadie ha encontrado ni rastro de ella, ¿verdad?
Todos asintieron.
-Lo siento pero, ¿Que es una diadema? –preguntó Ron.
-Es una especie de corona, -dijo Terry Boot-. Se supone que la de Ravenclaw tenía propiedades mágicas, acrecentaba la sabiduría del portador.
-Si, los Wrackspurt siphons de papá…
Pero Harry interrumpió a Luna.
-¿Y ninguno de vosotros ha visto nunca nada parecido?
Todos sacudieron la cabeza nuevamente. Harry miró a Ron y Hermione y su propia desilusión se vio reflejada en ellos. Un objeto que había estado perdido tanto tiempo, y aparentemente sin dejar rastro, no parecía un buen candidato para ser el Horrocrux escondido en el castillo… Sin embargo, antes de que pudiera formular la siguiente pregunta, Cho habló nuevamente.
-Si quieres hacerte una idea de cómo se supone que es la diadema, puedo llevarte a nuestra sala común y mostrártela, Harry. Ravenclaw la lleva puesta en la estatua que tenemos de ella.
La cicatriz de Harry ardió nuevamente. Por un momento la Sala de Menesteres osciló ante el, y en cambio se vio volando con la negra tierra debajo de él y sintió a la gran serpiente enrollada sobre sus hombros. Voldemort estaba volando otra vez, si hacia el lago subterráneo o hacia aquí, al castillo, no lo sabía. De cualquier forma, apenas le quedaba tiempo.
-Se está moviendo, -dijo quedamente a Ron y Hermione. Miró a Cho y luego volvió su vista hacia ellos-. Escuchad, se que no es una gran pista, pero voy a echarle un vistazo a esa estatua, al menos para saber como es la diadema. Esperadme aquí y manteneros a salvo.
Cho se había puesto de pie, pero Ginny dijo bastante ferozmente,
-No, Luna guiará a Harry, ¿verdad Luna?
-Oooh, si, me gustaría, -dijo Luna alegremente, mientras Cho se sentaba nuevamente, desilusionada.
-¿Cómo salimos? –le preguntó Harry a Neville.
-Por aquí.
Llevó a Harry y a Luna hacia un rincón, donde un pequeño armario se abría hacia una empinada escalera. -Cada día aparece en un lugar distinto, por eso nunca han podido encontrarla, -dijo-. El único problema es que nunca sabemos exactamente donde vamos a terminar cuando salimos. Ten cuidado, Harry, siempre patrullan los corredores por la noche.
-No hay problema, -dijo Harry-. Nos vemos en un rato.
Luna y el se apresuraron a subir la escalera, que era larga, estaba alumbrada por antorchas, y presentaba esquinas en lugares inesperados. Al final llegaron a lo que aparentaba ser una pared sólida.
-Ponte aquí debajo, -le dijo Harry a Luna, sacando la capa de invisibilidad y colocándola por encima de ambos. Le dio un pequeño empujón a la pared.
Cuando la tocó se desvaneció y se deslizaron afuera. Harry miró hacia atrás y vio que se había vuelto a cerrar herméticamente. Estaban de pie en un oscuro corredor. Harry tiró de Luna hasta estar entre las sombras, busco dentro del bolsito que tenía alrededor del cuello y saco el Mapa del Merodeador. Sosteniéndolo cerca de la nariz busco y al fin localizó los puntitos que eran él y Luna.
-Estamos en el quinto piso, -susurró, mirando como se movía Filtch alejándose de ellos a un corredor de distancia. –Vamos, por aquí.
Partieron.
Harry había merodeado muchas veces por el castillo de noche antes, pero nunca le había latido el corazón tan rápidamente, nunca nada tan importante había dependido de que realizara su travesía a salvo por él.
A través de cuadrados de luz de luna que brillaban en el piso, pasaron frente a piezas de armadura cuyos cascos crujían ante el sonido de sus suaves pisadas, doblando esquinas al otro lado de las cuales quien sabía lo que acechaba.
Harry y Luna caminaron, examinando el Mapa del Merodeador cada vez que la luz lo permitía, deteniéndose dos veces para permitir que un fantasma siguiera su camino sin prestarles atención. Esperaba encontrar algún obstáculo en cualquier momento; su peor temor era que apareciera Peeves, y a cada paso aguzaba los oídos para ver si oía alguna señal que le indicara que el poltergeist se aproximaba.
-Por aquí, Harry, -jadeó Luna, agarrándole la manga y tirando de él hacia una escalera en espiral.
Subieron siguiendo cerrados, vertiginosos círculos; Harry nunca había estado allí arriba antes. Al final llegaron a una puerta. No había pestillo ni agujero de cerradura: nada, solo una lisa extensión de madera antigua, y una aldaba de bronce en forma de águila.
Luna sacó la pálida mano, que parecia sobrenatural flotando en el medio de la nada, sin estar aparentemente conectada a un brazo o un cuerpo. Golpeó una vez, y en el silencio sonó como lo que a Harry le pareció un disparo de cañón. En seguida el águila abrió el pico, pero en vez de un piar de pájaro, una voz suave y musical, dijo, -¿Qué fue primero, el fénix o la llama?
-Hmm… ¿Que piensas, Harry? –dijo Luna, pareciendo pensativa.
-¿Qué? ¿No tienen una contraseña?
-Oh no, tienes que responder una pregunta, -dijo Luna.
-¿Qué pasa si das la respuesta incorrecta?
-Bueno, tienes que esperar a alguien que de la respuesta correcta, -dijo Luna-. De esa forma aprendes, ¿te das cuenta?
-Si… el problema es que no nos podemos permitir el lujo de esperar a nadie más, Luna.
-No, ya veo lo que quieres decir, -dijo Luna seriamente-. Bueno entonces, creo que la respuesta es que un círculo no tiene comienzo.
-Bien razonado, -dijo la voz, y la puerta se abrió.
El desierto salón común era una habitación amplia y circular, más etérea que cualquier otra que Harry hubiera visto nunca en Hogwarts. Graciosas ventanas abovedadas resaltaban sobre las paredes, de las que colgaban sedas de color azul y bronce. Durante el día, los Ravenclaw debían gozar de una vista espectacular de las montañas que los rodeaban. El techo era abovedado y tenía estrellas pintadas, que se repetian en la alfombra color azul medianoche. Había mesas, sillas y estanterias, y en un nicho que estaba en frente de la puerta se elevaba una alta estatua de mármol blanco.
Harry reconoció en ella a Rowena Ravenclaw por el busto que había visto en la casa de Luna.
La estatua estaba al lado de una puerta que, supuso, llevaba a los dormitorios en el piso superior. Caminó a zancadas derecho hacia la mujer de mármol, que pareció devolverle la mirada con una burlona media sonrisa grabada en el hermoso aunque algo intimidante rostro. Sobre la cabeza llevaba una diadema de aspecto delicado que había sido reproducida en mármol. No era muy distinta de la tiara que Fleur había usado en su casamiento. Había diminutas palabras grabadas en ella. Harry salió de debajo de la capa y se trepó sobre el zócalo de la estatua para poder leerlas.
-Sabiduría más allá de toda medida, es el mayor tesoro del hombre.
-Lo que significa que tú eres bastante pobre, tonto, -dijo una voz cascada.
Harry se giró, se resbaló del zócalo, y aterrizó en el piso. La figura de hombros inclinados de Alecto Carrow estaba de pie frente a él, e incluso mientras Harry levantaba la varita, presionó el rechoncho dedo índice sobre el cráneo y la calavera grabados en su antebrazo.

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